Historia de Azeroth

La Guardiana Aegwynn

823 AÑOS ANTES DEL PORTAL OSCURO

Con el paso de los años, nuevos Guardianes de Tirisfal a Dalaran llegaron y se fueron. Algunos se retiraron en paz; otros cayeron durante la interminable guerra contra los agentes de la Legón Ardeinte. A pesar de todo, Dalaran permanecía a salvo bajo la protección de los Guardianes.

Uno de los últimos Guardianes fue un brillante mago llamado Scavell. Al final de su siglo de servicio, no encontró a ningún sustituto adecuado. El Concilio de Tirisfal, preocupado por los años o décadas que pudieran tardar en encontrar a otro Guardián, pidió a Scavell que permaneciera en su puesto. La idea no agradaba demasiado al mago humano, pero al final aceptó. A fin de cuentas, el siglo de servicio era una tradición, no una ley. La relación entre Scavell y el concilio era relativamente sólida. Juntos, continuaron protegiendo el mundo de los ataques de la Legión.

Scavell tardó años en encontrar a un grupo de aprendices dignos de sucederle. Entre ellos se encontraba una humana llamada Aegwynn que pronto se distinguió como la candidata de mayor pericia y dedicación. Al final, el Concilio de Tirisfal le concedió el honor de ocupar el puesto de Guardiana con la bendición de Scavell. De inmediato, Aegwynn asumió la misión de expulsar a las fuerzas de la oscuridad.

Aegwynn era una Guardiana excelente, pero también obstinada y testaruda en su relación con el concilio. Desconfiaba de cualquier autoridad, lo que a menudo desembocaba en enfrentamientos con los ancianos magi. A base de ignorar sus recomendaciones y consejos, Aegwynn forjó su propio camino durante sus años como Guardiana. Sin embargo, el Concilio de Tirisfal no estaba en absoluto preocupado por el comportamiento de la Guardiana. Los magi sabían que Aegwynn era una hechicera sin igual, un prodigio capaz de canalizar cantidades inmensas de energías arcanas. Su eficiencia como Guardiana superaba su imprevisibilidad y su tendencia a la desobediencia.300px-Aegwynn_vs_Avatar

Cuando su siglo de servicio tocó su fin, Aegwynn sintió una presencia oscura en las gélidas tierras de Rasganorte. Viajó hasta el lejano continente y descubrió a una manada de demonios cazando dragones azules errantes para alimentarse de sus intensas energías arcanas. A pesar de su fuerza, los dragones no eran rival para el poder y la astucia de la Legión.

Aegwynn acudió rápidamente a la torre del Templo del Reposo del Dragón, el santuario sagrado de los dragones. Allí, convocó a las majestuosas criaturas y los conminó a cumplir su pacto sagrado de proteger el mundo de todo mal. Liderados para Alexstrasza la Protectora, muchos vuelos aceptaron luchar junto a la Guardiana. Juntos organizaron una emboscada cerca del enorme esqueleto de Galakrond.

Los demonios cayeron en la trama de Aegwynn. Mientras una ventisca azotaba el campo de batlla, la Guardiana y sus aliados alados derrotaron a los esbirros de la Legión. Sin embargo, ni Aegwynn ni los dragones se esperaban lo que vendría a continuación.

Los cielos de Rasganorte se oscurecieron de repente y una monstruosa silueta demoníaca apareció sobre el campo de batalla. Se trataba de Sargeras, líder de la Legión Ardiente. Aunque era solo un avatar del señor demoníaco -una pequeña porción del inconmensurable poder cósmico de Sargeras- irradiaba una fuerza y una rabia inmensas. Liberó su terrible poder sobre Aegwynn para destruir a la Guardiana que había acabado con tantos de sus agentes.

Aegwynn no dudó en contraatacar. Concentró su poder y lo focalizó contra Sargeras. La batalla que siguió fue la más dura de la vida de Aegwynn. A la sombra de los gigantescos despojos de Galakrond, Sargeras y la Guardiana desataron la furia del universo. Sus ataques abrieron los oscuros cielos y resquebrajaron la gélida corteza de Rasganorte. Un torrente de magia cubrió la región, ahuyentando incluso a los poderosos dragones. Con una última salva de hechizos, Aegwynn derrotó a su enemigo. Aunque exhausta por el esfuerzo, la Guardiana había vencido.

O eso parecía.

Cuando Aegwynn asestó el golpe de gracia a Sargeras, este transfirió su espíritu al debilitado cuerpo de la Guardiana. En su interior permanecería una esquirla de la eterna malevolencia de Sargeras, incrustada en lo más profundo de su alma.

Aegwynn, que ignoraba la oscura presencia oculta en su interior, reunió los enormes resto de Sargeras para enterrarlos donde no pudieran perjudicar a nadie. Tras considerar muchas opciones como lugar de reposo del señor demoníaco, se decidió por una antigua ciudad de los elfos de la noche llamada Suramar, parte de la cual se hundió en el mar durante el Hendimiento.

De hecho, durante la Guerra de los Ancestros, la Legión trató de abrir un Portal en Suramar, pero se encontraron una secta de Altonatas lideradas por la Gran Magistrix Elisande. Estas poderosas hechiceras conjuraron una serie de sellos encantados para cerrar el portal y neutralizar las energías viles cercanas. Más tarde, cuando el Hendimiento partió el mundo, el mar se tragó la zona de Suramar que albergaba el portal fallido de la Legión.

Estas ruinas atrajeron la atención de Aegwynn. Consciente de que los sellos de las Altonatas neutralizarían el mal que aún languideciera en el avatar de Sargeras, enterró el cadáver del señor demoníaco en la zona sumergida de Suramar con la esperanza de que así nadie perturbaría los restos de Sargeras hasta el fin de los tiempos.

Ref: Crónicas Volumen 1. Pag 148-150

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