[Lore] Sangre de los Altonato

Capítulo dos: Caen las sombras (II)

Una sombra se movía detrás de Lor’themar, una sombra que ocupaba el lugar donde debería haber estado un elfo muerto. Esa sombra había alzado un brazo, en cuya mano sostenía una espada con la que se preparaba para atacar. El forestal se giró de improviso y trazó un amplio arco con su arma, decapitando así al guardián. El cadáver dio otro paso hacia delante antes de caer de bruces.

En ese instante, a su alrededor, se estremecieron unos cuantos más de esos guardianes asesinados, como si acabaran de despertar de un profundo sueño.

Lor’themar corrió hacia sus compañeros forestales para ayudarlos, pero era demasiado tarde. Solo uno de sus hombres seguía en pie y estaba rodeado por tres de esos cadáveres reanimados. Ese único superviviente le clavó su espada al guardián más próximo, atravesándole el corazón, lo cual habría matado a cualquier ser vivo; sin embargo, no pareció afectar de ninguna manera a su atacante impío. El guardián agarró al forestal de la mano con la que sostenía la espada y se la cercenó de una manera muy poco ortodoxa, llevándose por delante la armadura, la carne y el hueso.

Lor’themar les iba a dar alcance en solo un par de zancadas más. A pesar de que los demás guardianes lanzaban ataques torpes y dispersos, uno de ellos acabó acertando al forestal en un punto que su armadura no cubría. Así fue como cayó el último de los hombres de Lor’themar, aferrando el acero que sobresalía de su vientre. Acto seguido, los tres posaron sus ojos vidriosos sobre el señor forestal.

Tras él, dos de los guardianes que habían sido asesinados recientemente se pusieron en pie con suma torpeza, agarraron sus espadas con esas manos desprovistas de vida y lentamente avanzaron hacia él tambaleándose.

Rápidamente, Lor’themar dirigió sus ojos hacia el guardián decapitado que había pretendido matarlo, el cual seguía inmóvil en el suelo. Al parecer, esas espantosas atrocidades no podían ser derrotadas de una estocada en el corazón, pero sí podían ser vencidas si se les cortaba la cabeza. Esquivó una estocada lánguida, se puso de puntillas y giró, acertando en su objetivo con una tremenda precisión. Al instante, dos de esos no-muertos yacieron sin vida una vez más. Un tercero trastabilló hacia atrás, a la vez que su cabeza pendía hacia adelante sobre una enorme herida abierta allá donde antes había estado su garganta.

(Sangre de los Altonato a partir de página: 424- 454)

Lor’themar notó un tremendo dolor en un muslo y en la mano con la que sostenía la espada, pues ahí lo habían herido algunos de esos cadáveres que aún quedaban en pie. El señor forestal jadeaba agitadamente por culpa de lo mucho que acababa de correr. Arremetió entonces contra la muñeca del atacante más próximo y le cercenó la mano con la que sujetaba la espada, pero el cadáver se abalanzó sobre el forestal antes de que pudiera reaccionar y le arañó la cara con la mano que aún le quedaba.

De repente, Lor’themar sintió un espantoso dolor en el ojo, que desató unas oleadas de intensa agonía que recorrieron tanto su mente como su cuerpo. Supo al instante que había perdido ese ojo y que, si no se lo curaba pronto un sanador, probablemente se quedaría así para siempre.

Siempre que lograra sobrevivir a los próximos minutos.

El cadáver que le había destrozado el ojo lo empujó hacia atrás por pura inercia. Se tropezó con una piedra a la altura del talón y cayó al suelo con fuerza. Otro cadáver yacía clavado sobre la punta de su espada, aunque no sabía si había acabado empalado ahí de manera fortuita o si ese no-muerto se había arrojado sobre el arma adrede. El resto de cadáveres alzaron sus espadas.

De improviso, un silbido muy agudo hendió el aire. La cabeza del cadáver atravesado por la espada de Lor’themar se meció hacia delante, al recibir el impacto de una flecha en la cuenca de su ojo derecho.

Una segunda flecha alcanzó al único cadáver que quedaba en pie en el pecho, atravesando su armadura. Lentamente y de una manera un tanto estúpida, el elfo muerto alzó la vista justo cuando otra flecha volaba hacia él. Este proyectil le acertó en la garganta y emergió por su espalda. Una cuarta flecha se clavó en su frente y, al instante, el cadáver cayó. El no-muerto que seguía clavado en la espada del señor forestal se llevó distraídamente una mano a la punta de la flecha que le sobresalía de la cuenca del ojo y entonces… ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Tres flechas más se enterraron en la parte posterior de ese elfo no-muerto.

Lor’themar extrajo su espada del cadáver y, en cuanto éste cayó hacia delante, se apartó rápidamente. Dirigió su vista hacia el sur y divisó a Halduron quien se aproximaba raudo y veloz, acompañado de un pelotón de Errantes.

¡Lor’themar! — exclamó Halduron casi sin aliento en cuanto lo alcanzó—. Demos gracias al Sol por haberte localizado justo a tiempo. An’owyn y An’telas han sido reducidas a escombros; hemos venido lo más rápido que…

Halduron se calló de repente al ver cómo tenía el señor forestal el ojo.

¡Tu ojo! Debemos llevarte a…

De improviso, oyeron unos chasquidos procedentes del cercano bosque. Lor’themar alzó una mano para pedirle a Halduron quien, evidentemente, también había oído esos ruidos, que se callara. Una sombra se desplazaba entre los árboles a varios metros de distancia. El señor forestal se puso en pie de un salto y cogió su arco con rapidez propia de la experiencia y la práctica. En solo un instante, había colocado una flecha en esa cuerda que ya había tensado; el hecho de tener el ojo izquierdo destrozado no suponía ninguna desventaja a la hora de apuntar y disparar, ya que lo habría cerrado de todos modos.

La flecha voló velozmente hacia su objetivo y la sombra cayó.

Halduron, Lor’themar y los demás fueron corriendo hacia los árboles, donde yacía un humano vestido de negro, cuyo torso había atravesado por un costado la flecha del señor forestal. Lor’themar se arrodilló junto a ese anciano, que llevaba sobre la cabeza algo que parecía ser una calavera de oso. Halduron dio una patada al bastón del nigromante para que no pudiera alcanzarlo.

Es un humano… pero no está muerto como los demás. Al menos, no por ahora.

El nigromante entornó la mirada.

Habéis llegado demasiado tarde. La Plaga ya habrá… —Tosió de manera repentina y la sangre le salpicó la barbilla y el pecho—… ya habrá arrasado vuestro amado… reino.

El anciano exhaló aire con fuerza y un estertor escapó de su garganta.

Halduron acercó una oreja al pecho de aquel humano.

Está muerto. Y espero que de manera permanente. ¿Acaso es posible que haya dicho la verdad? —inquirió Halduron, quien alzó la vista y comprobó que Lor’themar ya había echado a correr hacia el norte.

Desde el alcázar del buque mercante Fellovar un ansioso Galell observó cómo unos penachos de humo negro se alzaban perezosamente desde el lugar donde se encontraba Lunargenta. Entre esas columnas de humo, se divisaban unas aberraciones que se asemejaban a los murciélagos y que revoloteaban de un lado para otro, trazando círculos en el cielo y lanzándose en picado. No obstante, los acantilados del cabo nordeste de Quel’Thalas le impedían atisbar la ciudad con claridad.

Presa de la desesperación, deseó poder hacer algo al respecto, pero tenía que estar ahí, dispuesto a prestar ayuda a los evacuados si era necesario. Un sanador y un puñado de guardianes habían sido asignados a cada uno de los tres barcos que transportaban a cerca de un centenar de niños. En cuanto llegaran a las Tierras del Interior y los críos se hallaran a salvo con los enanos Martillo Salvaje, regresaría y combatiría hasta el amargo final si hacía falta.

Se dirigió a babor y, desde ahí, contempló el resplandeciente haz de luz de la Fuente del Sol, que se elevaba de un modo magnifico hacia el cielo, y se preguntó por qué su luminosidad había menguado. Mientras se habían apresurado a embarcar a los niños en los barcos, había escuchado a otros realizar comentarios similares. Daba la sensación de que las energías de la fuente sagrada estaban siendo contenidas por algo o alguien, que pretendía que no pudieran valerse ellas.

Quiero volver a casa. ¿Cuándo podremos volver?

Galell se dio la vuelta y se topó con un crío vestido de manera elegante con su mejor atuendo que llevaba el pelo peinado de un modo impecable, el cual intentaba hacer todo lo posible para parecer muy valiente. Galell también podía percibir el miedo que se ocultaba tras esa fachada de bravura. Entonces, se arrodilló para colocarse a la misma altura del niño.

¿Cómo te llamas?

An’dorvel.

Escucha, joven An’dorvel. Debes hacer todo lo posible por ser fuerte y paciente y, sobre todo, no debes preocuparte. ¿Serás capaz de hacer algo así?

El crío apretó los dientes y asintió.

Bien. Ahora ve abajo con los demás —le ordenó Galell.

El muchacho se volvió y corrió hacia la trampilla de la cubierta principal. Galell fue a estribor y se agachó para evitar la botavara de la vela mayor. El Morn’danel estaba ganando velocidad y se estaba colocando a su altura. Mientras dejaban atrás los acantilados del norte de la costa Bris Azur, Galell pudo divisar Lunargenta en la lejanía. Pese a que no podía verla bien, fue capaz de distinguir que muchos de sus altos pináculos habían sido derribados. Se le partió el corazón. Su Patria se estaba desmoronando mientras él se encontraba ahí, sin poder hacer nada.

Tampoco vio nada que le indicara que el ejército invasor siguiera ahí y los murciélagos también parecían haberse esfumado.

El Morn’danel los adelantó, atravesando esas aguas tranquilas. Galell decidió entonces echar un vistazo al Varillian, el tercer barco de ese convoy. Se agachó una vez más para sortear la botavara y divisó el Varillian desde la popa de babor. De repente, por el rabillo del ojo, captó que algo se movía, algo que, en un principio, parecía una nube gigantesca. Pero en cuanto giró la cabeza, comprobó que esa «nube» estaba compuesta en realidad por esas criaturas que creía que eran murciélagos gigantes; una bandada enorme de ellos estaba descendiendo sobre el Varillian. Galell se volvió y gritó:

¡Alerta!

Dos guardias se acercaron a él corriendo desde la cubierta de proa y, unos segundos después, se sumó a ellos Revenn, el capitán del Fellovar. Los guardianes cogieron sus arcos y dispararon varias andanadas de flechas mientras en el Varillian tenía lugar un horrendo espectáculo… Casi una decena de esas criaturas se abalanzaron sobre el barco rezagado, al que rasgaron las velas y destrozaron las jarcias al mismo tiempo que reducían los mástiles a astillas. Los elfos que viajaban a bordo intentaron hacer todo lo posible por combatir a esas bestias, a pesar de que, desgraciadamente, los superaban en número.

Galell intentó entrar en contacto con la Luz para poder apoyar a los agobiados guardias de la otra nave y logró sanar a varios, pero no era suficiente. Aunque el fragor de la batalla fue espantoso, lo que más afectó a Galell fueron los gritos de terror, los chillidos ahogados de los niños que se hallaban bajo cubierta.

El capitán Revenn corrió hacia proa y vociferó al timonel:

—¡Todo a babor!

En ese instante, tres de esas horrendas criaturas se separaron del grupo principal, acortaron rápidamente la distancia que los separaba del Fellovar y arremetieron contra sus mástiles. En solo unos segundos, esas bestias rapaces estaban haciendo trizas las velas mayores y los trinquetes.

Pese a que los guardianes del Fellovar respondieron a ese ataque con flechas, enseguida sufrieron el asalto de esas aberraciones furiosas. Los niños gritaron en la bodega. Galell imploró desesperadamente a la Luz que sanara y protegiera a los atacados. Todo esto sucedió en menos tiempo del que se necesita para respirar hondo una sola vez.

Mientras tanto, en el Varillian, el palo del trinquete que estaba fracturado se vino abajo, atravesando la cubierta y el casco por estribor. La nave hizo aguas, se ladeó cuarenta y cinco grados y la proa se inclinó hacia la espuma del mar.

Acto seguido, varias de esas bestias murciélago se separaron del resto para atacar la nave que encabezaba la travesía, el Morn’danel, la cual viró bruscamente hacia babor; quizá con demasiada brusquedad, ya que se interpuso en el camino del Fellovar.

De improviso, una de esas criaturas se precipitó sobre el guardián más cercano a Galell. El sacerdote posó su sanadora mano sobre su compañero elfo al mismo tiempo que cogía la daga del guardián y se la clavaba en la espalda a esa bestia. Mientras el Morn’danel se aproximaba de costado, ese engendro con forma de murciélago aulló y giró en el aire, llevándose consigo a Galell en sus brazos hacia el este, hacia el cielo, hacia mar abierto.

Por encima de los chillidos ensordecedores de esa criatura, el joven sacerdote pudo oír la devastadora colisión que se produjo en cuanto el bauprés del Fellovar empaló al Morn’danel por el medio. Galell tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para intentar no pensar en los niños que viajaban en el interior de ambos navíos y en el final que les aguardaba, ya que, incluso en esos momentos, soportar la pesada carga de tal desesperación parecía un destino peor que la muerte.

El viento lo azotó a la vez que hacía todo lo posible por seguir agarrado a ese monstruo con una mano y buscaba a tientas la empuñadura de la daga con la otra. La criatura le propinó un mordisco en el cuello justo cuando dio con el arma, que extrajo de un tirón y, acto seguido, enterró en una zona del cuerpo de esa aberración situada varios centímetros más arriba, donde suponía que debía hallarse el corazón de esa bestia. Notó que ese engendro perdía ímpetu y, súbitamente, tanto él como esa criatura murciélago cayeron en picado hacia las aguas cristalinas que los aguardaban allá abajo.

Por el rabillo del ojo, a duras penas alcanzó a ver cómo los mamparos del desdichado Varillian se hundían en el agua. A pesar de que intentó no pensar en An’dorvel, a pesar de que intentó no imaginárselo con su pelo peinado cuidadosamente y su atuendo impecable atrapado y chillando junto a los demás niños en la bodega del Fellovar mientras el agua entraba ahí a raudales, no pudo evitarlo y se derrumbó emocionalmente. Entonces, sintió un fuerte impacto al chocar contra la superficie del agua junto a esa criatura murciélago. El mundo se tornó borroso para Galell, pero mientras su consciencia flaqueaba, todavía pudo oír los gritos de agonía de los niños que viajaban a bordo del Morn’danel y el Fellovar.

Al final, una piadosa oscuridad se apoderó de él.

Hacerse con los cristales lunares había sido muy fácil.

Como era de esperar, había informado a su amo de los conjuros de camuflaje que ocultaban esos templos, pero tampoco habría hecho falta, ya que el amo Arthas contaba con sus propios agentes capaces de ver a través de esos engaños mágicos con suma facilidad.

Aun así, le había hecho saber que existían los cristales lunares, así como dónde se encontraban los templos y le había especificado cuáles eran sus defensas; toda esa información se la había sonsacado a ese necio de Lor’themar prácticamente sin hacer esfuerzo alguno.

De algún modo, Arthas había logrado que Dar’Khan pudiera comunicarse mentalmente con un consejero cuyas recomendaciones hechas entre susurros resultaron ser muy útiles. Si a estos consejos se les sumaba el poder mágico que el amo Arthas le había proporcionado, el mago pudo contar con las herramientas necesarias para confeccionar los hechizos de contención y liberación.

Si bien el amo utilizaría la esencia de la Fuente del Sol en la medida que la necesitase para alcanzar unos objetivos que el mago ignoraba, le había prometido a Dar’Khan, y solo Dar’Khan, que le encomendaría la responsbilidad de mantener la fuente en equilibrio… sí, a él, al que siempre todos habían subestimado, al que siempre habían tratado como si fuera invisible. La Asamblea nunca había querido compartir el poder de la Fuente del Sol, pero ahora las energías de esa fuente iban a estar a disposición del mago, y, al final, Dar’Khan Drathir sería recordado con temor y respeto, y su nombre se sumaría a la lista de los magos más poderosos que jamás habían existido.

Dar’Khan sonrió con suficiencia mientras limpiaba la sangre de la hoja de su espada. Las espadas eran unas armas bastas y burdas, pero en este caso eran necesarias desgraciadamente. El consejero le había advertido que debía reservar sus energías mágicas para llevar a cabo el conjuro de contención. A pesar de que había podido contar con las fuerzas extra que le había proporcionado su amo, el conjuro lo había dejado extenuado. No obstante, aunque se sentía muy débil y completamente exhausto, había logrado atravesar con su espada a un último magíster que no sospechaba que era un traidor.

El filo de su arma había saboreado la sangre de muchos en las últimas horas. Los cadáveres de diversos miembros clave de la Asamblea yacían desperdigados por la meseta de la Fuente del Sol. Había ido a por los que sabía que supondrían una mayor amenaza; los que estaban más familiarizados con el tipo de sortilegio que iba a tener que realizar, aquellos que podrían detectar el hechizo con más facilidad y rastrear su origen hasta dar con él. No obstante, el caso de Belo’vir era distinto, puesto que el gran magíster dominaba con maestría los hechizos que los magos solían utilizar más habitualmente, pero no estaba muy familiarizado con la vertiente más esotérica de lo arcano.

Tras haber llegado tan lejos, Dar’Khan era consciente de que sería una necedad dejar cualquier aspecto del plan al capricho del azar, por lo cual había decidido eliminar a prácticamente, la mitad de la Asamblea. En el caos que había reinado durante las primeras horas de la mañana, le había resultado muy fácil sorprender y asesinar uno por uno a los viejos magos restantes. El primero había sido el más difícil, pues incluso había titubeado levemente; sin embargo, el amo Arthas le había conminado a actuar. El resto de asesinatos habían resultado cada vez más fáciles y satisfactorios, hasta el punto que Dar’Khan llegó a gozar realmente cuando atravesaba con esa espada la frágil carne.

En cuanto terminó con esa funesta labor, escogió un lugar bastante alejado como para poder lanzar el hechizo; el salón más remoto que pudo encontrar del Bancal del Magíster. En cuanto inició el encantamiento, lanzó una llamarada que surcó el cielo por encima de Lunargenta; esa era la señal acordada para que su amo supiera que había llegado el momento de actuar.

Las órdenes que Belo’vir estaba vociferando allá fuera desconcentraron a Dar’Khan. Pasó por encima del cadáver de un desgraciado mago, que había irrumpido corriendo en la sala justo cuando el conjuro de contención acababa de ser completado, y prosiguió caminando hasta un balcón desde el que podía contemplarse la Fuente del Sol.

El resto de magos se encontraban ahí, rodeando con las manos en alto ese haz de luz central de energía arcana, ya que intentaban desesperadamente canalizar su poder para levantar algún tipo de defensa; sin embargo, el hechizo de contención estaba desbaratando todos sus esfuerzos.

Por un breve instante, Dar’Khan se preguntó adónde habría huido el gran rey Anasterian. Sin lugar a dudas, esa frágil reliquia del pasado no suponía una amenaza seria; aun así, el hecho de que no estuviera ahí era motivo de inquietud. Entretanto, allá abajo, Belo’vir lideraba un importante ejército, compuesto de magos, sacerdotes, arqueros y forestales, que se dirigía a la orilla sur de la isla. Los miembros de La Asamblea que todavía seguían vivos habían decidido quedarse atrás, pues estaban empecinados en desentrañar el misterio de por qué no podían acceder a las energías de la Fuente del Sol.

Dar’Khan se percató en ese instante de que, a pesar de que gracias al hechizo de contención había impedido que los demás pudieran acceder a la esencia de la Fuente del Sol… él todavía podía hacerlo.

Si decidía hacer uso de esas energías, no agradaría a su amo, ya que sus órdenes habían sido muy claras al respecto: Dar’Khan debía esperar a que llegara Arthas. No obstante, no pasaría nada si, simplemente, probaba esas energías un poco…

Mientras los desconcertados magos seguían intentando dar con una solución a ciegas, Dar’Khan  se dispuso a acceder a esas energías luminosas. Expandió su mente y, para su regocijo, descubrió que el fulgor de la Fuente del Sol lo estaba esperando. Con una expresión de dicha absoluta dibujada en la cara, Dar’Khan estiró ambos brazos y abrió su ser, invitando así a que un diminuto tentáculo de ese manantial arcano entrara en él lentamente. Una minúscula porción de ese poder lo atravesó como si se tratara de un relámpago y, por un instante infinitesimal, creyó que esa pequeña fracción de energía sería más que capaz de despedazarlo.

Pero él era Dar’Khan. Y éste era el momento que tanto había anhelado, que tanto había planeado y por el que había asesinado a muchos. Ese poder era suyo e iba a usarlo. Valiéndose de unas técnicas que su misterioso consejero le había enseñado, Dar’Khan se hizo con el control de las energías robadas y notó cómo esas fuerzas caóticas que bramaban en su fuero interno se iban estabilizando.

La sonrisa del mago se ensanchó aún más.

Pero debía parar. Sabía que debía parar. Aunque seguro que su amo no se enojaría con él si se hacía con un poco más de poder…

Bajo el mando de Belo’vir, los ejércitos elfos se reunieron a lo largo de la costa sur de Quel’Danas. Liadrin se hallaba en un bancal desde el que podía verse la última línea de defensa elfa y se preguntó si los evacuados habrían logrado escapar sanos y salvos. También rogó a la Luz que Galell y los niños alcanzaran su destino. Entonces, dirigió su mirada hacia Vandellor, quien se encontraba en el tejado de un almacén próximo, con gesto muy serio y tenso. Acto seguido, Liadrin dirigió sus ojos al sur una vez más.

Las sombras se habían ido alargando a medida que el día se acercaba a su fin. En la lejanía, esa masa de tierra que era Quel’Thalas se extendía hasta el mar. Liadrin apenas era capaz de distinguir las estructuras de madera del puerto del norte. Más allá, una espesa nube de humo negro se alzaba hasta el cielo, arrastrada hasta una gran altura por los vientos del este. La sacerdotisa se preguntó cómo pensaba el príncipe caído atravesar con su ejército esa distancia que los separaba. ¿Cruzarían ese mar a nado? ¿O lo harían montados en esas criaturas murciélago? ¿O acaso contaban con una armada de barcos que los llevarían hasta el otro lado?

Mantén la concentración, se aconsejó a sí misma. No podía permitirse el lujo de que tuviera lugar otro incidente como el acaecido en la puerta interior cuando esas monstruosidades llegaron. En esa ocasión, había perdido la concentración y había sucumbido al miedo, razón por la que había tenido muchos problemas para canalizar la Luz.

Conserva la calma. Confía en la Luz. Lograremos sobreponernos a esto.

Sin embargo, por mucho que quisiera, seguía dudando. Se sintió invadida por una abrumadora sensación de espanto al ver su amada patria reducida a escombros. Tuvo una terrible premonición: la Fuente del Sol corría un grave peligro. Temía que Arthas pronto se presentaría ahí, ya que, de algún modo, lograría atravesar ese mar que los separaba.

Y traería la muerte consigo.

Los ejércitos de la Plaga aguardaban órdenes mientras deambulaban de aquí para allá. Algunos de sus miembros estaban muy ocupados demoliendo un puerto situado en la costa a cierta distancia. Otros cuantos, habían clavado sus miradas en una isla del noroeste, en la Isla del Caminante del Sol, pues se habían quedado ya sin tierras ni propiedades que arrasar.

Al otro lado del Mar del Norte, un luminoso rayo de luz que surgía de la Fuente del Sol brillaba como un faro. En esa isla de los elfos, estos los esperaban desafiantes; esa enorme masa de agua era lo único que los separaba de la Plaga.

Los esbirros no-muertos parecían moverse sin ton ni son por la orilla que habían invadido en tropel; o bien caminaban de aquí para allá, buscando restos de cuerpos, o bien simplemente permanecían quietos. Pero entonces, súbitamente y al unísono, alzaron sus cabezas y se giraron hacia el sur. Tras haber recibido una señal no verbal, unos cuantos cadáveres putrefactos y unas cuantas colosales arañas se apartaron a un lado, despejándole el camino a su amo.

Una figura ataviada con una armadura negra, que cabalgaba a lomos de un corcel de color ébano que poseía unos ojos de fuego, atravesó ese pasillo improvisado y obligó a detenerse a su montura a escasos metros de la orilla. Aquel humano, que había sido en su día el príncipe Arthas y un reverenciado campeón de los Caballeros de la Mano de plata, escrutó el paisaje con unos ojos fríos, negros y carentes de toda emoción; con los ojos de un caballero de la Muerte. Desmontó de manera ágil al mismo tiempo que desenvainaba una tizona temible, que debía sostener con ambas manos y tenía runas talladas. Mientras avanzaba, las runas de la hoja brillaron tenuemente y unas espirales de humo brotaron de su filo.

Permaneció callado por un momento, con la mirada clavada en Quel’Danas. Acto seguido, inclinó la cabeza y susurró algo a algún acompañante invisible.

Será pronto.

Una figura pálida y espectral se acercó flotando hasta colocarse a su lado. Entonces, Arthas miró hacia atrás, en dirección a Sylvanas.

—No puedes llenar este canal de cadáveres para poder atravesarlo, Arthas —afirmó la exgeneral forestal—. Ni aunque utilizaras a todos los muertos de toda la ciudad seria bastante. No puedes avanzar más. Me alegro de tu fracaso.

Arthas alzó distraídamente una mano y, al instante, Sylvanas cayó al suelo, aullando de agonía. Sus gritos atormentados reverberaron en varios kilómetros a la redonda.

¿Acaso crees que no había previsto que llegaría este momento? — replicó Arthas, quien dio un paso al frente—. En su día, fui un ser humano… tan falible y vulnerable como cualquier otro. Y sí, en esa época, sin una flota de barcos, un obstáculo como este podría haber parecido insuperable…

A continuación, Arthas alzó su espada por encima de su cabeza y la arrojó hacia la orilla. El arma dio vueltas en el aire y su punta se clavó violentamente en la arena.

Pero ya no. —El caballero de la Muerte se giró—. Chsss… Escucha; Agonía de Escarcha está hablando.

La espada emitió un zumbido muy leve y resonante, y las runas que la decoraban brillaron intensamente. En ese momento, el agua del océano que iba a morir a la orilla rozó el filo de la hoja y, al instante se congeló.

Arthas sonrió.

Sé testigo del final: de la caída de la última barrera.

De repente, se oyeron una serie de crujidos, borboteos y siseos a medida que el hielo que rodeaba la hoja se fue expandiendo; en un principio, lentamente, aunque enseguida se aceleró su crecimiento; se extendió como una mancha a través del mar y afectó a toda esa masa de agua, que rápidamente se transformó en hielo al congelarse el océano palmo a palmo, legua a legua, desde su plácida superficie hasta sus insondables y turbias profundidades.

En solo unos instantes, una placa sólida de hielo blanco cubría muchos kilómetros a lo largo y ancho en dirección norte, hasta alcanzar la costa de Quel’Danas.

Al unisono, esa turbamulta pútrida avanzó en tropel. Al principio, algunos de esos cadáveres se resbalaron al hollar esa superficie tan lisa; muchos de ellos incluso avanzaron con torpeza a cuatro patas. Únicamente esas monstruosas arañas gigantes no parecieron inmutarse lo más mínimo al pisar el hielo.

El corcel de Arthas se le acercó y el caballero de la Muerte se montó en él sin apenas hacer esfuerzo. Después, espoleó a su caballo para que avanzara unos cuantos pasos, se agachó y arrancó su espada del hielo. Mientras esa multitud aberrante pasaba junto a él, Arthas miró hacia atrás.

Ah, y no te permito que te dirijas a mí por mi antiguo nombre, Sylvanas… A partir de ahora, puedes llamarme amo.

Espada en mano, Arthas conminó a su montura a hollar el hielo.

Belo’vir y los magos ahí reunidos permanecieron sumidos en la incredulidad y el silencio, mientras contemplaban fijamente esa extensión de hielo sólido extendida por donde se había hallado un océano sereno solo unos instantes antes.

Al otro lado de esa llanura helada, los ejércitos de la Plaga habían recorrido ya una cuarta parte de la distancia que los separaba de su objetivo y avanzaban con paso firme.

Liadrin se retorcía las manos mientras observaba su avance desde el bancal y el corazón se le desbocaba. El silencio era sepulcral.

Belo’vir se encaminó hacia la orilla dando grandes zancadas.

¡Hermanos, ayudadme! —exclamó al mismo tiempo que se arrodillaba sobre la orilla helada. Un intenso fulgor emergió de sus manos y de inmediato, unas llamas surcaron el hielo. Los demás magos siguieron el ejemplo del gran magíster, generando un río de fuego que fluyó por encima de esa gélida superficie.

Los ejércitos de no-muertos habían cubierto ya la mitad del recorrido.

Aunque los magos generaron el calor suficiente como para derretir las capas superiores del hielo hasta vanos metros de profundidad, ese titánico esfuerzo resultó ser insuficiente para penetrar en las zonas más profundas y heladas, por lo que no pudieron derretirlas…; además, la energía que habían invertido en el esfuerzo había dejado tanto a Belo’vir como a los demás exhaustos.

El gran magíster desistió, al igual que el resto, y las llamas se desvanecieron. Entonces, se volvió hacia los magos más cercanos a él. La Plaga se hallaba ya a tiro de piedra.

Atrás.- les ordenó el gran magíster con voz ronca, pues llevaba muchas horas gritando.

Los magos obedecieron al mismo tiempo que ocupaban la vanguardia de sus fuerzas varias decenas de arqueros elfos, que portaban flechas llameantes listas para ser disparadas en sus arcos. Belo’vir permaneció en silencio. Liadrin cerró los ojos e intentó desesperadamente calmar los atronadores latidos de su corazón mientras el gran magíster vociferaba:

A mi señal…

Alzó un brazo a la vez que, fatigado, evaluaba a las fuerzas que se aproximaban.

Los cadáveres, las arañas monstruosas y otros diversos seres grotescos alcanzaron entonces la capa de agua derretida, que no era muy profunda, pero eso no demoró su progresión. Belo’vir bajó el brazo.

¡Disparad!

Una lluvia de misiles ardientes hendió el aire y cayó sobre numerosos adversarios, provocando que se ralentizara momentáneamente el avance de su vanguardia. Sin embargo, muchas de esas criaturas monstruosas siguieron avanzando a pesar de que sus cuerpos estaban envueltos en llamas.

¡Mantened la formación! —bramó Belo’vir.

Unos gritos de guerra resonaron en cuanto los elfos desenvainaron sus espadas y se sumieron a la refriega para despachar a esos horrores de pesadilla si eso era posible. Liadrin ignoró el fragor de la batalla, cerró los ojos y buscó el contacto con la Luz.

El enemigo avanzó inexorablemente y empujó a las fuerzas elfas de nuevo hacia la orilla; la Plaga era tan numerosa que se impuso abrumadoramente a sus rivales, a pesar de los tremendos esfuerzos de los magos y los sanadores.

¡Mantened la formación! —volvió a gritar Belo’vir, al mismo tiempo que unas llamas brotaban de las yemas de sus dedos—. Mantened la…

A pesar del fragor del combate, Liadrin pudo oír cómo se clavaba esa flecha en el lado derecho del pecho de Belo’vir. La suma sacerdotisa intentó desesperadamente hallar la Luz mientras el gran magíster se tambaleaba hacia atrás. En ese mismo instante, oculto entre esa inmensa hueste, un elfo noble resucitado bajó su arco y siguió caminando torpe y lentamente.

Al mismo tiempo que Liadrin estaba a punto de alcanzar el fulgor de la Luz, Vandellor canalizó sus energías curativas hacia Belo’vir, quien agarró la flecha por su extremo emplumado y la partió. A continuación, empujó el astil hacia dentro hasta que la punta de la flecha emergió por su espalda, rasgándole la piel y atravesándole la túnica; después, se llevó la mano a la espalda para poder arrancársela del todo.

De improviso, el suelo bajo los pies de Liadrin tembló y ésta perdió la concentración. La sacerdotisa dirigió la mirada hacia el campo de batalla, donde unos elfos intrépidos luchaban presas de la desesperación mientras gritaban, caían y morían. El pánico la dominó mientras intentaba contactar con la Luz una vez más, pero esta vez la percibió aún más lejos que antes.

Justo entonces, el jinete negro, Arthas, emergió de entre esa masa informe, galopando raudo y veloz hacia Belo’vir. Pese a que el gran magíster saltó hacia un lado e intentó alzar la mano derecha, fue incapaz de levantarla por encima del hombro. Unas llamas ardieron en su mano izquierda, pero ya era demasiado tarde. Arthas aceleró y trazó un arco muy amplio con Agonía de Escarcha, con el que le cercenó el brazo derecho a Belo’vir justo por debajo del hombro.

Liadrin golpeó con los puños la verja que tenía delante, chilló para poder desahogarse y aliviar su frustración al mismo tiempo que el príncipe caído cabalgaba hacia la Fuente del Sol. Vandellor siguió canalizando la Luz hacia el gran magíster, en un esfuerzo que cualquier sacerdote más joven y menos experimentado habría sido incapaz de hacer. El cuerpo de Belo’vir relució envuelto en un aura dorada; no obstante, esa turbamulta necrófaga se lo llevó por delante y lo pisoteó en cuanto holló tierra firme.

Vandellor trepó por los aleros y descendió por la fachada del almacén con la intención de ayudar a su viejo amigo. Pese a que Liadrin le pidió a gritos que se detuviera, el anciano elfo no la escuchó o no quiso prestarle atención.

De repente, se produjo un cambio en el aire. Liadrin notó que el vello se le ponía de punta. Unos pequeños fragmentos de escombros flotantes salieron disparados hacia un lugar situado al norte de la costa, esos desperdicios giraron en el aire y, acto seguido, se dispersaron al rasgarse el aire. Súbitamente, ahí apareció el rey Anasterian Caminante del Sol.

Arthas se detuvo y obligó a su caballo a darse la vuelta.

El rey vestía la armadura Lu’minellia, que había sido confeccionada hacía miles de años durante el reinado de su bisabuelo Darth’Remar. También portaba la hojarruna de su bisabuelo, Felo’melorn, una espada legendaria que había derramado tanta sangre trol en su época como para anegar las murallas de Zul’Aman. En la mano izquierda sostenía un bastón ornamentado; el cristal reluciente montado sobre su extremo superior era una reliquia encantada cuyo origen se remontaba a Kalimdor, la antigua patria de los elfos nobles. A pesar de que el peso de los años, de sus tres mil años de existencia, había hecho mella en su cuerpo, tanto la mente como el corazón del rey Anasterian seguían en plena forma. El monarca había hecho acopio de todas las fuerzas que le quedaban y había decidido presentarse en ese momento para librar esa terrible batalla que sabía que seria la última.

Anasterian atravesó esa hueste de pesadilla que había alcanzado ya la orilla helada, atacando al enemigo a diestro y siniestro con su bastón y su espada: se abrió paso por esa llanura de hielo a base de mandobles, estocadas y golpes hasta alcanzar la zona de hielo derretido que miles de no-muertos seguían atravesando.

Se detuvo en cuanto se halló en medio de esa turbamulta. Entonces, profirió un grito de guerra en el antiguo idioma thalassiano y golpeó con la parte inferior de su bastón ese hielo sólido. Al instante, la no muy profunda capa de agua se extendió en un radio muy amplio y unas grietas, cuyo origen era el punto de impacto, se abrieron en esa superficie helada. Esas fisuras en forma de telaraña se expandieron y ensancharon hasta que el agua salada emergió por ellas.

El aire se estremeció alrededor del rey. Los soldados cadáveres que se habían dirigido hacía él para rodearlo cayeron hacia atrás como si hubieran sido golpeados. Anasterian se desvaneció y el agua, que había sido desterrada de su lugar natural unos momentos antes, volvió a llenar el vacío que el monarca acababa de dejar. El hielo siguió quebrándose hasta que un gran trecho helado se deshizo en varios témpanos descomunales. Los no-muertos intentaron mantener el equilibrio sobre esos inestables trozos de hielo, pero la mayoría resbaló y fue engullida por esas olas turbulentas.

A lo largo de la costa se abrió un hueco entre esa multitud de no-muertos, ya que una fuerza invisible los empujaba y apartaba de en medio. Unas diminutas partículas de escombros giraban en el aire, que súbitamente se iluminó. Anasterian apareció de nuevo y el cristal situado en el extremo superior de su bastón proyectó una luz ámbar muy intensa.

A los pies del rey brotó un círculo de fuego, cuyas llamas cobraron velocidad a su alrededor tras unirse; acto seguido, se elevaron violentamente, se extendieron y conformaron un gigantesco y destructor tornado de fuego.

Las monstruosidades que rodeaban al rey ardieron.

Liadrin sintió renacer levemente la esperanza en su fuero interno. Corrió hacia la orilla, en busca de Vandellor y, en seguida lo divisó vadeando entre una multitud de cadáveres, entre los que buscaba a Belo’vir, sin embargo, esa hueste no-muerta se interponía entre ella y el sumo sacerdote. Entonces, se volvió para dirigir su mirada hacia Arthas y, en ese instante, comprobó que las facciones del príncipe caído reflejaban unas emociones que hasta entonces no había mostrado. Ira. Frustración. Impaciencia.

Liadrin se abrió paso hasta Vandellor luchando como una posesa: entonces, se detuvo, miró a su alrededor y se percató de que los no-muertos ahora permanecían inmóviles y alerta, observando las reacciones de Arthas. Liadrin prosiguió avanzando hacia Vandellor, quien se encontraba arrodillado junto a un destrozado Belo’vir. A pesar de que el sumo sacerdote intentaba sanar desesperadamente las miles de heridas del gran magíster, lo único que había logrado era mantener a su viejo amigo consciente.

Liadrin agarró a Vandellor por los hombros.

¡Si mueres no nos serás de gran ayuda!

Vandellor agarró a Belo’vir con un brazo y tiró de él para que pudiera incorporarse. El gran magíster clavó su mirada en el lugar donde se hallaban Arthas y Anasterian. Liadrin y Vandellor dirigieron sus ojos al mismo lugar.

Arthas espoleó a su montura y cargó contra el rey. El vórtice ígneo se disipó al arremeter el jinete negro contra él. Aunque Liadrin observó con suma atención todo cuanto acaeció después, todo sucedió a tal velocidad que casi le resultó imposible comprender lo que veían sus ojos.

Arthas se abalanzó sobre el rey con su espada y Anasterian pareció desplazarse sin ni siquiera haberse movido, ya que pasó de hallarse directamente delante de ese caballo negro a encontrarse arrodillado e inclinado. De repente, una luz deslumbrante brotó de su reliquia de cristal con el fin de cegar a Arthas, pero el caballero de la Muerte logró golpear el bastón del monarca y desviar su trayectoria, con tal mala fortuna que el bastón acabó cercenando las patas delanteras de su corcel.

El caballo cayó a plomo. Arthas gritó una extraña palabra (que a Liadrin le sonó muy similar a «invencible») y cayó rodando de su montura. Rápidamente, se puso en pie con un gesto de rabia. El antiguo príncipe parecía consternado, aunque esa reacción no se debía a que hubiera resultado herido. Miró a su caballo y observó impotente cómo intentaba agónica y desesperadamente enderezarse, pero fue en vano. Acto seguido, fulminó con La mirada al rey.

Los no-muertos que habían seguido avanzando prosiguieron su ataque; Las turbamultas cercanas al rey y Arthas, sin embargo, permanecieron inmóviles, mientras los elfos que todavía no habían caído observaban y esperaban a que concluyera ese duelo que decidiría el destino de todos ellos.

Liadrin sintió una apremiante necesidad de mirar al mar. Ahí vio a Sylvanas, quien permanecía quieta y pesarosa encima del hielo que flotaba sobre las aguas. Liadrin se compadeció de la antigua general forestal, quien estaba siendo obligada a observar una batalla en la que no se le permitía intervenir. La suma sacerdotisa centró su atención de nuevo en Anasterian y Arthas, quien bramó:

Quizá fuiste un adversario formidable hace tiempo. Pero ahora, soy capaz de percibir cómo se apaga la chispa de tu alma, cómo tu fuerza vital titila débilmente como una vela al viento… con sumo gusto, voy a apagar para siempre esa llama.

El rey y el antiguo príncipe trazaron un círculo uno alrededor del otro. Anasterian sostenía a Felo’melorn con ambas manos con tanta fuera que sus nudillos se habían tornado blancos.

Al menos yo poseo un alma, despreciable bastardo.

Arthas alzó a Agonía de Escarcha.

No por mucho tiempo.

Al igual que antes, Liadrin tuvo la sensación de que los acontecimientos se sucedían tan rápidamente que ni su mente ni sus ojos eran capaces de asimilarlos. Arthas se abalanzó sobre el rey. Anasterian pareció dejar de existir y apareció justo detrás de Arthas, al que intentó decapitar. El caballero de la Muerte se echó al suelo y se giró. El rey volvió a teletransportarse de nuevo. Arthas aferró a Agonía de Escarcha con suma fuerza y, al instante, emergió de ella una onda expansiva que congeló de repente todo lo que se hallaba en las inmediaciones.

Aunque Liadrin no acabó congelada, sí notó el impacto de la detonación. Anasterian permaneció inmóvil, ya que todo su cuerpo había quedado cubierto por una capa de hielo. Las runas de las espadas de ambos refulgieron ferozmente mientras Arthas caminaba hacia el rey. El caparazón helado que cubría al monarca se agrietó y deshizo. Arthas hizo una finta; Anasterian atacó con todas sus fuerzas. Felo’melorn y Agonía de Escarcha chocaron. Liadrin contuvo la respiración.

Con un terrible y desgarrador tañido, Agonía de Escarcha partió la hoja élfica en dos. Arthas prosiguió con su golpe hacia abajo y atravesó la pierna derecha del rey. Anasterian hincó una rodilla en tierra y enterró muy profundamente la hoja rota de Felo’melorn en el muslo de Arthas. El antiguo príncipe gruñó, dio la vuelta a su espada y se la clavó a Anasterian justo por detrás de la clavícula. A continuación, empujó hacia dentro la hoja, le atravesó el pecho y le perforó el corazón.

Anasterian exhaló su último aliento y se quedó quieto. Arthas arrancó la espada y, acto seguido, el rey, totalmente rígido, cayó de bruces sobre el hielo.

Una espantosa estupefacción se apoderó de Liadrin. Anasterian había muerto.

Un grito horrendo rasgó el aire. Liadrin se llevó las manos a los oídos y, a través de sus lágrimas, pudo ver a Sylvanas, quien atormentada y desgarrada, aireaba su frustración y clamaba indignada al cielo con un aullido prolongado y teñido de desesperación.

En cuanto ese grito de angustia cesó al fin, Belo’vir se volvió hacia la costa. Ahí, decenas de no-muertos que no podían ahogarse estaban alcanzando la orilla de manera torpe y desmañada. El gran magíster era espantosamente consciente de que, sin lugar a dudas, pronto emergerían miles más.

Vandellor profirió un grito al atravesarle una hoja oxidada el pecho. Liadrin dirigió su mirada hacia la espalda del sumo sacerdote y pudo ver que tenía clavada ahí la empuñadura de una hoz que estaba atada a una cadena. Buscó con la mirada el otro extremo de esa cadena y comprobó que quien la sostenía, a varios pasos de distancia, era una de esas babeantes abominaciones hechas de retales unidos de carne. El engendro tiró entonces de la cadena y arrancó así la hoz de la espalda de Vandellor seccionándole la columna. El anciano elfo se derrumbó.

Liadrin lanzó un chillido plagado de angustia, cayó de rodillas al suelo y, con más desesperación que antes si cabe, intentó contactar con la Luz. Sin embargo, debido a su estado de agitación, la radiante gloria de la Luz le resultó inalcanzable.

De improviso, un diminuto orbe de fuego salió disparado de la palma de una de las manos de Belo’vir y alcanzó a ese altísimo coloso, de tal modo que penetró en su pálida piel y explotó dentro de él. El monstruo puso los ojos en blanco al caer y el suelo tembló por culpa del impacto.

Los cadáveres empapados de agua salada se aproximaron aún más a ellos. Belo’vir miró a Arthas, quien se hallaba junto a su corcel, cuyas patas delanteras ya estaban curadas. El príncipe caído desató una gran bolsa que llevaba colgada de la silla, miró satisfecho por última vez al rey muerto y, a continuación, se dirigió a la Fuente del Sol.

Entonces, Belo’vir habló, con un tono de voz lo suficientemente alto como para que Liadrin pudiera escucharle.

Se acabó. Hemos perdido.

El gran magíster posó una mano sobre el hombro de Liadrin la cual notó al instante esa sensación, que ya le resultaba familiar, de que algo tiraba de ella en su fuero interno.

Consternada, alzó la cabeza hacia Belo’vir y lo miró con los ojos desorbitados.

¿Qué estás haciendo?

Belo’vir la contempló con una mirada benévola teñida de resignación.

—Hago un favor a un viejo amigo.

¡No, quiero quedarme! Quiero…

Liadrin se desvaneció, lo cual le libró de ser testigo de cómo los no-muertos se cernían sobre el gran magíster, lo rodeaban y lo despedazaban sin miramientos.

Dar’Khan había absorbido ya un poco más del abrumador poder de la Fuente del Sol cuando percibió la presencia de su amo. Por un breve instante, se planteó la posibilidad de absorber tanta energía como pudiera para teletransportarse luego muy lejos, pero sabía que, sin duda alguna, su amo lo encontraría, daba igual dónde decidiera esconderse.

Dar’Khan abrió los ojos súbitamente. Allá abajo, una turbamulta de no-muertos había obligado a batirse en retirada al resto de los miembros de la Asamblea. El mago pudo comprobar que habían abierto un camino por el que Arthas avanzaba hacia la fuente.

Tal y como había practicado, tal y como le había enseñado su instructor, Dar’Khan realizó el conjuro de liberación y logró así que las energías de la Fuente del Sol fueran accesibles una vez más. Aunque este hechizo no era tan complejo como el sortilegio de contención, este tipo de encantamiento requería de una gran concentración; no osbtante, Dar’Khan no se sentía de ningún modo extenuado, ya que el Poder de la Fuente del Sol lo había fortalecido.

Durante un fugaz instante, el mago temió que Arthas pudiera castigarlo por culpa de la codicia que había mostrado; sin embargo, su amo se quedó quieto delante de la Fuente del Sol durante un largo instante, contemplando su premio. El fulgor radiante de la fuente iluminó las facciones del príncipe caído. Su capa ondeó al viento, que también meció su canosa melena. Los no-muertos lo contemplaban inmóviles a una distancia cercana.

¡Amo! —exclamó Dar’Khan—. Amo, he…

Arthas susurró unas palabras a alguien invisible y, acto seguido, arrojó un saco al haz de luz de la Fuente del Sol. El mago llegó a apreciar que unos huesos caían de esa bolsa justo antes de que el rayo centelleara con una luz blanca cegadora.

Dar’Khan se aferró el pecho con fuerza. Por culpa de lo que acababa de hacer su amo, la esencia de la Fuente del Sol había cambiado repentinamente. Esa mutación afectó profundamente a ese mago traidor en lo más hondo de su ser. En cuanto se recuperó, se concentró, cerró los ojos, desapareció…

… y apareció junto a Arthas; sin embargo, el caballero de la Muerte no le prestó ninguna atención. El rayo de la Fuente del Sol había adquirido un color muy extraño; un violeta pálido moteado de verde. En el interior de ese miasma turbulento, dio la impresión de que se estremecía una sombra.

Amo, las energías de…

Arthas habló sin volver la cabeza lo más mínimo, con una voz fría como la hoja de un cuchillo.

Sí, han sido contaminadas. No te encontrarías tan mal si no hubieras absorbido parte de ellas.

Aterrado, el mago hincó una rodilla en el suelo y tartamudeó:

Amo, te juro que…

La voz del antiguo príncipe adoptó un tono más sereno, pues trataba de calmar al mago.

¿Por qué tienes tanto miedo? Has actuado siguiendo el dictado de tu propia naturaleza. Deseabas servirme y lo has hecho. Y seguirás haciéndolo. Después de todo, has contribuido a que este momento sea posible.

Una voz áspera, ronca y sepulcral resonó desde el interior de esa luz turbia.

¡He renacido, tal y como se me prometió! ¡El Rey Exánime me ha concedido la vida eterna!

Dar’Khan reconoció de inmediato esa voz, a pesar de que ya no era un susurro. Era la voz de su consejero invisible, era esa otra voz que había oído en su mente, esa voz que le había proporcionado los conocimientos necesarios para que la Fuente del Sol cayera en sus manos.

El mago se puso en pie. Al instante, profirió un fuerte gruñido al sentir cómo el frío acero le atravesaba las entrañas. Miró fijamente a Arthas a los ojos y solo pudo ver un abismo insondable. Acto seguido, el caballero de la Muerte extrajo su espada.

No temas, mi ambicioso amigo. La muerte es solo el principio, como mi colega Kel’Thuzad puede atestiguar.

Dar’Khan se volvió, cayó otra vez de rodillas y contempló cómo esa figura flotaba dentro de esa esencia nociva que hasta hacía poco había sido el corazón y el alma del reino de su pueblo.

Un espeluznante esqueleto con cuernos, ataviado con unos peculiares ropajes, una armadura y unas cadenas emergió de la fuente. Irradiaba tal gélida maldad que Dar’Khan tuvo la sensación de que se le estaba helando la sangre por el mero hecho de haber posado su mirada en él.

Entonces, la oscuridad se adueñó de la visión periférica del mago y el mundo pareció alejarse de él. La calavera de ese engendro se inclinó sobre él y tuvo la sensación de que esas fauces huesudas se curvaban para formar una sonrisa.

Lo último que escuchó Dar’Khan fue la risa burlona de aquel esqueleto.

(Sangre de los Altonato. Fin del Cap.2 pag: 454 – 477)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s