Concurso de Relatos

[Aprobado] Seskael Canto Sangrante

Autor: <carlosccp7@gmail.com>

Nombre: Seskael Canto Sangrante

Edad: 27

Historia:

         Amanecía en el Frontal de la Muerte y la luz del sol revelaba una patética escena. Frente a las puertas de la posada yacía un joven elfo, inconsciente sobre un lecho de cristales de botella rotos. ¿Había bebido la noche anterior? Tal vez. Desde luego no había consumido cristales de maná en los últimos días, su maltrecho bolsillo no podía permitirse conseguirlos tan a menudo como quisiera. A medida que recobraba el conocimiento, sentía el dolor del síndrome de abstinencia. Las punzadas en el pecho se habían vuelto más fuertes que nunca, por su frente se deslizaban gotas de sudor frío y sus extremidades temblaban agitadamente. En otras ocasiones, cuándo la adicción golpeaba y no disponía cristales de maná, atravesaba las murallas de Lunargenta para recoger cardos de sangre. El sabor de la hierba era repugnante, aunque al masticarla los síntomas disminuían. Pero ya no tenía fuerzas para caminar hasta las afueras. Había perdido peso y su cuerpo estaba tan frágil y pálido que difícilmente se le podía distinguir de un desdichado. Probablemente no tardaría mucho en transformarse en uno de ellos. Algo le golpeaba suavemente en el estómago y, al abrir los ojos para averiguar qué era, vio una enorme figura borrosa. Era de gran envergadura y su piel parecía cubierta de un oscuro pelaje. Cuándo su vista se acostumbró a la luz matutina pudo ver que le tendía algo más parecido a una zarpa que a una mano.

-Shorel’aran, creo que puedes ayudarme- su exótico acento y su forma de hablar en lengua común introduciendo expresiones thalassianas eran entrañables, pero Seskael estaba demasiado destrozado como para sentir nada parecido a la ternura.

——————-

        Pero la vida de Seskael Canto Sangrante no siempre había sido así, de hecho ni siquiera nació con ese nombre. Seskael era el hijo más joven de los Belor’amath, una familia respetada de la aldea Bruma Dorada. Allí llevó una vida ociosa hasta la llegada de la Tercera Guerra. Si el escudo Ban’dinoriel era tan fuerte como decían los libros de historia, no tendrían nada que temer. Pero a diferencia de durante las Guerras Trol, en esa ocasión había un traidor entre los elfos. Dar’Khan Drathir había vendido su lealtad a la Plaga y las huestes de Arthas invadieron Quel’Thalas sin piedad. Los rumores hablaban de grupos de refugiados que huían de Tranquillien para buscar protección en Lunargenta. Había oído a sus padres y hermanos mayores hablando sobre organizar una defensa en el Cruce Elrendar. Era una posición fuerte, el puente actuaría a modo de cuello de botella y muchos no-muertos caerían antes de que los elfos cedieran. Pero la superioridad numérica de la Plaga acabaría aplastando al contingente thalassiano y Seskael no estaba dispuesto a morir. Sabía que intentar razonar con sus padres y hermanos era una pérdida de tiempo. Morirían una y mil veces por su patria antes de huir, al igual que habían hecho sus antepasados. Así que tuvo que tomar una decisión. Huir.

          Así es como Seskael dejó de ser un Belor’amath. Al acabar la guerra cambió su apellido como otros muchos elfos, entonces nació Seskael Canto Sangrante. Éste ya no era un joven adinerado, sino un buscavidas que luchaba por salir adelante en la gran cuidad. Probó suerte en la taberna de la Plaza Alalcón. Tras un largo día descargando mercancía y sirviendo Toquesol podía dormir en el suelo de la despensa. Aunque si tenía suerte, algunos días podía dormir en alguna de las camas del piso superior… eso sí, a cambio de ofrecer otra clase de servicios a la clientela. Era una vida sencilla, pero deseaba más. Una tarde se reunieron dos arcanistas en la posada, un elfo y una elfa. Mantenían una acalorada discusión, Seskael no quiso importunarlos y sólo se acercó a llenar sus copas cuándo parecían más calmados. Mientras servía el vino vio cómo ella guardaba un fardo bajo su silla, ante su indiscreción le hizo un ademán para que se retirara. Pero era demasiado curioso, así que se fue hasta la barra a fingir que la limpiaba mientras miraba de reojo a la extraña pareja. Después de mirar a ambos lados, la elfa puso el fardo sobre la mesa y lo desenvolvió cuidadosamente. Ante ellos se descubría un orbe de intenso color verde cubierto de cenizas. El arcanista arqueó una ceja con desdén.

-Esto es todo lo que queda- respondió ella con frialdad.

         Entonces el rostro del elfo se volvió oscuro e increpó a su compañera, reanudando la discusión. Tras unos minutos de insultos cruzados se levantó bruscamente de la mesa y abandonó la posada murmurando. “Caterva de incompetentes, no puedo confiar en ningún aprendiz” le había oído decir. Siguió al mago hasta el Camino de los Ancestros, donde lo abordó ofreciéndose como ayudante. Sin mucha ilusión aceptó tomarlo bajo su tutela. El mago se hacía llamar Elandher Fuego del Alba, un estudioso de las escuelas mágicas. Juntos caminaron hacia el Bazar, donde se situaba su estudio. Allí cientos de libros se amontonaban en devencijadas estanterías y sobre una mesa de trabajo se disponían toda clase de artefactos mágicos y productos alquímicos. Elandher le explicó que dormiría en el lecho del altillo y que por su asistencia recibiría cinco monedas de cobre cada semana. Seskael estaba exultante, como hijo de una familia acomodada había crecido rodeado de lujo y caprichos sin tener que esforzarse; y ese humilde trabajo le daba la sensación de haber progresado por su propia cuenta. Aunque no lo sabía, ese fue el principio de su caída… Esa noche el maestro le explicó que la elfa de la posada era una académica de Ocaso Marchito, una colaboradora con la que justo había roto su relación. Entonces su rostro se oscureció y miró a Seskael a los ojos. Le advirtió que sus investigaciones eran arriesgadas, se dedicaba a estudiar la volátil magia vil. Le reveló que las cenizas sobre aquel orbe verde eran los restos de su último ayudante. El joven asintió dispuesto a no decpcionarlo y preguntó sobre sus tareas. Aparte de limpiar y reparar los estropicios de las ocasionales explosiones mágicas, debería ir periódicamente al Sagrario para recoger los pedidos. Y entonces Elandher hizó hincapié en las claves del trabajo. Sin preguntas. Y, sobre todo, nunca debería manipular el material. Los días y las semanas pasaron sin mayor novedad. Normalmente recogía las cajas con el “material” (nunca se había atrevido a preguntar qué era) a las puertas del Sagrario, un elfo antipático se la entregaba a cambio de unas monedas. Pero un día la puerta estaba desiertas, así que decidió entrar. Al bajar las escaleras vio un gran cristal ardiente, de él se desprendían haces de energía que absorbían numerosos elfos. Una del grupo vio al joven y se irguió para dirigirse a él. Lo despachó rápidamente sin mediar palabra, casi lanzádole la caja que buscaba. Seskael no pudo evitar fijarse en el brillo verde antinatural de sus ojos. De camino al estudio, la curiosidad pudo con la prudencia. Abrió la caja y contempló una docena de cristales viles. Creyó que su maestro no notaría la ausencia de uno, así que lo cogió. Irradiaba una cálida energía que le hacía sentirse extraño y, al mismo tiempo, satifecho. Con el paso del tiempo empezó a notar que su adicción al maná había crecido y su paga no bastaba para comprar cristales en el mercado negro. Por lo que discretamente comenzó a robar a su maestro para calmar su sed. Pero esto no duró mucho. Elandher, aunque enfrascado con sus investigaciones, se dio cuenta de la traicón de su ayudante y lo repudió. Así se convirtió en Seskael el paria.

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       Seskael había encontrado un nuevo maestro: Gok Cielo Estival. Era un monje pandaren, una raza de viajeros procedente de la Isla Errante. Juntos recorrieron Quel’Thalas como guerreros errantes, mientras entrenaba a Seskael en la senda del monje. Tras varias semanas de las copiosas comidas del monje y el duro entrenamiento en artes marciales, el joven elfo recuperó su salud y se convirtió en una imponente figura. Pero su aprendizaje no era sólo físico, también acostumbraba meditar en un cenotafio que había construido en honor a su familia. Estas rutinas habían mitigado su adicción al maná y, aún cuándo sentía las punzadas de la abstinencia, era capaz de soportar el dolor y no sucumbir a la tentación. Gok ya no era sólo su maestro, se había convertido en un hermano para él. Disfrutaba de las noches en torno a la hoguera escuchando las historias de su pueblo. Le habló de un tal Liu Lang, un intrépido pandaren que desafió a los suyos y se lanzó al mar en busca de nuevas tierras. Como Dath’Remar… sólo que más peludo. Pensó Seskael. Sus viajes los llevaron más allá de Canción Eterna, adentrándose en las Tierras Fantasma. El elfo se sentía inquieto viajando tan al sur y la flora marchita no le ayudaba a calmarse. Faltaba poco para el atardecer, así que acamparon a las orillas de un lago cercano. Allí Gok le ofreció un té e intentó animar a su pupilo.

-Un Hozen, un Huojin y un Tushui entran en la Cervecería Ki-Han- dice ahogando una risita- y entonces…

-¡Trols!

-No, no es así.

El maestro pandaren ve el rostro del elfo volverse pálido y se vulve para ver la razón. Un grupo de Amani se dirigía hacia ellos. Eran dos trols machos montados en osos con el pecho descurbierto y armados con hachas. Mientras los osos se dirigían hacia el campamento, uno de los guerreros se irguió sobre su lomo para saltar sobre Gok. El pandaren lo esquivó de una voltereta y cogió un leño ardiendo de la hoguera. Ya había luchado con trols antes y sabía que les costaba más regenerar la quemaduras que los cortes. Dio un salto hacia atrás y volcó de una patada uno de los pequeños barriles que llevaba con él. El brebaje se derramó por el suelo y, al dejar caer el leño encendido, surgió una intensa llamarada que ahuyentó a los osos. Ahora la pelea estaba igualada. Seskael estaba paralizado ante la monstruosidad verde que se le acercaba y como un rayo el pandaren le atravesó el cráneo con el puño. Aprovechando que se había distraído para salvar a su compañero, el trol le hundió el hacha en su espalda. Gok rugió de dolor y se dejó caer. Estaba preparado para darle en golpe de gracia, pero entonces el elfo se abalanzó sobre él y rodaron sobre el suelo. Sabía que no podía competir con la superioridad física de un trol, tenía que matarlo rápidamente. Estaba claro lo que tenía que hacer. Rodeó su cuello desnudo con sus manos y apretó con todas sus fuerzas. Sentía cómo se hinchaban sus venas, sentía sus gemidos, sentía sus ojos llenos de lágrimas… pero no sentía miedo. Ese instante duró horas. El trol había dejado de respirar hacía minutos y Seskael seguía estrangulándolo de rabia. Cuándo por fin lo soltó se dirigió a Gok para tratar sus heridas. Afortunadamente su grueso pelaje lo había protegido y el daño no era muy grave. Un poco de ungüento y vendas serían suficientes. Después de intentar dormir esa noche, partieron al amanecer hacia la costa al noroeste. Al Fondeadero Vela del Sol. Seskael sabía lo que eso significaba.

-¿A dónde irás?- dijo el elfo intentando mantener la compostura.

-Al sur. Y quién sabe, tal vez me cruce con la Isla Errante- dijo soriente el pandaren.

-¡Llévame contigo!- gritó mientras le abrazaba y rompía a llorar.

-Tu lugar está aquí, Quel’Thalas necesita elfos como tú- le susurró al oído.

Seskael vio cómo se alejaba el barco hasta desaparecer en el horizonte. ¿Qué haría ahora? Viajó hacia su antiguo hogar para reconciliarse con su pasado. Su casa, otrora brillante y llena de vida, estaba polvorienta y vacía. Nadie había puesto un pie allí en años. Y comprendió que todos a quienes había amado estaban muertos o en tierras lejanas. Pero no siento pena. La Fuente del Sol había sido restaurada y los elfos se alzaban una vez más para reconstruir su reino. Seskael se vio el comienzo de una nueva era; en que los elfos no dependerían nunca más de fuentes externas de poder, sino de sí mismos… de sus almas. El tesoro de Quel’Thalas era el corazón de su pueblo.

“Este reino lo levantó la determinación de nuestros ancestros. Y con nuestra determinación se alzará de nuevo”.

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