Idril Susurra Alba

[Idril] Esbozos de una aventura

Idril se encontraba frente la puerta del Alto Examinador del Relicario, deliberando si llamar a la puerta o no. Tenía alzado los nudillos, con toda la intención y que fuese atendida. Debía de hablar algo importante y sabía que no podría hacerlo con fluidez. Menos mal que pensó mejor en escribir una carta-informe para poder expresar su deseo, entre los papeles del resultado de los análisis del material del objeto extraño que el Caballero Iradiel le había dado hace meses atrás. Cerraba los ojos implorando un “ojalá”, pues en el fondo deseaba que le concedieran el permiso para poder salir de Lunargenta e ir a la expedición que solicita en la carta. A pesar de que, la última y única expedición que fue… no resultase del todo bien por su miedo a la gente desconocida o su autismo en Azsuna.

Fue un desastre.

Idril contuvo la respiración, cerró los ojos, apretando los párpados. Tragó saliva e hizo acopio de todo su valor para poder llamar esa puerta. Lo hizo. Golpeó dos veces seguidas con los nudillos con suavidad, pero no halló respuesta. Abrió los ojos ¿habrá salido el Alto Examinador? Volvió a llamar. Como no obtuvo nuevamente respuesta, abrió tímidamente.

– ¿Se-Señor…? -balbuceó. Asomó la cabeza y vio que su jefe no se hallaba en el despacho. Quizás sea su oportunidad para corretear hacia su mesa, dejar el informe y la carta delante de la silla presidencial e ir a almorzar. Sí, esa idea le parecía mejor, así, no tenía que enfrentarse a aquella mirada severa y ese porte que le daba tanto pavor. Incluso a ella le resultaba difícil de concebir cómo le aceptaron en el Relicario, y siempre la respuesta era ‘gracias a su tío’.

Él era miembro del Relicario, Beloran Susurra Alba, vio cualidades en su sobrina buenas para resolver casos en la organización y así obligarla, de algún modo, a construir un hábitat donde haya gente y no se sienta sola. Alimentar sus ganas de que ingrese y se dedique en sus estudios para que alcance ese objetivo y sea una profesional, y quién sabe… incluso conseguir que tenga amigos. A su padre, Almandur, le parecía una excelente idea y tenía toda la aprobación para que su hermano obre en su cometido. Debía intentar vencer sus miedos de algún modo.
Desde que pasó ese trágico día cuando ella tan sólo contaba con cinco años, el mundo de Idril sufrió un cambio drástico hasta en la actualidad. Dejó el papeleo bien ordenado en la mesa. Que sea lo primero que vea nada más sentarse en la silla. Cuando corrió hacia la puerta, el Alto Examinador se encontraba en ella con las manos cogidas en el regazo, escondidas en sus anchas mangas de la túnica y unos ojos pen.etrantes se clavaban en la cara de estupefacción de Idril, sintiéndose como un cervatillo frente a un depredador.

– ¿Qué hacía en mi despacho, Susurra Alba? -preguntó con suspicacia.

La elfa pelirroja no sabía por cuánto tiempo había contenido la respiración e intentó hablar, pero balbuceó.

-y-yo… ah… es…estaba… le… le he… traído…

Por un momento, con esa ceja élfica elevada, el Alto Examinador echó un vistazo a su mesa y comprendió qué había hecho, así que, le facilitó a Idril lo que intentaba decirle.

– ¿Están los análisis listos?

Después de una bocanada de aire, con la cabeza agachada, respondió un musitado -Sí, señor.

-Está bien, puede marcharse.

El elfo entró en su despacho y esperó que esta se marchase, pero antes de que alcanzara el escritorio, Idril intentó detenerle, pero no le salía la voz, quería decirle de la carta, y estaba ahí, como un pasmarote sin que sus extremidades la respondieran. Una vez el elfo iba a alcanzar la silla presidencial, vio que la joven seguía ahí, cosa que le llamó la atención, pues, como norma, cuando le daba permiso, huía como un ratón asustadizo.

– ¿Hay algo más? -preguntó, volviendo a alzar esa ceja élfica.

Idril abrió la boca con la intención de hablar de la carta, pero como resultado, se quedó en blanco de los nervios y seguidamente, agachó la cabeza con un “No, señor” y volver a su habitual huida del despacho del jefe, corriendo como un galgo a su pequeño despacho, su fortaleza dentro de su único lugar de trabajo donde se sentía más segura que ningún otro sitio del edificio. Sus compañeros la veían corretear, pero era muy típico de ella, así que, casi era costumbre. Cerró la puerta de un portazo, con la espalda pegada en ella, jadeando.
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Horas más tarde…

Idril dio un profundo suspiro mirando la puerta del Alto Examinador. Era el momento de saber si ha leído su petición en la carta y si le han convencido los análisis del artefacto titánico. Debía, quería cobrar valor. Iradiel la acompañaría. Una expedición, solos él y ella, sin más compañía que la de ambos. Sería más fácil. No se enfrentaría con gente del mismo gremio que no conoce, ni supondría un problema por ser quien es.

No tendría miedo a viajar si Iradiel, su nuevo amigo. Su nuevo mejor amigo. Su único amigo, viajara con él. Se ocuparía de ella. Bueno… eso hacen los amigos ¿no? Protegerse y … ser él quien interceda por ella al hablar y negociar en las necesidades del viaje. Sabía que sería un enorme peso o responsabilidad para Iradiel. En otras circunstancias, le diría que no. Se negaría a viajar, a poder tener una verdadera aventura sin que los libros sean su ventana hacia el exterior de Quel’thalas. Pero esto era importante. El objeto que Iradiel encontró en Argus se asemeja a los diseños de Ulduar. Los grabados, las runas, sin duda lo era y formaba parte de un mecanismo, pero ¿cuál? Esa era la incógnita. Quizás en Ulduar, de poder entrar en esas cámaras sagradas, haya alguna parecida y no lo hayan recopilado en los tomos de investigación del Relicario, o los objetos conseguidos expuestos en la enorme vitrina de la sala de reliquias. Dio dos golpes de nudillos en esa puerta. O se enfrentaba, o jamás se realizaría su deseo.

-Adelante.

Se oyó desde el otro lado de la puerta alto y claro. La elfa cerró los ojos y se dijo, al notar que el pánico amenazaba con atenazarla: “Vamos, Idril. No te acobardes ahora”. Con arrojo, abrió la puerta abruptamente, tanto, que golpeó con el pomo interno de la puerta a la pared con violencia. El Alto Examinador alzó la vista y una ceja se enarcó. La pluma encantada que escribía al son de la dicción del elfo paró de inmediato. Idril se puso pálida como la cera. El elfo ataviado en una elegante túnica habló tras unos segundos de silencio incómodo.

-A veces su entusiasmo es cuanto menos inquietante. -dijo mordaz.

Idril tragó saliva y la tensión agarrotó su cuerpo menudo.

-Pasa, muchacha, ahora no se quede en el umbral después de casi echar la puerta abajo.

Se armó de valor y obligó a sus piernas acercarse dando largas zancadas, hasta dar contra el borde de la mesa presidencial. El Alto Examinador casi le da un tic en el ojo ante las acciones pasmosas de la elfita.

– ¿Y bien?

-Se…Señor, yo… -murmuró con nerviosismo.

-Imagino que querrá que vaya al grano. Haga el favor de tomar asiento, Susurra Alba. -dijo secamente. La silla mágicamente se retiró de un movimiento del dedo índice del elfo que previamente entrelazó las manos, apoyando los codos en el reposabrazos.

El Alto Examinador escrutaba con la mirada a Idril, que esta permanecía con la cabeza agachada y la mirada clavada en la mesa ordenada de su superior.

-Así que, pretende seguir con el artefacto lejos de la biblioteca y de su entorno. -este dio un suspiro- Susurra Alba, ¿ya no recuerda lo que pasó en Azsuna cuando solicitó ir? Le concedí esa petición y como resultado, dificultó el trabajo de sus compañeros. Comprendo su ‘enfermedad’…

Idril no le gustaba esa palabra: enfermedad. Lleva escuchándola toda su vida, hasta llegar a creer que sí lo está. ¿Es estar enfermo temer a quien no conoces? ¿a necesitar vivir en un entorno familiar o conocido siempre? quizás sí, y eso la entristece. Pero se centra en la imagen de Iradiel y esos ojos felinos que la aportan tranquilidad y confianza y le recuerda lo que quiere.

-Señor. -le interrumpe- N-no voy a estar sola. Le… le prometo que estaré bien. Podré seguir con mis investigaciones con más rapidez.

-Sí… ya vi su petición. El mismo caballero que le entregó esa reliquia valiosa. Pero déjeme decirle cual ha sido mi decisión.

La elfa levantó la mirada hacia su jefe y sus ojos inquietos, que miraba a todas partes, obligándose a mirarle, apenas lo conseguía, pero lo que va a decir, para ella es muy importante.

-Debo decir… No. -dijo con rotundidad.

Esta miró a los ojos del elfo preguntando por qué.

-Idril -dijo con un tono más cercano, apoyándose en llamarla por su nombre.

-hablamos de Ulduar. Usted y ese caballero. No es cualquier lugar. Encontraréis infinidad de peligros, por no hablar de lo que hay dentro de esas cámaras. Y sí, es una joven extraordinaria. Tiene talento, su tío no se equivocó cuando solicitó décadas atrás que la aceptáramos a pesar de nuestras reservas, pero demostró que sois toda una profesional y no hay magia o maldición que se le resista a excepción de aquella caja de música que encontramos en las ruinas altonato del Bosque de Cristal y que casi le arrebata la vida. No fue algo que hubiéramos previsto.
<<Es especialista en resolver misterios de artefactos bien protegidos por sus creadores, pero usted nunca ha luchado, Idril. Hablamos de dar casi toda la responsabilidad de su vida a ese Caballero. Imagino que lo conoce y que confía en él lo suficiente como para mostrarse tranquila y que sus miedos no la nublen. Pero ¿qué me dice de todo lo nuevo y desconocido que va a ver fuera de la protección de esta ciudad o la de su entorno? ¿cree que va a poder con ello?>>

Idril agachó la mirada, sintiendo como la tristeza va apagando sus deseos, sus esperanzas. ¿El confinamiento es mejor? ¿Aquí, bajo el entorno conocido? De pronto, la imagen de Iradiel se veía tan distante que sus ojos se empañaban. El Alto Examinador mostró una actitud paternal.

-No la deseo ningún mal y desde luego, no deseo que se encuentre en un peligro donde nosotros no podamos hacer nada. Prometí a su tío que me ocuparía de usted. Intento protegerla, como podrá comprobar.

La elfa apretó los puños en su regazo, cogiendo la tela de su falda. Cerró los ojos con fuerza y dos lágrimas cayeron sobre el regazo raudas.

-No. -murmuró firme Idril. –Yo… yo… n-no quiero … seguir enferma. -temblaba ante la fuerza que apretaba los puños. – ¡No estoy enferma! -levantó la voz sin levantar la vista. – Por favor… -suplicó quebrándose su voz- déjeme ir. Cómo… cómo voy a … dejar de tener miedo si no puedo enfrentarme a él. -sollozó.

El elfo la observaba detenidamente. Por unos largos segundos reinó un relativo silencio, excepto la desazón de Idril.

-Tiene razón. Pero eso mismo me dijo cuando acepté que fuera a Azsuna con el equipo. -respondió calmado.

-Pero eso fue distinto. E-Estaré bien ahora. Si… sí voy sola junto a Iradiel, será distinto. -murmuró, sorbiendo un poco por la nariz. Con las mangas, se limpiaba las lágrimas.

-Iradiel. Así que, conoce a ese Caballero.

Idril asintió.

Y hubiera deseado haberlo conocido antes. Prefirió no añadir más, pues Iradiel y ella no es que se conozcan tanto. Apenas se han visto en dos o tres ocasiones, pero la última vez, que fue apenas unas horas, pasaron largo tiempo juntos. Sorprendentemente, aquel elfo supo tratarla. La maldición (o bendición, que así ella lo veía) que sostenía Iradiel bajo la sombra de un espíritu animal, la de un felino ancestral, lo hacía más cercano a ella. No hacía demasiado, la única compañía que ella tuvo en su casa era la de un gato que le regaló Treyh llamado Ronrón, pero hacía apenas dos meses que falleció de forma muy extraña. Ronrón era un gato joven, apenas tenía 3 años y no lograron encontrar la razón de su muerte e Iradiel, con esos ojos gatunos, le recordaban mucho a él, y su olor le recordaba a su difunto hermano mayor Denoriel (asesinado por la plaga). Nada podía ir mal. Confiaba irracionalmente en él, su corazón así lo sentía. No tenía miedo, junto a él nada podía temer y para ella eso era muy importante, lo suficiente como para creer que todo irá bien.

-Le prometo, que, si algo sale mal, volveré. Pero yo confío en él. Es mi amigo. -dijo con firmeza. Con una firmeza inusitada en ella. Reafirmó sus palabras atreviéndose a mirarle a los ojos.

El Alto Examinador escudriñó su mirada, tanto como Idril le fuera posible sostenerla. Tamborileó los dedos en la mesa sopesando sus palabras.

-Está bien, Susurra Alba. Voy a confiar en usted y en ese… Iradiel. Hablaré con sus superiores y no dude en que hablaré con él. -amenazó apuntándola con el dedo severamente- Si veo que es como lo describe, aceptaré que vaya a esta misión que se has propuesto, ¿de acuerdo?

Un rayo de esperanza comenzó a brotar en el corazón de Idril y su rostro se iluminó con una enorme sonrisa. Una sonrisa que nunca había visto el Alto Examinador en aquella joven, cosa que le hizo sonreír de lado y romper ese rictus de seriedad que siempre le acompañaba.

-Tendrá noticias. Ahora sólo falta hablar con sus superiores y si pueden prescindir de sus servicios para que le acompañe en esta aventura que se ha propuesto. Puede retirarse, joven.

– ¡Gracias! ¡Muchas gracias, señor! -exclamó con enorme alegría.

Se levantó de golpe de la silla. La idea de abrazarlo se le cruzó por la cabeza, pero al volver a ver ese rictus serio en él… se acobardó y corrió saliendo de ese despacho. Siguió corriendo por los pasillos. Sus compañeros, que ya estaban acostumbrados a las carrerillas de la elfa apenas levantaron cabeza de lo que hacían y los que consiguieron verla, se sorprendieron de que, en vez de ese rostro de pavor de haber huido del despacho del jefe, era una enorme sonrisa de felicidad en ese rostro pecoso de la pelirroja de ojos dorados.

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