[Lore] Sangre de los Altonato

Capítulo cuatro: Los Albores de los Caballeros de Sangre

 

CAPÍTULO CUATRO: LOS ALBORES DE LOS CABALLEROS DE SANGRE

Eras tan orgullosa.

Dejaste que el miedo le controlara. Les fallaste

¡No!

Dejaste que Vandellor muriera y ahora su alma está condenada.

No, no.

Deberías haber muerto con ellos.

Pero no lo hice.

No puede…

Quizá.

Quizá debería haber muerto con los demás.

¡¡¡No!!!

Liadrin se despertó en una salita sucia y repleta de polvo. A pesar de que habían pasado cinco años desde el ataque a la Fuente del Sol. muchas de las heridas que había sufrido en aquella época se negaban a curarse.

De todas esas emociones, a ella le parecía que la culpa era la más firme, la que más se resistía a ser desterrada. No podía deshacerse de ella ni dejarla al margen. No podía ignorarla. Persistía con suma tozudez.

Un dolor sordo nublaba su mente. Se sentía muy débil y una fina capa de sudor le cubría la piel.

Hacía mucho tiempo que no consumía magia.

Al incorporarse, un grupo de ratas cruzó ese suelo plagado de escombros a gran velocidad. Los cuervos graznaban fuera, en algún lugar. Liadrin se puso en pie como pudo y atravesó lenta y torpemente la puerta destrozada que llevaba hasta una antecámara que carecía de techo.

Antes de poder serlo, intuyó la presencia del pequeño cristal verde que yacía sobre un aparador destrozado entre diversas armas y piezas de armaduras, que conformaban el botín de batallas recientes. Ese cristal era otro regalo más de su misterioso benefactor. Había recibido varios a lo largo de las últimas semanas, siempre se los habían dejado ahí de manera muy sigilosa y discreta, aunque intuía la identidad de esa alma caritativa.

Cruzó la habitación, estiró el brazo y cogió la gema… después, se sentó bajo una ventana sin cristal alguno y apoyó la espalda contra la pared. Se acercó esa piedra verde al pecho, cerró el puño con fuerza en torno a ella, cerró los ojos…

…y enseguida notó que la magia fluía por ella como un arroyo cálido y persistente, que se extendía por todo su cuerpo hasta inundarla por dentro. Súbitamente, abrió los ojos (unos ojos que antaño habían sido azules; antes de la caída y la destrucción de la fuente, antes de que perdieran abruptamente el acceso a sus energías, lo cual los había dejado en ese lamentable estado), que relucían con un color verde muy brillante.

Liadrin sonrió al abrir el puño. El agotado cristal seguía ahí, aunque ahora no era más que una piedra ennegrecida.

Con un leve movimiento de muñeca, la ex suma sacerdotisa la arrojó hacia una esquina a oscuras. Acto seguido, profirió un hondo suspiro, se reclinó y se relajó una vez más.

Sabía que el alivio que sentía ahora era solo temporal. Dentro de unas horas, esa hambre insaciable regresaría; esa ansia, esa desesperación, ese anhelo que pedía a gritos más magia arcana.

Después de que la Fuente del Sol fuera destruida, todos y cada uno de los elfos de sangre habían sentido un agujero negro, un vacío en su fuero interno que había ido creciendo, sin prisa pero sin pausa, con el tiempo.

Ningún miembro de su raza, ni siquiera Kael’thas, había sido capaz de prever las atroces secuelas que la pérdida de la Fuente del Sol iba a acarrear. Al principio, no entendían por qué se sumían en un estado letárgico, ni por qué esa extraña enfermedad estaba matando a los muy jóvenes y muy viejos. Después de todo, habían destruido la corrupta Fuente del Sol; no cabía duda de que habían acabado con la amenaza que representaba.

Kael’thas, Rommath y Astalor estudiaron esa enfermedad que afectaba a los supervivientes con sumo detenimiento y, pasado cierto tiempo, llegaron a una conclusión: durante generaciones, los elfos nobles se habían imbuido de las energías inagotables de la Fuente del Sol. Incluso cuando la fuente se corrompió, siguió impregnándolos con su magia; con una magia dañina y nociva, ciertamente, pero magia en definitiva.

Pero al quedarse sin las energías de ese manantial mágico, los supervivientes se sentían vacíos y desolados y se veían obligados a buscar desesperadamente alguna magia que reemplazara a la que una vez había fluido por sus venas. Con el paso de los años, se habían vuelto adictos a la magia de la fuente y, ahora que ésta había desaparecido, los elfos de sangre tenían que luchar a diario contra la enfermedad y debilidad que acarreaba esa pérdida.

Los elfos se adaptaron a las nuevas circunstancias lo mejor posible. El propio Kael’thas buscó una solución a su dependencia y se mostró dispuesto a viajar hasta los confines del mundo.

Y más allá.

El príncipe había prometido que pondría punto final al dolor de los elfos de sangre, había prometido que buscaría una cura… o un sustituto adecuado para las energías de la Fuente del Sol. Con ese fin, se había aliado con Illidan, el veleidoso elfo de la noche, para combatir a la Plaga tras la destrucción de la fuente. Kael’thas optó por sellar esa alianza después de que tanto él como varios de sus aliados hubieran sido ridiculizados y marginados por sus otros «aliados», las fuerzas humanas bajo el mando del gran mariscal Garithos.

Al final, Kael’thas se había visto obligado a recurrir a Illidan, al que su propio pueblo apodaba <<el Traidor>>. El príncipe aceptó los  cuestionables métodos de Illidan como último recurso y este le enseño a Kael’thas a extraer magia de otras fuentes. A su vez, el príncipe enseñó a otros a hacer eso mismo y esos conocimientos fueron pasando de un elfo de sangre a otro, hasta que todos conocieron las técnicas necesarias para extraer energías arcanas de cristales, reliquias, criaturas o incluso mortales que poseyeran tal poder.

Por último, Kael’thas había seguido al Traidor hasta el mundo de Terrallende, el antiguo hogar de los orcos, donde, por lo que Liadrin tenía entendido, Illidan reinaba ahora como señor supremo de esas tierras tras haber librado una ardua lucha.

Pero ¿qué papel desempeña Kael’thas en el reino de Illidan?, se preguntó Liadrin.

Le preocupaba que Illidan fuera una influencia muy perniciosa para el príncipe, ya que el nuevo señor de Terrallende se servía de magias muy viles; de la magia oscura de los demonios, que lo corrompía y lo consumía todo si el ansia por dominarla no se mantenía a raya. Sí, eso le preocupaba, pero ese tipo cuestiones no se hallaban bajo su control.

Liadrin se levantó, se acercó a la ventana y, desde ahí, contempló las Tierras Fantasma.

A varios kilómetros al sur del lugar donde en el pasado se había alzado la puerta exterior, se hallaban las Tierras Fantasma; un terreno yermo y baldío al que antaño muchos de su raza habían llamado hogar. Allá donde se habían erigido los inmaculados estados elfos, ahora solo había ruinas destrozadas. Allá donde había habido bosques frondosos, solo quedaban unos espectros arbóreos marchitos.

No quedaba ni rastro de esos intensos colores que deslumbraban la vista, pues habían sido reemplazados por diversas tonalidades grises. Su edad de oro había quedado muy atrás. La Tierra de la Primavera Eterna había dejado de existir.

No obstante, en ese mismo terreno desolado, en esa mansión decrépita, Liadrin había morado las ultimas semanas mientras se enfrentaba a sus fantasmas (a su ira, su culpa y su arrepentimiento) de la mejor manera que sabía, matando a todo agente de la Plaga que pudiera encontrar.

Liadrin escrutó los árboles, en busca de algún movimiento, de alguna señal que revelara que estaban ahí.

A pesar de que habían pasado cinco años, esas aberraciones seguían insistiendo. Eran como una enfermedad incurable, para la que el remedio más lógico, al igual que ocurría con cualquier otra aflicción, era extirpar ese tumor maligno, extraerlo del todo. Pero para que la sanación fuera total, Liadrin sabía que tendría que cortarle la cabeza a esa serpiente, que debería hallar a aquel que seguía propagando la peste de los no-muertos, a aquel que se negaba a morir, a aquel que había sido una pieza clave para que su reino cayera.

A Dar’Khan.

Arthas era inalcanzable, pues se hallaba sentado en su trono de hielo en la cima del mundo en el continente helado de Rasganorte. El caballero de la Muerte se había fusionado con su antiguo amo, el Rey Exánime y ahora eran un solo ser. De momento, el nuevo Rey Exánime parecía contentarse con aguardar ahí, en ese solitario lugar, a que la peste de los no-muertos se extendiera por todo el mundo gracias a sus tenientes de campo y a la Necrópolis, su fortaleza flotante.

No obstante, Liadrin preveía, con casi total seguridad, que a su pueblo le aguardaba en el futuro otra batalla mucho más larga y cruenta con el excaballero de la Muerte.

Otra cosa más que escapa a mi control, pensó.

Si, más le valía preocuparse por el presente. Durante años, había perseguido y exterminado a los no-muertos allá donde los encontrara. Había ayudado a los suyos a liberar de la presencia de la Plaga a los bosques que rodeaban Lunargenta (más conocidos como el Bosque Canción Eterna). Si bien los demás habían decidido concentrarse en reconstruir sus hogares, ella se había marchado sola de ahí, tras haber jurado destruir a la Plaga para siempre, tras haber jurado que daría con aquel que los traicionó.

Sin embargo, Lor’themar localizó primero a ese mago traidor.

Hace dos años, Lor’themar, Halduron y unos cuantos más, con la ayuda de los dragones azules, se habían enfrentado a ese gusano de Dar‘Khan en el mismo lugar donde antaño se había encontrado la Fuente del Sol. Era una batalla de la que el señor forestal apenas hablaba, en las raras ocasiones en que Liadrin y él aún conversaban.

No obstante, había una cosa en la que Lor’themar había insistido mucho tras concluir esa batalla: según él, las energías de la Fuente del Sol no se habían perdido del todo. De algún modo, de alguna forma, la esencia de la fuente todavía existía, pero esa esencia estaba pasando por un proceso de purificación y, cuando llegara el momento adecuado, la fuente volvería a brillar de nuevo.

Aunque a Liadrin eso le había parecido muy bien, era consciente de que Lor’themar siempre había sido un optimista incorregible.

Por otro lado, ese desgraciado cobarde de Dar’Khan había sido destruido durante la batalla, o eso se suponía…

Sin embargo, los agentes de la Plaga eran incapaces de permanecer muertos mucho tiempo.

En cuanto había quedado claro que había vuelto de entre los muertos, Liadrin se dispuso a seguir todos sus movimientos. No obstante, Dar’Khan no había logrado ser un superviviente nato, tanto en vida como en la muerte, siendo un idiota; no, siempre se las había ingeniado para ir un paso por delante, siempre se las había arreglado para hallarse cerca pero nunca ser alcanzado. Era como si tuviera ojos en todas partes, que vigilaban y aguardaban pacientemente.

En el lejano sur de las Tierras Fantasma, en la base de las montañas, la Plaga había levantado hacía poco unas murallas, unas fortificaciones y unos edificios infernales con un propósito oculto; esas estructuras estaban hechas con hueso y hierro. Liadrin veía la mano de Dar’Khan detrás de todo eso.

Por el momento, se contentaba con exterminar a los agentes no-muertos que vagaban desperdigados por esos bosques muertos, mientras soñaba con llevar a cabo su venganza algún día en nombre de Vandellor, Belo’vir y de los innumerables elfos que habían perecido por culpa de la traición de Dar’Khan.

De hecho, la posibilidad de destruirlo era la única razón que hacía que se levantara todas las mañanas y se enfrentara a su enfermedad. Eso la motivaba más que cualquier deseo o necesidad.

Justo entonces, un ruido procedente del otro lado de la puerta atrajo su atención. Algo o alguien se aproximaba.

Rápidamente, Liadrin empuñó la maza más cercana, ya que era su arma favorita desde el día en que la Fuente del Sol fue destruida. Se giró, con la maza echada hacia atrás y… bajó el arma en cuanto comprobó que era Halduron quien entraba en la habitación.

—No pretendía sobresaltarte —se disculpó con sinceridad.

—Normalmente, no saludo a las visitas con una maza con la que pretendo aplastarles el cráneo —replicó Liadrin con suma calma—, pero no esperaba tu llegada; además, los forestales sois muy sigilosos.

Halduron sonrió.

—¿Cómo te encuentras? —Me tomo las cosas como vienen. ¿Cómo va la reconstrucción?

—Avanza muy rápidamente. A cada día que pasa, Lunargenta va renaciendo poco a poco. Si decides acompañarme, podrías verlo con tus propios ojos.

Una inquisitiva Liadrin arqueó las cejas.

—El regente ha requerido que te presentes ante él.

—Ah, el regente. ¿Cómo se encuentra Lor’themar?

—Se toma las cosas como vienen. La levísima sombra de una sonrisa se dibujó en los labios de Liadrin.

—Si me voy de aquí, ¿quién buscará al traidor?

—Los Errantes mantendrán los ojos bien abiertos. Si detectan a Dar’Khan, te avisaremos inmediatamente. Tienes mi palabra.

A través de la puerta, pudo divisar a más miembros del pelotón de Halduron.

Quizá si cesaba esa búsqueda momentáneamente y descansaba adecuadamente, podría ver las cosas con más claridad y podría planear una estrategia mejor. Quizá Lor’themar había obtenido alguna información que pudiera ayudarla en su misión.

Y, por supuesto, volver a verlo también seria estupendo.

—Además, podrás regresar aquí cuando quieras —agregó Halduron.

Liadrin asintió.

—Muy bien. Tú primero, general forestal.

Era cierto, las agujas doradas de Lunargenta se elevaban hacia el cielo una vez más. La mitad oriental de la ciudad se hallaba ya bajo su completo control y había sido reconstruida en gran parte, aunque las puertas principales y los cuadrantes occidentales seguían en su mayoría abandonados y sin reparar. Halduron informó a Liadrin de que toda la Isla del Caminante del Sol también había sido reconquistada y que, de hecho, estaba siendo reconstruida a buen ritmo.

Mientras se aproximaban a la puerta oriental, Liadrin no pudo evitar contemplarlo todo, sinceramente asombrada, ya que la ciudad se había recuperado mucho. En la parte interior de esa entrada había una enorme estatua de Kael’thas junto a una pared.

Halduron señaló a la estatua mientras cruzaban el umbral y rodeaban el monumento.

—Ahora, a esta puerta se la llama la Puerta del Pastor, ya que por aquí regresó Kael’thas tras la devastación.

Una estatua idéntica se alzaba en el otro lado del muro, que se hallaba de cara a la ciudad propiamente dicha. Unos estandartes pendían tanto dentro como fuera del patio y, debajo de estos, ardían unos fuegos intensos en unos braseros. Liadrin no pudo evitar pensar que todo aquello se parecía muchísimo a un santuario consagrado a una deidad muy querida. En cuanto dejaron la puerta atrás y se aventuraron en Lunargenta por el Camino de los Ancestros, Liadrin se maravilló ante las espectaculares vistas, unas vistas que había temido no volver a ver jamás: esas calles repletas de árboles, esos arcos ornamentados, esas urnas flotantes, esos pináculos altísimos, esos balcones dorados, esas torrenciales cascadas…

Lunargenta volvía a parecer un hogar. Bullía de vida.

Incluso los patrulleros arcanos habían regresado; unos engendros cuya fuente de energía era la magia, que actuaban como defensores de la paz, protectores y, a veces, como pregoneros. Sí. daba la sensación de que la normalidad parecía reinar en la ciudad en gran parte. Liadrin sintió una gran satisfacción.

Dejaron atrás el nuevo Banco Real de Cambio y ascendieron por unas escaleras no muy pronunciadas que daban a los magníficos jardines de la Corte del Sol. Continuaron hasta llegar a la base de una aguja colosal con forma de punta de ala de halcón.

Cruzaron la entrada, subieron por una tortuosa rampa y atravesaron otro pasaje abovedado que llevaba al Sagrario Interno. Desde ahí, Halduron guio a Liadrin hasta lo que parecía ser un muro donde no había nada. Acto seguido, movió una mano frente a un cristal cercano y, al instante, una puerta oculta se abrió. Con una seña, le indico a la exsacerdotisa que entrara, aunque él se quedó fuera.

—Que tengas un buen día, Liadrin. Y que te vaya bien.

Tras pronunciar esas palabras, Halduron se marchó.

La decoración del estudio era muy sencilla y funcional; ahí solo había una estantería repleta de tomos y grimorios, un escritorio y una silla situada junto a una pared, así como una piedra de visión en la esquina más cercana y una larga mesa en el centro de la habitación sobre la cual había una larga y estrecha caja. Esa decoración no era muy acorde con los gustos de Lor’themar; de hecho, el regente parecía hallarse bastante incómodo mientras deambulaba entre la mesa y una puerta envuelta en sombras situada más allá.

En cuanto Liadrin entró, Lor’themar la saludó con un semblante y una actitud que transmitían, al mismo tiempo, la sensación de que le brindaba una afectuosa bienvenida mezclada con una cierta aprensión e inquietud. El regente logró esbozar una sonrisa.

—Pensaba que tal vez no vendrías.

—El mismo regente ha requerido mi presencia… ¿cómo me iba a negar?

Lor’themar posó rápidamente su ojo bueno sobre la caja de la mesa.

—Aunque me alegro de verte, en realidad ha sido Rommath quien ha requerido que vengas. Quiere hacerte una propuesta sobre algo que Astalor y él han logrado… —El regente lanzó una mirada a la puerta que se hallaba a sus espaldas—. Dejaré que sea él quien te explique los detalles. Yo solo quería desearte que todo vaya bien…

Lor’themar rodeó la mesa y se acercó a Liadrin, a la que habló entonces en voz muy baja, como si esas paredes pudieran escucharles.

—Aunque, claro, tú decides si quieres aceptar su propuesta o no. No apruebo del todo sus métodos, pero tiene todo el apoyo de su alteza Kael’thas.

El regente clavó su ojo bueno en la exsacerdotisa con gesto extremadamente serio.

—Simplemente, te sugiero que te lo pienses mucho y que sopeses las consecuencias con sumo cuidado. La magia nunca ha sido lo mío pero este asunto en particular…

En ese instante, alguien que poseía una voz grave y se encontraba junto a la puerta situada en la parte posterior de la habitación, le interrumpió.

—Me alegro de que hayas podido venir, Liadrin.

Rommath abandonó el abrigo de las sombras de la puerta. Iba ataviado con una túnica carmesí y un cuello alto (que le recordó desgraciadamente a Liadrin ese pañuelo que solía llevar Zul’jin) que ocultaba sus facciones por debajo de la altura de sus ojos.

En el pecho del gran magíster brillaba un amuleto verde. A Liadrin la dominó de inmediato el ansia de apoderarse del poder arcano que irradiaba.

Lor’themar se volvió.

—Os dejo a solas para que deliberéis. —Entonces, apoyó una mano fugazmente sobre el hombro de Liadrin —. Mi puerta siempre estará abierta para ti.

El regente se marchó. La puerta oculta se deslizó y se cerró tras él, dejando a la ex suma sacerdotisa y al gran magíster sumidos en un hondo silencio. Dio la sensación de que la luminosidad de las luces de la estancia menguaba. Durante varios segundos, Rommath clavó en Liadrin sus ojos de un verde intenso.

—Llevo cierto tiempo observándote. En un sentido figurado, por supuesto. A lo largo de los últimos años, tu reputación como guerrera ha ido creciendo, lo cual resulta sorprendente si tenemos en cuenta que antes eras una sacerdotisa.

Rommath se adentró aún más en la habitación y se aproximó a la mesa. El aura de poder que emanaba del amuleto despertó aún más ansias en Liadrin, quien se obligó a hacer caso omiso de esa hambre de magia que la reconcomía por dentro de manera apremiante e insistente y afectaba a todas las fibras de su ser.

—Los tiempos cambian. La gente cambia —replicó Liadrin.

—En efecto. Rommath se detuvo ante la mesa y posó sus ojos sobre la caja que había ahí encima. Liadrin clavó su mirada una vez más en el amuleto. Rommath la observó detenidamente por un momento y, a continuación, agarró esa baratija que llevaba al cuello y se la quitó.

—¡Oh, qué maleducado soy! — exclamó el gran magíster, quien sorteó la mesa, extendió el brazo y le ofreció el amuleto que sostenía en la palma de la mano—. Adelante.

Liadrin notó un cosquilleo mientras se concentraba en el aura mágica de esa reliquia.

—¿Seguro que no te importa?

—Claro que no.

Liadrin titubeo, pero al final, extendió el brazo y cerró el puño sobre esa fruslería. Inmediatamente, percibió cómo la atravesaba por entero la calidez de su poder arcano, cómo la alimentaba. Se sumió en las profundidades de su fuero interno…

El flujo de magia embriagadora se interrumpió de manera abrupta en cuanto Rommath agarró esa reliquia y se la quitó.

—Los elfos de sangre debemos mantener un delicado equilibrio, debemos caminar siempre entre la linea que separa la escasez del exceso. —El gran magíster volvió a colocarse en un punto situado delante de la mesa y se puso de nuevo esa baratija en el cuello —. Siempre caminamos entre esos dos extremos. Debemos hallar el punto medio, el equilibrio, pues ese es nuestro fin. Y al alcanzar ese fin nos sentimos completos.

Liadrin suspiró hondo, con el rostro aún sonrojado por la energía extraída al amuleto.

—¿Por qué estoy aquí?

—A lo largo de tu vida, has ido de un extremo a otro: de la devoción pía a la Luz… —Rommath sostuvo en alto su mano derecha, con la palma hacia arriba — a la destreza marcial propia de un gran guerrero. —Entonces, alzó la mano izquierda y la abrió—. En ese sentido, eres una elfa única. La idónea para la misión que te voy a encomendar. Pero tal y como he dicho antes… —Rommath juntó ambas manos. La caja de la mesa se deslizó hasta el borde de esta, hasta colocarse a solo unos centímetros de él —. Todos debemos hallar el equilibrio.

El gran magíster separó súbitamente los dedos de las manos. Al instante, el cierre de la caja se abrió y la tapa se alzó, revelando en su interior un objeto similar a una lanza que poseía una hoja enorme de color carmesí en un extremo, cuyo filo plano tenía una forma que recordaba a unas llamas.

—¿Qué es eso?

—Es una corcesca templada en sangre, que será tu arma si decides empuñarla.

Liadrin estiró el brazo. Rommath hizo un gesto y, de inmediato, el arma salió volando y acabó en la mano de la exsacerdotisa. Estaba muy bien hecha y era muy cómoda al tacto. Tenía una largura parecida a la del bastón que había llevado cuando era sacerdotisa, mientras que el peso de la hoja se aproximaba al de la clava que se había acostumbrado a blandir. Era como si fuera… una prolongación de sí misma.

El gran magíster pareció leerle los pensamientos.

—Como te he dicho… es una cuestión de equilibrio.

Rápidamente, Liadrin alzó la mirada. De repente, Rommath se hallaba tan cerca de ella que pudo intuir que una sonrisa se ocultaba tras ese cuello alto mientras el magíster seguía hablando.

—Hace años, cuando te presentaste ante nosotros y nos informaste del ataque inminente que iban a realizar los trols, antes de que partiéramos a destruir nuestra querida Fuente del Sol, dijiste algo que se me quedó grabado en la memoria: dijiste que la Luz era despreciable, que le fallaba a uno cuando más se la necesitaba.

Los ojos verdes de Liadrin se clavaron en la mirada penetrante del gran magíster.

—Lo recuerdo.

—¿Sigues pensando lo mismo a día de hoy?

—Sí.

Rommath alzó la mano y acarició con los dedos el filo con forma de llamas de la corcesca.

—¿Y si te dijera que hay una forma… una manera de asegurar que la Luz te ayudará y no te dejará en la estacada? ¿Y si te dijera que podrías doblegar a la Luz a tu voluntad, que podrías darle órdenes con un mero pensamiento y que podrías manipularla con la misma facilidad que esa arma que sostienes en la mano?

—Si me dijeras eso, yo te respondería que eso es imposible. Nadie puede dominar así a la Luz.

Rommath estiró aún más el brazo y posó su fría mano sobre el hombro de Liadrin, quien retrocedió ligeramente.

—Nada es imposible, solo lo que permitimos que lo sea. Ven, quiero enseñarte algo.

La temperatura de la mano de Rommath aumentó en cuanto notó una sensación de que algo tiraba de ella en su fuero interno, provocada por el hechizo de teletransportación del magíster. El estudio desapareció y fue reemplazado por una habitación distinta. Liadrin atisbo el acceso a un balcón abovedado cercano, en cuya entrada ondeaba una cortina transparente. Un fulgor tenue y radiante iluminaba es cortina desde el exterior. Por un mareante segundo, Liadrin se sintió como si se hallara dentro de un sueño.

—¿Dónde estamos?

—Aunque no hemos viajado muy lejos, sí hemos abandonado la Plaza del Errante. Aquí, mis magos más prominentes, liderados por Astalor, han pasado mucho tiempo y han invertido mucho esfuerzo en intentar lograr lo imposible. Y no hace mucho… — Rommath cruzó la pequeña estancia, apartó la cortina y le indicó que se acercara con una seña—. Lo consiguieron.

Liadrin volvió a tener esa sensación de estar flotando en un sueño cuando atravesó el umbral y se adentró en el balcón que daba a una cámara mucho más grande. Una vez ahí, se quedó paralizada y mesmerizada. Fue incapaz de hablar mientras contemplaba a un ser luminoso que levitaba en ese espacio vacío, una criatura viva que parecía estar compuesta de pura energía.

Ese ser brillaba y centelleaba, bañando con una luz, que llegaba a todos los rincones, esa cámara, que recordaba a una caverna. Liadrin pudo distinguir unas alas en esa forma fluctuante, pero aparte de eso, tenía ante sí la cosa más única, extraña y, probablemente, más hermosa que jamás había visto.

No solo irradiaba luz, sino que emanaba la Luz. A pesar de que se había alejado hacía mucho de ese poder, podía percibir cómo inundaba la estancia por entero, iluminándolos a todos y cada uno de ellos. Frente al balcón, Liadrin pudo divisar otro mirador, donde se hallaba un mago canalizando unas energías, de cuyas manos brotaba un rayo ondulante de magia arcana que alcanzaba a ese ser. Al instante, Liadrin desplazó sus ojos hacia el suelo, donde dos magos más canalizaban unas fuerzas similares hacia esa entidad. Le dio la sensación de que esas corrientes de poder eran, en realidad, unas cadenas mágicas.

Astalor, que se encontraba cerca de ambos magos, posó su mirada sobre Liadrin y asintió con una leve sonrisa.

Entonces, la exsacerdotisa dirigió su mirada una vez más hacia ese ser radiante y, al igual que antes, se quedó hipnotizada al instante.

—Nunca había visto nada igual.

Una vez más, Liadrin pudo intuir que Rommath estaba sonriendo.

—Pocos lo han visto.

El gran magíster se cruzó de brazos y observó a la entidad con orgullo.

—Procede de Terrallende, aunque no es originario de ese mundo. Es un… regalo, si quieres llamarlo así, de su alteza. Lo capturaron en una fortaleza interdimensional llamada el Castillo de la Tempestad. Es un naaru. Este, en concreto, se llama M’uru.

—M’uru… —repitió Liadrin en voz baja.

—Por lo que hemos deducido, estos seres son eternos, conscientes e inmensamente poderosos. Y como seguramente ya has percibido, son una suerte de transmisores de la Luz. Quizá incluso sean una especie de emisarios de ese poder. El príncipe pretendía que absorbiéramos todo el poder de este naaru, que nos alimentáramos de él hasta que no quedara nada más por absorber, pero Astalor propuso otra alternativa. Él y yo reunimos a nuestros magos más talentosos y buscamos sin descanso una manera de subyugar a esta criatura, para poder robarle su poder y doblegarla a nuestra voluntad. Tras muchos intentos frustrados y cuando casi habíamos abandonado toda esperanza, logramos por fin nuestro objetivo.

—Así que… este naaru obedece vuestras órdenes, ¿no?

—Sí. Y a través de él, podemos hacer que la Luz nos obedezca. Solo necesitamos un receptáculo, un voluntario. Alguien que tenga grandes conocimientos sobre la Luz, pero que no esté constreñido por las restricciones y los escrúpulos morales que normalmente rigen su utilización —Rommath giró la cabeza hacia ella—. Alguien capaz de utilizar ese poder para aniquilar a los enemigos que se oponen a nosotros y de enseñar a otros a hacer lo mismo.

Las infinitas posibilidades que descubría esa propuesta danzaron velozmente por su mente. ¿Qué mejor manera podía haber de vengar a Vandellor, Belo’vir y los demás que utilizar la Luz, que los había abandonado cuando más la necesitaban, para destruir a sus enemigos? ¿Qué mejor arma se podía utilizar contra ese traidor de Dar’Khan? Además, era un arma que podría utilizar como quisiera. Se imaginó entonces a un ejercito de soldados capaces de manipular la Luz de maneras que nadie había sido capaz de imaginar jamás.

—Si —afirmó Liadrin con decisión —, acepto tu oferta. Y si esto realmente funciona como dices, estaré encantada de ayudarte.

Rommath asintió, dejó de estar cruzado de brazos e hizo un gesto. La exsacerdotisa volvió a tener esa turbulenta sensación de que tiraban de ella y, solo un instante después, se hallaba en el suelo de esa estancia, junto a Astalor. Alzó la vista y pudo contemplar a esa gloriosa entidad con mayor claridad. El corazón le dio un vuelco y se quedó sin respiración. Ante su deslumbrante resplandor, se sintió de repente muy pequeña e insignificante.

Pero eso está a punto de cambiar, pensó.

—Arrodíllate y alza tu arma —le ordenó Rommath. Liadrin se arrodilló y alzó su corcesca con ambas manos. Astalor apoyó una mano sobre el hombro de la exsacerdotisa y señaló con la otra a M’uru. Rommath hizo lo mismo. Ambos cerraron los ojos y susurraron unas palabras extrañas en un idioma que no parecía hecho para ser hablado por unos mortales.

Entonces, todo sucedió a la vez.

El tiempo pareció detenerse. El silencio reinó en la habitación y, durante un breve segundo, se sintió como si flotara en el vacío… De improviso, algo la golpeó.

En su época de suma sacerdotisa, cuando había invocado a la Luz, esta la había bañado con su fulgor, la había envuelto con su calidez, pero esta vez sentía algo totalmente distinto. Se sentía como si la estuvieran despedazando. Era como si hubiera caído un relámpago directamente en su alma.

Por un instante, se sintió como si la estuvieran volviendo del revés, como si le estuvieran arrancando las entrañas. Entonces, escuchó una música en su cabeza y fue consciente de que ese ser, el naaru, intentaba comunicarse con ella. Rommath y Astalor volvieron a susurrar unas palabras y, una vez más, se sintió como si la golpeara un rayo y los tonos musicales que oía en su mente se transformaron en un ruido ensordecedor, en el chirrido que hace el metal al rozar contra un cristal. Ese caos sónico duró varios segundos y, de repente, Liadrin estuvo segura de que le iba a estallar la cabeza, literalmente. Entonces, ese estruendo cesó de inmediato.

Sin embargo, esa sensación de estar repleta de esa energía permaneció. Ahora la Luz estaba dentro de ella, pues se había unido de manera inextricable con su esencia y, además, se hallaba sometida a su voluntad. Podía sentir cómo recorría todo su cuerpo como un fuego voluble.

Liadrin se concentró, se miró las manos y sonrió al comprobar que el aura de la Luz las envolvía.

Rommath y Astalor dejaron de agarrarla cada uno de un hombro. El gran magíster extendió los brazos, lo cual era un gesto repleto de grandiosidad, y le brillaron los ojos de orgullo.

—Y ahora te voy a nombrar líder de nuestra nueva orden. ¡Te nombro matriarca de los Caballeros de Sangre! ¡A partir de ahora, serás la sacerdotisa guerrera de los sin’dorei! Levántate y recibe un merecido reconocimiento, lady Liadrin.

Alguien llamó a la puerta tres veces con gran fuerza.

Galell estaba sentado en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho mientras se abrazaba a sí mismo e intentaba controlar los escalofríos que le recorrían de la cabeza a los pies.

Le costaba muchísimo pensar con claridad, pero eso no era nada nuevo, pues se había pasado los últimos años desconectado del resto del mundo y con el juicio sumamente nublado. En cuanto los elfos averiguaron que eran adictos a la magia, Galell descubrió rápidamente que unas fuertes dosis de magia arcana inducían un aturdimiento emocional que el exsacerdote hallaba muy reconfortante. La magia calmaba sus pesadillas y apaciguaba sus pensamientos y remordimientos; le distanciaba de la desesperación. Cuando se encontraba en manos de lo arcano, casi no sentía nada y la mayoría de las veces era preferible no sentir nada a tener que enfrentarse a la realidad.

Volvieron a llamar a la puerta con más fuerza si cabe y más insistencia. Alguien de voz ronca gritó desde el otro lado:

—¡Despierta, escoria inmunda!

Desgraciadamente, su cuerpo había desarrollado cierta inmunidad a la magia, por lo cual Galell debía consumir cada vez más magia arcana para que ésta le hiciera efecto, y se había visto obligado a recurrir a ciertas fuentes a las que los elfos honrados ni se acercaban: a los tenebrosos moradores del Frontal de la Muerte, cuyos métodos de obtención y distribución de magia eran cuestionables, cuando menos.

A pesar de hallarse en un estado de total desconexión de la realidad, Galell era perfectamente consciente de que se hallaba al borde de un terrible precipicio, de que su caída a los infiernos a nivel físico y mental lo había llevado peligrosamente cerca de convertirse en uno de los desdichados. Y no podía permitir que eso ocurriera, no.

—¡Vale, voy a derribar la puerta! — gritó entonces la persona que se hallaba al otro lado del portón.

Galell deseó disfrutar de la bendición de la Luz una vez más, pero estaba tan saturado de magia y había perdido tanta claridad mental que tal gesta le resultaba imposible. No había sentido la caricia de la Luz desde hacía muchos años y se había alejado tanto de ella, que no sabía muy bien cómo podría hallar el camino de vuelta hasta ese bendito poder…

La puerta se abrió violentamente. Orovinn irrumpió en la habitación con una mirada plagada de furia.

—¿Dónde está mi dinero?

El enloquecido elfo de sangre, cuya melena morena era tan larga que se extendía a lo largo de sus ropajes de cuero oscuro, se alzaba amenazante y con los puños cerrados sobre Galell, que seguía tirado en el suelo. Orovinn se arrodilló y respiró hondo. Rápidamente, recorrió con la mirada la habitación y se rio entre dientes.

—Así que… tienes el mono, ¿eh? Buena suerte con eso. —Entonces, ese enorme elfo agarró a Galell del cuello y lo atrajo hacia sí—. ¡Pero aún me debes dinero, chaval!

—Tengo intención de buscar trabajo los próximos días.

—Más te vale. Orovinn le propinó entonces un fuerte golpe al exsacerdote en el pómulo. —Tienes una semana más. Si cuando acabe, no tengo ninguna moneda de oro en mis manos, ¡te juro que colgaré tu inmundo cadáver de la Puerta del Pastor!

Orovinn le escupió en la cara, se levantó y, antes de salir, dio una patada a la única mesa que había en la estancia, que volcó.

Si bien era cierto que Galell esperaba tener un trabajo dentro de unos días, también era cierto que con ese trabajo buscaba su propio beneficio y no el de Orovinn.

La noticia de que había nacido una nueva orden llamada los Caballeros de Sangre corrió rápidamente. La mayoría hablaba sobre ello con cierto desdén, ya que se decía que estaban robando su poder a la Luz a través de una criatura preternatural a la que mantenían esclavizada.

Sin embargo, la revelación más sorprendente (al menos para Galell) había tenido lugar un día en que, desde su ventana, había podido observar a esos caballeros marchar cuando atravesaban la ciudad; en ese instante, se dio cuenta de que esa formación estaba encabezada… ¡por la mismísima Liadrin! Se había quedado estupefacto. Al verla liderando a esos Caballeros de Sangre, había pensado que quizá ella podría brindarle la oportunidad de volver a entrar en contacto con la Luz, aunque tal vez no fuera de la manera que él habría deseado. No obstante, el exsacerdote temía que, sin la intervención de la Luz, lo poco que quedaba del hombre que había sido se perdería para siempre.

Así que había dejado de consumir magia radicalmente, lo cual provocó que enfermara gravemente, pero era necesario que aguantara todo lo posible hasta poder recuperar la lucidez, para poder superar ese estado de ruina física, mental y emocional en que se hallaba y para poder presentarse ante Liadrin como era debido. Sí, era necesario porque intuía que realmente esa podría ser su última oportunidad…

… de empezar una nueva vida.

Pese a que todavía tenían mucho que aprender, Liadrin no pudo evitar sentirse impresionada por los grandes avances que habían hecho los miembros de la orden en las últimas semanas.

Además, a lo largo de esas mismas semanas, se había estado haciendo muchas preguntas: ¿Por qué había otros que preferían seguir intentando alcanzar la Luz como se hacía antes? ¿Por qué preferían ser siervos de la Luz cuando podían ser sus amos? ¿Por qué buscaban siempre a tientas algo que casi siempre se hallaba fuera de su alcance cuando ahora podían aferrarlo con firmeza y someterlo a su voluntad?

Su montura, un corcel purasangre thalassiana, se movía inquieta. Liadrin la obligó a volverse hacia el sur. Desde su posición en lo alto del risco podía divisar ese páramo oscuro que conformaban las Tierras Fantasma en la lejanía. Ese era su objetivo. Ahí es donde se encontraba Dar’Khan.

Todo llegará a su debido tiempo. Piensa en el presente. Piensa en lo que puedes controlar.

Por ahora, Liadrin se contentaba con adiestrar a su ejército. ¿Y qué mejor manera podía haber de adiestrarlos que liberando a sus tierras de esos nauseabundos desdichados que ocupaban el puerto abandonado de Fondeadero Vela del Sol?

Esos criminales desesperados y dementes, conocidos como los desdichados, habían extraído tanta magia arcana en unas cantidades tan desorbitadas que se habían transformado físicamente en unas aberraciones demacradas, temerarias y crueles capaces de matar alegremente por solo un puñado de cristales de maná.

Aunque eran dignos de lástima, eran también muy violentos y no se rendían jamás, por lo que eran unos adversarios muy a tener en cuenta.

Por lo cual, esta era una prueba más que adecuada para sus bisoños caballeros.

Mientras uno de sus caballeros pedía ayuda a gritos desde allá abajo, Liadrin se recordó a sí misma que los desdichados eran una amenaza que no había que tomar a la ligera. Espoleó a su montura y bajó del risco para observar la batalla.

El puerto seguía estando ocupado por unos barcos medio sumergidos, algunos de los cuales se remontaban a la Segunda Guerra incluso, cuyos baupreses y mástiles quebrados sobresalían como lanzas de esas aguas poco profundas en ángulos exagerados.

Uno de esos barcos, un navío mercante, permanecía intacto. En la cubierta principal de la nave, Vranesh se encontraba rodeado por todas partes por esos trastornados desdichados.

—¡Hay seis en la bodega! ¿Acaso os vais a morir si me ofrecéis alguna ayuda, palurdos plebeyos?

Vranesh era arrogante y distante, incluso para ser un elfo. Pero era un tipo comprometido y un luchador muy diestro. Mientras sus atacantes portaban garrotes y mazas, este caballero blandía una lanza, similar en tamaño y aspecto a la corcesca que recibiría cuando alcanzara el rango de adepto. Vranesh arremetió contra sus asaltantes y a dos de ellos les abrió unos enormes tajos.

—¡Ahora mismo, estamos un poco ocupados! —exclamó Solanar. Liadrin dirigió rápidamente su mirada hacia la parte superior de la cofa, donde Solanar dio una patada a un desdichado, que cayó al vacío y que, por un horripilante y desgraciado capricho del destino, acabó empalado en uno de los mástiles rotos.

Solanar había sido uno de los primeros en presentarse voluntario a ser un Caballero de Sangre. Como muchos elfos de sangre, se había cambiado el apellido para honrar a los caídos. En el caso de Solanar, ese cambio tenía una importancia especial, pues con él pretendía honrar a su hermano (Liadrin consideraba que Furiasangre, el nuevo apellido de este caballero, era un tributo más que adecuado a su hermano). Entonces, Solanar se volvió hacia arriba para encararse con dos combatientes más.

Cyssa, que también había logrado acceder hasta allí y se mostraba ansiosa por demostrar de qué pasta estaba hecha, profirió un chillido agudo y atacó, canalizando la luz mediante su lanza. Ambos atacantes acabaron de rodillas. Uno de ellos sacó una daga e intentó defenderse, pero Cyssa lo decapitó con un fervor que bordeaba el júbilo.

—¡Aguanta, Vranesh! ¡Estaré ahí en breve! —vociferó Mehlar Hojalba, quien bajó apresuradamente desde allá arriba hasta la cubierta. Mehlar había sido un paladín que había estado bajo las órdenes del legendario humano Uther el Iluminado y era un veterano que había librado muchas batallas contra la Plaga. No obstante, echaba la culpa a Uther de muchas cosas; la caída de Quel’Thalas era una de ellas. Sin duda alguna, Mehlar era un hombre de principios, un admirable ejemplo de rectitud moral. Aunque Liadrin no estaba precisamente de acuerdo con su forma de pensar, admiraba su fe y convicción.

—¡Da igual! ¡Ya me las arreglaré solo! —replicó Vranesh, quien se arrodilló a bordo del navío mercante. Al instante, una luz cegadora lo envolvió, la cual se expandió súbita y violentamente, arrojando a los cuatro desdichados que aún quedaban en pie al agua.

Bachi y Sangrevalor (quienes odiaban que los llamaran por su nombre, que, de hecho, se negaban a dar a conocer, ya que preferían que se dirigieran a ellos por su apellido) se acercaron presurosos a la costa.

—Todo despejado en la orilla — anunció Sangrevalor.

Bachi, que era conocido por no saber qué era el miedo, aunque tal vez estuviera un poco trastornado, se lanzó de cabeza al agua para atacar a los desdichados que Vranesh había arrojado al mar.

Unas pisadas veloces resonaron justo a la espalda de Liadrin quien obligó a su caballo a darse la vuelta mientras alzaba su corcesca. Notó que la Luz la anegaba por dentro. Oyó ese breve pero ya familiar caos cacofónico dentro de su mente mientras encauzaba la Luz a través de la corcesca para atacar al líder de los desdichados, a quien arrojó hacia atrás, hacia él árbol tras el cual se había estado escondiendo hasta hacía poco. Tras rebotar contra ese descomunal tronco, se estampó de bruces contra una valla de madera que bordeaba el camino.

Liadrin espoleó a su corcel, se detuvo junto al líder caído y le clavó su corcesca.

Mehlar (que había dejado de correr hacia Vranesh, pues éste ya no necesitaba su ayuda) ascendió velozmente hacia donde se encontraba la ex sacerdotisa con la lanza en ristre.

—¿Queda alguno más? ¡El próximo cabeza de chorlito que ose atacarte tendrá que responder ante mí, mi señora!

—Calma, Mehlar. Ese era el último.

A continuación, Liadrin se llevó una mano a la sien. Las jaquecas eran lo peor de todo y, aunque utilizaba la misma Luz para mitigarlas, con ese remedio solo parecía incrementar su frecuencia e intensidad.

—¿Se encuentra mal, mi señora?

—Estoy bien.

Solanar y Cyssa habían pisado ya tierra firme y se aproximaban, al igual que los demás, incluido Bachi, quien sonreía a pesar de estar empapado. Vranesh fue el último en llegar.

—¡Vranesh!

—Lo sé, señora, debería haber registrado la bodega.

—Sí, deberías haberlo hecho. Y tú, Solanar, deberías haber esperado a Cyssa. Nunca te alejes corriendo de tu compañero.

Solanar asintió.

—Los errores que habéis cometido hoy son meros síntomas de un problema mucho más grave: de que no actuáis como un grupo. Todavía os comportáis y actuáis como individuos aislados, no habéis interiorizado aún que formáis parte de algo mucho más grande. Sois un equipo. Si no actuáis como tal, moriréis —aseveró Liadrin, a la vez que arrancaba su corcesca del cadáver—, y ahora… deshagámonos de toda esta escoria.

A pesar de lo mucho que habían hecho los Caballeros de Sangre por esa gente, la opinión del vulgo sobre ellos no había variado. Liadrin esperaba que, en cuanto los ciudadanos hubieran superado sus iniciales reservas respecto a los métodos que empleaba la orden, en cuanto vieran lo que su grupo era capaz de hacer, aceptarían a los Caballeros de Sangre, tal vez incluso los recibirían con los brazos abiertos.

Sin embargo, ahora que Liadrin encabezaba la marcha del grupo por el bazar, se percato de que seguían mirándolos con el mismo desprecio, miedo y precaución que antes. Algunos incluso rehuían sus miradas.

—No nos están recibiendo como unos héroes, precisamente —observó Solanar, quien caminaba junto al corcel de Liadrin.

Tenía razón. Nada había cambiado.

En la Plaza del Errante les aguardaba un recibimiento similar mientras Liadrin y los Caballeros de Sangre se dirigían hacia los alojamientos que se habían convertido en su base de operaciones.

Justo delante del edificio en cuestión, Cyssa se detuvo y recorrió con la mirada a los ahí presentes.

—Pero ¿qué tripa se os ha roto? ¿Acaso sois incapaces de entender que luchamos por vosotros para protegeros?

La mayoría de los curiosos se volvieron y se centraron en sus asuntos. Unos pocos se atrevieron a devolverle la mirada de un modo desafiante.

Liadrin desmontó y le entregó las riendas a Cyssa.

—Dales tiempo —le dijo.

Asqueada, Cyssa llevó el corcel al establo. Una vez dentro de la base de operaciones de los Caballeros de Sangre, Liadrin se quitó la armadura y dejó la corcesca en un armero situado en la pared opuesta. Daba gusto volver a casa y poder relajarse, y poder respirar sin el agobio de la armadura.

—Cuando era muy joven, mis amigos y yo solíamos jugar a un juego…

Liadrin reconoció esa voz de inmediato. Sonrió, se volvió y vio que Galell se encontraba justo en la entrada. Estaba delgado y un poco pálido, y tenía un hematoma muy feo en un pómulo. Aun así, su aspecto era mucho mejor que la última vez que lo había visto. Durante los primeros días del periodo de reconstrucción, Galell casi siempre había permanecido callado y aislado del resto del mundo, lo cual había preocupado mucho a la ex sacerdotisa. Liadrin le había vuelto a preguntar muchas veces sobre cómo había podido soltarse de sus ataduras aquel remoto día en que habían acabado encerrados en la guarida de un trol, solo por obligarlo a hablar de algo, pero él le había dado la misma respuesta de siempre: «Si no te ocultara algún secreto, nuestra relación no tendría ninguna gracia, ¿eh?».

—A un juego llamado el cautivo — prosiguió diciendo Galell—. Uno de nosotros hacia de preso y los demás lo ataban y abandonaban a su suerte. El cautivo se las tenía que ingeniar como fuera para soltarse. Nos turnábamos y el que se liberara en menos tiempo ganaba.

Liadrin cruzó la habitación y abrazó a su viejo amigo.

—Yo era el mejor en ese juego. Ese día, en la guarida de esos trols, recordé mi infancia y me imaginé que volvía a jugar al cautivo. Aunque me llevó un poco más de tiempo que cuando era crío, al fin logré soltarme.

Liadrin sonrió y negó con la cabeza.

—¿Eso es todo? ¿Ese es el gran truco que me has estado ocultando todos estos años?

Galell asintió.

—Al menos, ya no hay secretos entre nosotros.

Todavía sonriendo, la matriarca de los Caballeros de Sangre lo miró fijamente durante un largo instante.

—¿Y qué me dices sobre esos cristales que dejaste en mi puerta mientras me encontraba en las Tierras Fantasma?

—¿Qué cristales?

—No lo niegues; sé que fuiste tú. Quería dar contigo para expresarte mi gratitud, pero me has ahorrado las molestias.

—Pero si…

—Chsss. —Liadrin se llevó un dedo a los labios—. Dime, ¿cómo te ha ido?

—¿Quieres saber la verdad? — Galell titubeó—. Hace mucho que no soy el que era. Me siento muy perdido y solo.

Con suma delicadeza, Liadrin posó la palma de su mano sobre la mejilla de Galell.

—Tú nunca estarás solo. —Un fulgor inundó la mano de la ex sacerdotisa y el moratón desapareció al instante del rostro de su amigo—. Además, ¿quién de nosotros no se ha sentido perdido durante estos últimos años?

Galell sonrió, feliz por haber sentido de nuevo la Luz, aunque solo fuera brevemente. Acto seguido, alzó una mano y la colocó sobre la de Liadrin.

—Me gustaría disfrutar de la calidez de la Luz como en el pasado. Pero… no es algo que pueda hacer ya… yo solo, así que he venido a pedirte ayuda.

Liadrin arqueó una ceja.

—¿Quieres utilizar nuestros métodos para volver a conectar con la Luz? No se puede decir que haya mucha «calidez» en la forma en que nosotros interactuamos con ella… —Liadrin miró en dirección a la cámara subterránea donde mantenían encerrado a M’uru. Es bien más una lucha. Una pelea constante.

Pero Galell insistió.

—Creo que esta podría ser la mejor oportunidad que voy a tener Para volver a ser el que era. Creo que la Luz me mostrará el camino… aunque deba obligarla a hacerlo.

—¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

—Sí.

Un manto de silencio los cubrió a ambos mientras la matriarca meditaba. No estaba segura de si Galell tenía madera de Caballero de Sangre. Todo el mundo sabía lo que había sufrido, todo el mundo sabía que había sobrevivido a algo de lo que nunca quería hablar: al hundimiento de esas naves mercantes, a la muerte de todos esos niños evacuados. Liadrin se preguntaba a menudo hasta qué punto ese día había dejado unas cicatrices muy profundas en su alma.

Pero si yo no le concedo una oportunidad, ¿quién se la dará?

Liadrin suspiró.

—¿Estás preparado para ser despreciado, malinterpretado y marginado por tus propios hermanos? —Sufriré cuanto haga falta para poder recuperar el control de mi vida.

—¿Estás dispuesto a mantener la disciplina y a seguir el entrenamiento que se te va a exigir? ¿Estás dispuesto a hacer exactamente lo que yo diga?

—Sí. Sin duda alguna.

Liadrin lo observó detenidamente. Aún no las tenía todas consigo.

—Necesito tu ayuda, Liadrin. O todos o ninguno, ¿vale?

Galell había demostrado mucho coraje en la guarida de los trols. Además, cuando llegó el momento de destruir la Fuente del Sol, había estado ahí, luchando junto a ellos. Todo eso tenía que servir de algo.

—Sí, o todos o ninguno —respondió al fin Liadrin—. Ven conmigo, entonces; Astalor tiene algo que enseñarte.

Pasaron los días y Liadrin regresó una vez más a las Tierras Fantasma.

Sin embargo, esta vez no estaba sola.

Miró a su derecha, donde Solanar aguardaba montado sobre su propio corcel. Iba vestido con el tabardo de los Caballeros de Sangre, cuyo símbolo era un fénix en llamas sobre un fondo negro. Observo a los demás: Vranesh, Cyssa y Bachi pasarían de ser adeptos a unos caballeros de pleno derecho en breve…, pero seguían siendo muy individualistas y no actuaban como un grupo cohesionado.

Y luego estaba Galell.

Escrutó el claro, envuelto en la oscuridad y al fin lo divisó en la lejanía, cerca de los árboles.

A pesar de que había demostrado una gran determinación a lo largo de los últimos días, no había hecho un gran esfuerzo por integrarse al grupo. Liadrin había visto el brillo de la dicha en sus ojos cuando le habían mostrado a M’uru y, en ese momento, de manera fugaz, había vuelto a ser el antiguo Galell, el seguro y firme Galell. Se entrenaba vigorosamente pero en silencio. No se relacionaba con casi nadie y los demás lo consideraban un tipo peculiar. En los dos últimos días, parecía haberse retraído más y eso preocupaba a Liadrin. Se preguntaba si había tomado la decisión correcta al dejar que se uniera a la orden.

Entonces, se recordó a si misma que la primera fase requería de un período de adaptación.

Dale tiempo.

—Todo despejado, mi señora — anunció Mehlar, quien se aproximaba desde el norte.

Sangrevalor emergió del bosque situado al sur.

—Lo mismo digo —añadió.

Liadrin asintió. No había ningún miembro de la Plaga por esa zona, lo cual era una gran noticia. No obstante, en la actualidad, la Plaga no era la única amenaza con la que debían tener cuidado. En las últimas semanas, habían divisado varias bandas de trols que se dirigían en tropel a Zul’Aman y muchos trols habían sido vistos también explorando las ruinas cercanas al lugar donde se encontraba ahora su grupo.

Posó su mirada sobre la estructura que tenían ante ellos y se preguntó si, por fin, estarían más cerca de capturar a Dar’Khan.

Aunque todas las fincas de las Tierras Fantasma se hallaban en ruinas, el tiempo no parecía haber pasado por la Aguja de la Estrella del Alba. Ese alto edificio, situado sobre un saliente a los pies de las montañas, al este del lago Elrendar, podía dar la impresión de abandonado a un observador no muy avezado, esos terrenos descuidados estaban lo bastante cerca del Bosque Canción Eterna como para que alguna flora hubiera empezado a emerger aquí y allá; además, la propia torre relucía espléndida en su largo camino hacia el ciclo nocturno. Ahí arriba, Liadrin pudo atisbar unas torrecillas majestuosas que parecían flotar alrededor de la aguja central. De hecho, para ser una construcción supuestamente en ruinas situada en los lindes de una tierra muerta, esa propiedad proyectaba el espejismo de hallarse en una condición excelente.

Esa finca había sido en su día el hogar de Dar’Khan. Aquí había pasado su infancia. Y era aquí donde, en los últimos días, los Errantes habían detectado movimientos sospechosos de la Plaga.

Era una especie de señal. Tenía que serlo. ¿Acaso Dar’Khan había cometido al fin un error?

Liadrin esperaba que sí.

—Entremos a echar un vistazo.

El interior de la mansión se encontraba en un estado inmaculado, al igual que casi toda la parte exterior. Las paredes estaban cubiertas de muebles. Unos estandartes con el blasón de la ciudad de Lunargenta pendían de unas columnas. Una lámpara de araña de cristal pendía allá en lo alto, rodeada por una tortuosa escalera.

Vranesh inició el registro.

—¿Qué es lo que buscamos exactamente?

—Ojalá lo supiera —contestó Liadrin—. Algo fuera de lugar, alguna pista sobre por qué la Plaga muestra tanto interés de repente por este sitio después de tanto tiempo…

Sangrevalor y Bachi subieron por la escalera. Galell dejó de caminar y se llevó una mano a la cabeza.

—¿Qué te ocurre, Galell? — preguntó Liadrin.

—Es un mero dolor de cabeza. No me pasa nada —respondió con una tenue sonrisa, en un vano intento por calmar su preocupación.

Las jaquecas parecían afectar a Galell más que a los demás y Liadrin no podía evitar preguntarse por qué. Siempre había pensado que el joven vivía más dentro de su propia cabeza que en el mundo real. Tal vez por eso los dolores de cabeza le afectaban mucho más, lo que la hacía pensar que quizá no pudiera ser apto la orden.

—Mirad esa alfombra —dijo Cyssa, señalando el borde de una descomunal alfombra circular que se hallaba a sus pies. En efecto, había un pliegue alrededor de todo el borde de la alfombra, como si alguien la hubiera quitado y vuelto a colocar apresuradamente. Los demás se apartaron. Liadrin se agachó y retiró la alfombra; había una trampilla cuadrada ahí debajo.

—Bien visto. Cyssa. Me parece que has dado con algo.

Liadrin se arrodilló, corrió el cerrojo y abrió la trampilla. Dentro de ese pequeño hueco, encontró un viejo diario con tapas de cuero. Entre sus páginas había un pergamino, que no estaba tan amarillento como las hojas del diario, sino que era blanco.

—¿Qué es eso? —inquirió Cyssa, acercándose.

Galell también se aproximó. Liadrin desenrolló el pergamino, en el cual había escrito un mensaje con unos símbolos que no fue capaz de reconocer.

—Una pista, tal vez.

Cuando Liadrin entró en los aposentos de Lor’themar, el regente había estado emplumando una flecha. Ahora, su entretenimiento yacía descartado a un lado de la mesa mientras transcribía el mensaje encontrado en la Aguja de la Estrella del Alba en un nuevo pergamino. Entretanto, los haces de luz del sol de la tarde se colaban por el balcón abierto.

Liadrin recorrió la habitación con la mirada. En un escritorio cercano divisó una carta que tenía roto su sello. Lo más intrigante de todo era que ese sello era el emblema de la Horda.

—No soy un experto, pero parece escrito en clave —afirmó Lor’themar—. Si es así, quizá alguno de nuestros escribas sea capaz de descifrarlo. Mientras tanto… —Enrolló el pergamino viejo, lo volvió a colocar en el diario y, por último, lo cerró y se lo entregó a Liadrin—… sugiero que devuelvas esto a su sitio y sigas vigilando la aguja.

Liadrin asintió.

—De acuerdo.

Lor’themar profirió un suspiro y examinó una de las flechas que había estado preparando. Acto seguido, fijó su mirada en ella.

—Tenía mis reservas acerca de tu nueva orden, ¿sabes? Aún las tengo, a decir verdad. Pero… —Los ojos de Lor’themar volaron hasta la carta del escritorio—. A la luz de ciertos hechos recientes, quizá no sea algo tan malo.

—¿A qué «hechos recientes» te refieres?

—He intercambiado correspondencia con Thrall y… Sylvanas.

A Liadrin le dio un vuelco el corazón al oír mencionar el nombre de la antigua general forestal. Todo el mundo sabía que Sylvanas comandaba ahora un ejército de no-muertos que se habían aliado con la Horda, a los que se conocía como los Renegados. Sylvanas había logrado liberarse del control que Arthas había ejercido sobre ella, pero todavía tenía mucho camino por recorrer para ganarse la confianza de Liadrin. Aún estaba por ver si, en esa reina de los Renegados, quedaba algún rastro o no de la noble y valerosa elfa que había sido antaño.

—¿Y qué asunto nos traemos entre manos con ellos?

Lor’themar se puso en pie y se acercó al escritorio.

—Estamos en la fase preliminar de una serie de discusiones cuya finalidad es examinar la posibilidad de que los sin’dorei se alíen con la Horda.

Liadrin permaneció en silencio, meditabunda.

—Bueno… nuestros primos kaldorei se llevarían una gran sorpresa, sin duda.

Lor’themar se volvió.

—Cierto. Pero… los tiempos cambian.

—Y la gente también —apostilló la matriarca, repitiendo las mismas palabras que le había dicho a Rommath no hacía mucho tiempo.

—La reputación de tus Caballeros de Sangre ha llegado hasta Durotar. Creo que tu nueva orden ha logrado que les tiente más la posibilidad de sellar una alianza con los elfos de sangre. Aunque albergaba muchas dudas al principio, ahora creo que es posible que pronto, algún día, tus caballeros y tú logréis hacer algo asombroso. Creo que con eso bastaría para que Thrall cambiara de opinión.

Entonces, deja que la gente siga despreciándonos, pensó Liadrin.

—Dar’Khan —dijo la matriarca en voz alta.

—¿Perdón?

—Pase lo que pase. Dar’Khan tiene que morir. Si al eliminarlo logramos convencer a nuestros posibles aliados de que deben unirse a nosotros, miel sobre hojuelas.

—Si eso fuera tan fácil, lo mataría yo mismo —replicó sombríamente Lor’themar—. En su día, creía que había muerto, pero…

De repente, pareció muy cansado.

—Deberías descansar un poco. Volveré mañana —le recomendó Liadrin, quien hizo ademán de marcharse.

—Tengo entendido que Galell se ha sumado a tus filas. ¿Cómo se encuentra nuestro viejo amigo?

Liadrin caviló un momento antes de responder.

—Se está… adaptando, creo. Le daré recuerdos de tu parte.

La matriarca asintió con la cabeza una última vez al mismo tiempo que salía de la habitación.

El forestal cogió el material con el que emplumaba las flechas de la mesa y se lo llevó al escritorio. Entonces, abrió un cajoncito, dentro del cual había varios cristales arcanos. El propio Lor’themar no los necesitaba tanto como sus hermanos. De hecho, los forestales en general parecían menos afectados por la adicción a la magia y por el síndrome de abstinencia que el resto. Aunque el regente no sabía por qué.

Pero sí sabía que los demás elfos de sangre no eran tan afortunados, por lo cual había encomendando a Halduron la misión de dejar anónimamente algunos cristales a Liadrin mientras esta estuviera viviendo en las Tierras Fantasma.

Los tiempos cambiaban, la gente cambiaba… pero había otras cosas, como la admiración y el afecto que Lor’themar profesaba por Liadrin, que se habían mantenido inmutables a pesar del paso de los años.

Alguien llamó con fuerza a la puerta.

Galell estaba tumbado en el centro de la habitación. Daba la impresión de que esos golpes estaban acompasados con el doloroso martilleo que sentía en la cabeza. El ex sacerdote estiró un brazo y agarró uno de los cristales que había cogido en la Aguja de la Estrella del Alba. Lo aferró con fuerza, cerró los ojos y notó que la jaqueca poco a poco desaparecía a medida que la magia fluía dentro de él.

A lo largo de los últimos días, Galell se había percatado de que el consumo de magia le ayudaba a aliviar esos dolores de cabeza. Pero cada vez necesitaba más cantidad de magia para lograr únicamente un ligero alivio.

También había sufrido amnesias, ya que había ciertos periodos de tiempo sobre los que no tenía ningún recuerdo. No era la primera vez que Galell tenía la sensación de que estaba perdiendo la cordura. No obstante, había conseguido lo que quería: ahora era capaz de controlar la Luz. Ahora podía manipular la Luz para combatir a sus adversarios y podía curar sus propias heridas y las de los demás; sin embargo, la Luz no podía borrar esa amargura que anidaba en su corazón por mucho que la obligara. Las jaquecas y ese ruido cacofónico y enervante que invadían su mente eran unos recordatorios atroces de su incapacidad para superar ese dolor.

Los golpes que recibía la puerta se volvieron más fuertes. Orovinn gritó:

—¡Ha llegado tu hora! ¡Despierta, alimaña!

Galell siguió intentándolo. El problema estribaba en que todavía no había aprendido a controlar la Luz de un modo adecuado. Necesitaba más tiempo y también necesitaba aclarar sus ideas. Los cristales parecían ser la única solución. Por el momento, al menos.

La puerta tembló: estaba a punto de venirse abajo.

Galell cogió una bolsa cercana, abrió la puerta violentamente y agarró del cuello a Orovinn, al que empujó hacia el otro extremo del pasillo, mientras canalizaba toda la energía de la Luz hacia su mano e intentaba ignorar desesperadamente el ruido discordante que bramaba en su mente.

Entonces, le restregó por la cara la bolsa repleta de oro a aquel elfo tan alto.

—Con la mitad de esto, te pago lo que te debo. Con la otra mitad, te pagaré los nuevos cristales que me traerás mañana por la mañana. ¡Y que sean de la mejor calidad! ¿Trato hecho?

Orovinn lo miró con unos ojos desorbitados teñidos de miedo y balbuceó con voz ronca:

—No veo ninguna razón que… impida que hagamos negocios.

A la tarde siguiente, a última hora, Liadrin cabalgaba hacia las Tierras Fantasma junto a Solanar para relevar a Vranesh, Mehlar y Galell: los tres se habían pasado todo el día vigilando la Aguja de la Estrella del Alba.

Para cuando ambos se adentraron en esos bosques marchitos, el sol proyectaba sus últimos rayos.

Cuando se aproximaron hacia Mehlar, éste estaba apoyado sobre una trampa para animales.

—¿Habéis visto algo? —preguntó Liadrin a voz en grito.

—No hemos visto ni oído nada. Ha reinado un silencio sepulcral, mi señora —respondió Mehlar. Justo entonces, Vranesh salió de detrás de un carro cercano, ajustándose los leotardos de anillas.

—¿Dónde está, Galell?

Los dos hombres apostados ahí se miraron mutuamente. Vranesh habló primero: —Yo no me responsabilizo de ese tipo; además, estaba respondiendo a una llamada urgente de la naturaleza.

Mehlar se encogió de hombros.

—Hoy se ha ido a deambular por ahí varias veces. Yo diría que se comporta de un modo peculiar.

Vranesh resopló.

—En su caso, lo peculiar es lo normal.

—A esto es lo que me refiero siempre —le reprendió Liadrin —Cuando uno forma parte de un grupo, debe cuidar de los demás ¡Ninguno de los dos debería haberlo perdido de vista!

Entonces, un chillido espeluznante atravesó el lago y reverberó por las montañas. Liadrin no pudo reconocer aquella voz; podía tratarse de Galell o no.

—Desplegaos —ordenó la matriarca.

Los Caballeros de Sangre obedecieron. Liadrin atravesó el denso bosque a lomos de su caballo lo más rápido posible en dirección sur, siguiendo el camino de las laderas. Enseguida, se detuvo cerca de un matorral aplastado, donde un círculo de sangre oscura empapaba el suelo. Liadrin miró a lo lejos, hacia el sur, hacia el altozano más próximo.

Ahí había más sangre, que apenas era visible bajo esa luz menguante. Espoleó a su montura y, al instante, se percató de que la cantidad de sangre que teñía el suelo, así como la maleza de alrededor y los árboles, crecía de un modo alarmante.

—¡Caballeros, a mí! —gritó Liadrin.

Mientras seguía avanzando, la matriarca vio… los restos mortales de algún cuerpo descuartizado. Aunque no podía saber si eran humanos, elfos o de alguna otra raza. Siguió ese macabro rastro aún más lejos y divisó una extremidad cercenada: un brazo, en concreto, cuya piel era de un color verde pálido.

Su corcel coronó otro altozano y Liadrin escrutó desde ahí un pequeño claro situado allá abajo, donde Galell se encontraba sentado en medio de un amasijo de vísceras y miembros destrozados. La cabeza de un trol yacía delante de él. Galell se mecía adelante y atrás, con las manos en la cabeza. Estaba cubierto de sangre, como si se hubiera pintado con ella.

Liadrin bajó de un salto de su caballo y abrazó con fuerza a Galell. En ese instante, Solanar, Mehlar y Vranesh irrumpieron corriendo en ese atroz escenario.

—¡No deberíais haberlo perdido de vista! —exclamó la matriarca mientras se volvía hacia Vranesh y Mehlar.

—Lo siento, mi señora, no teníamos ni idea… —se excusó Mehlar.

—¿Has hecho tú esto? —le preguntó Liadrin a Galell, pero la única respuesta que obtuvo fue un largo gemido.

—No teníamos ni idea —repitió Mehlar, quien se quedó boquiabierto al contemplar esa masacre.

—Debo llevarlo de vuelta a Lunargenta. Mehlar, Vranesh, escuchad. Solanar se quedará aquí con vosotros hasta que yo envíe a otros caballeros a relevaros. ¡Manteneos alerta! Y ahora ayudadme a subirlo al caballo.

—¿Cómo está? —inquirió Lor’themar desde la mesa a la que estaba sentado.

—Está descansando.

—¿Te ha contado lo que ocurrió?

Liadrin estaba sentada en una silla situada cerca de la puerta. Estaba cubierta de sangre, ya que, cuando había montado al ex sacerdote sobre el corcel, éste la había manchado muchísimo.

—Sólo que lo acorraló un explorador trol en el bosque. Pero eso no explica… Me ha contado que, últimamente, ha estado pensando mucho en ese día en que acabamos en la guarida de unos trols hace unos cuantos años. Lo cierto es que, desde hace tiempo, ya no es el que era.

Era evidente que Lor’themar estaba extremadamente preocupado, como podía deducirse por su semblante y el tono de voz con el que habló:

—Lo vigilaré de cerca. Aunque, ahora mismo, hay un asunto muy urgente que requiere nuestra atención. Esta es la razón por la que he requerido tu presencia. —El regente desenrolló un pergamino—. Astalor ha descifrado el código —anunció y, acto seguido, cogió el pergamino de la mesa y lo leyó en alto—: «Te entregaré las Piedras de la Luz y el Fuego, así como los fragmentos que quedan de Piedra de la Chispa cuando el día y la noche sean iguales». Esta misiva está firmada por un tal «Thadirr».

—Mañana por la noche es el equinoccio —observó Liadrin—. Pero ¿a qué piedras se refiere ese mensaje?

Lor’themar volvió a colocar el pergamino sobre la mesa.

—Durante las Guerras Trols, Belo’vir imbuyó tres piedras de las energías de la Fuente del Sol. En aquella época, la piedra de la Chispa acabó hecho añicos, pero Belo’vir guardó los fragmentos, junto a las otras dos piedras, en el Bancal del Magíster en Quel’Danas. Hemos buscado cerca de los restos de la Fuente del Sol, pero de momento sin suerte. Si esas piedras siguen existiendo podrían ser utilizadas para repeler a los no-muertos. Sin lugar a dudas, Dar’Khan también lo sabe y quiere esconder las piedras en un lugar seguro para que no puedan ser usadas en su contra.

—¿Alguna idea sobre quién podría ser el tal «Thadirr»?

Lor’themar se limitó a negar con la cabeza.

—Quienquiera que sea, me da la sensación de que ha localizado las piedras antes que nosotros y ahora planea entregárselas a Dar’Khan — conjeturó Liadrin.

—Sí, pretende entregárselas sin recibir nada a cambio, lo cual parece indicar que… —De repente, alguien llamó a la puerta—. Pasa —gritó el regente.

Halduron entró en la habitación.

—Lamento molestar, pero he de informarle de cierto asunto.

Lor’themar asintió.

—Ya estábamos acabando. —Volvió a centrar su atención en Liadrin—. Lo cual parece indicar que ese individuo misterioso no va a encontrarse con Dar’Khan directamente, sino que va a dejar esas piedras en el mismo sitio donde descubriste el diario.

—Si es así, los Caballeros de Sangre lo… o la estarán esperando. Quizá esta podría ser esa gran gesta, sobre la que tú y yo ya hemos hablado, que nos permitiría desequilibrar la balanza en tu favor en las negociaciones.

—Creo que puedes tener razón.

Liadrin se levantó y se dispuso a marchar.

—A lo mejor tú también quieres oír lo que tengo que decir —le dijo Halduron—. Debéis saber que un grupo de buscadores de tesoros de la Alianza lograron infiltrarse en Zul’Aman, pero casi todos acabaron siendo asesinados. Sin embargo, uno de ellos logró escapar y fue encontrado moribundo por mi pelotón. Nos habló de rituales siniestros, dioses animales y sacrificios profanos. También nos mencionó un solo nombre una y otra vez antes de expirar: Zul’jin.

Lor’themar miró a Liadrin. Tras un momento de silencio, respiró hondo con suma fuerza.

—Supongo que era una mera cuestión de tiempo que ese buitre regresara a su nido.

Halduron parecía tremendamente inquieto. Liadrin recordó la noche en que Zul’jin había escapado y decidió que sería mejor dejar a ambos a solas.

—Iré a informar a mis caballeros. Mañana, esas piedras serán tuyas.

Liadrin agachó levemente la cabeza ante Halduron de camino a la puerta.

Lor’themar se levantó y salió al balcón que daba a la Corte del Sol. Soplaba un frío viento, que agitó los materiales que utilizaba para emplumar las flechas que tenía sobre el escritorio y arrojó una pluma al suelo. Halduron se agachó para cogerla y la acarició entre sus dedos.

—Añoras tu antigua vida como forestal, ¿verdad?

Lor’themar siguió contemplando la ciudad mientras respondía.

—Más a cada día que pasa. A veces, me siento como si estas paredes se me fueran a venir encima. Los bosques me llaman, hermano. Me imagino con el arco en la mano, con el cálido sol acariciándome la piel y con el viento susurrándome y prometiéndome nuevas aventuras. Sin murallas ni muros… sin una agenda que atender. Sí, en esa época fue cuando más vivo me sentí. Te envidio por lo libre que eres.

Halduron se dio cuenta de que Lor’themar no estaba mirando a la ciudad, sino que estaba soñando con esos bosques donde no había murallas ni muros.

—Hay una cosa más que debo decirte —afirmó Halduron con un tono de voz grave mientras se unía a Lor’themar—. En la Segunda Guerra, cuando capturamos a Zul’jin en ese bosque… aunque mis hombres lo torturaron, fui yo quien tomó la decisión de mantenerlo con vida, porque quería que fueras tú quien decidiera su destino. Tuve la oportunidad de matarlo entonces, pero no lo hice. Fue un estúpido error. Por mi culpa, ahora está vivo y vuelve a amenazamos.

Lor’themar se giró y dio una palmada a Halduron en el hombro.

—Yo más que nadie se lo que es sentirse culpable, Halduron. Al fin y al cabo, fue mi exceso de confianza lo que permitió a Dar’Khan recopilar los conocimientos necesarios para abrirle la puerta a Arthas, para traer la destrucción a nuestro reino…

—Pero ¡no podías saber lo que tramaba! —protestó Halduron de inmediato.

—Precisamente, eso es lo que quería decirte. La culpa, los remordimientos, la desesperación… se adueñan de nuestro corazón y, con el paso del tiempo, te acaban devorando por dentro si se lo permites. Yo porto la pesada carga de mi fracaso sobre mis hombros todos los días.

—¿Y cómo logras seguir adelante? —insistió Halduron.

—Negándome a que mis sentimientos sean un escollo a la hora de afrontar mis tremendas responsabilidades. Además, me afero a un leve destello de esperanza: a que creo que estas penalidades que compartimos nos unirán aún más… — Lor’themar se volvió hacia Lunargenta, pero esta vez no con la mirada perdida, si no con los ojos clavados en la ciudad—…, a que creo que nuestro reino no solo recuperará la gloria de antaño si no que la sobrepasará, a que creo que todos aprenderemos de nuestros errores. En verdad, el liderazgo no consiste en tomar decisiones correctas en todo momento, si no que, a veces, consiste en seguir adelante a pesar de haber tomado decisiones totalmente erróneas. Hiciste lo que creíste que era mejor ; además, has servido a Quel’thalas con un valor y una integridad inquebrantables. -Lor’themar clavó su único ojo sobre Halduron y concluyó con total sinceridad—. Después de todo lo que hemos pasado, sigues siendo mi camarada más leal y de más confianza.

El alivio se adueñó del semblante de Halduron.

—Sí, yo también debería aferrarme a un leve destello de esperanza — aseveró.

Tus padres se avergonzarían al ver en lo que te has convertido.

Ellos lo entenderían. He hecho lo que he considerado mejor.

Solo has triunfado a la hora de esconder tu miedo. Tu orgullo traerá la ruina a aquellos que quieres. No voy a escucharle. Renuncio a ti.

No puedes huir de tus pecados.

¡Te vas a callar porque yo te lo ordeno!

¿Al igual que das órdenes a la Luz?

¡Pues si! ¡Y ahora lárgate! ¡Ya no me dominas!

Liadrin se despertó al oír unos golpes en la puerta. La abrió y se topó con Vranesh, que tenía un aspecto alarmantemente pálido.

—Hay algo que debes ver.

Una enorme muchedumbre se había congregado en el interior de la Puerta del Pastor. Vranesh y Liadrin tuvieron que hacer un gran esfuerzo para poder abrirse paso hasta la parte frontal de esa multitud, desde donde podían contemplar la estatua de Kael’thas.

De ese monumento, pendía un cadáver cubierto de sangre, cuya cabeza estaba caída hacia delante de un modo extraño, ya que le habían partido el cuello, y cuyos brazos estaban estirados y atados con una cuerda a las hombreras de la armadura de la estatua.

—¿Quién es? —preguntó Liadrin.

Alguna escoria del Frontal de la Muerte. Creo que ha comentado que se llamaba Orovinn. Pero corren rumores de que…

En ese preciso instante, uno de los ahí congregados exclamó, señalando a la matriarca:

—¡Ha sido uno de los vuestros quién ha hecho esto!

—¡Yo no sé nada sobre este asunto! —le espetó Liadrin.

La turbamulta empezó a empujar hacia delante y, al instante, varios guardias corrieron hacia allá para restaurar el orden. Otro se abrió paso entre esa muchedumbre rebelde para dirigirse a Liadrin.

—Mi señora, el gran magíster quiere hablar contigo.

A Rommath le brillaban los ojos de furia.

—¡Han visto a uno de tus caballeros colgando ese cadáver en la estatua en plena noche!

Liadrin pudo sentir que el gran magíster irradiaba una energía muy negativa y opresiva. Su ira era más que palpable. Además, Vranesh le había revelado en confianza a la matriarca que, efectivamente, muchos habían identificado a Galell como el asesino. Pero eso era imposible. Galell jamás habría podido…

—Estamos negociando una posible alianza con la Horda —le informó Rommath.

Liadrin estuvo a punto de responder que ya conocía esa información, pero al final decidió no hacerlo. El gran magíster siguió hablando:

—Una debacle como esta podría poner en peligro todo el proceso de negociación. Los guardianes y los patrulleros arcanos lo han buscado por todo el reino y no han podido hallar ni rastro de ese tal…

—Galell —apostilló Liadrin—. Debe haber algún error. Galell no es un asesino. Quizá lo mató en legítima defensa.

—¡No hay ningún error! —le espetó Rommath—. Ha desaparecido. ¡Y ningún elfo inocente habría huido! ¡Además, todo aquel que mata en defensa propia no monta un espectáculo macabro después con su víctima para que todos lo vean! —El intenso fulgor que se había apoderado de los ojos del gran magíster ahora se había atenuado un poco—. Voy a marchar en breve a Terrallende para informar a su alteza del estado de las negociaciones. Quiero que des con ese tal Galell y espero que esta situación esté resuelta para cuando regrese mañana.

—Pero hay otros asuntos que exigen…

—¿Exigen? —Rommath desapareció al instante y reapareció, súbitamente, a solo unos centímetros de ella. Liadrin retrocedió un paso—. Yo sí que exijo. Te exijo que encuentres a ese renegado y que, cuando lo hagas, emplees todos los medios necesarios para poder poner punto final a este asunto. ¡Sí, eso es lo que yo exijo!

—¿Qué estás insinuando?

El gran magíster respondió con un tono de voz mucho más bajo y sereno.

—Que hagas lo que tengas que hacer.

Un sinfín de pensamientos surcaron la mente de Liadrin. Seguramente, no tendría que acabar tomando unas medidas tan extremas; seguramente, seria capaz de descubrir la verdad y traer de vuelta a Galell, al que proporcionaría la ayuda adecuada. Pero para eso primero tenía que encontrarlo. Pero cuanto más cavilaba al respecto, más convencida estaba de que sabía adonde había huido. Rommath siguió hablando:

—Y hazlo rápida y discretamente. Tal vez el futuro de nuestro pueblo dependa de ello. ¿Puedo confiarte esta misión?

Liadrin vaciló.

—¿Puedo confiarte esta misión? — insistió el gran magíster.

—Sí.

Rommath hizo un gesto y la puerta situada a la espalda de Liadrin se abrió.

—Bien. Espero que demuestres que no me equivoco al confiar en ti. ¡Y ahora vete!

La luna iluminaba con un cálido fulgor la Aguja de la Estrella del Alba; las paredes de mármol parecían irradiar una tenue luz blanca. Sin embargo, la luz de la luna no se filtraba con tanta facilidad entre las ramas del esquelético árbol donde Vranesh se revolvía incómodo mientras mascullaba:

—¡Ten cuidado, Bachi! Estás ocupando mi espacio.

—¿Qué estás insinuando? Deberías creerme cuando te digo que no me pareces atractivo —replicó Bachi.

—¡Callaos los dos! ¡Se os oye por todas partes!

Solanar era quien había pronunciado esas últimas palabras, el que asumía las funciones de líder de los caballeros en ausencia de Liadrin.

Mientras él, Vranesh y Bachi vigilaban ese edificio por el Sur, Cyssa, Mehlar y Sangrevalor lo observaban desde un emplazamiento situado al Norte. Entre ambas posiciones podían divisar con claridad a cualquiera que entrara o saliera de la Aguja de la Estrella del Alba.

Liadrin se había mostrado reacia a dar explicaciones cuando le habían preguntado por qué se tenía que marchar; les había dado la sensación de que estaba muy preocupada e inquieta cuando había afirmado que debía atender un asunto muy urgente y que confiaba en que sus caballeros serian más que capaces de ocuparse de un solo agente de la Plaga, quienquiera que fuera este o fuera lo que fuese. Aun así, les había aconsejado que evaluaran detenidamente esa amenaza antes de entrar en acción y que, si consideraban que suponía un gran peligro, seria mejor que no hicieran nada.

No obstante, los rumores sobre Galell corrían desbocados entre los caballeros… Algunos achacaban su delirante comportamiento a un consumo de magia terriblemente desequilibrado; otros afirmaban que era el poder de la Luz, la quebrada voz de M’uru, lo que le había vuelto loco. Todos ellos sufrían dolores de cabeza e intentaban hacer todo lo posible por acallar esa cacofonía que bombardeaba sus mentes cuando canalizaban los poderes del naaru… Aunque no hablaban sobre ello abiertamente, todos y cada uno de ellos habían intuido, en algún momento u otro, que, si no ponían limites a ese caos sonoro, perderían la cordura algún día.

La súbita caída de Galell en las fauces de la locura parecía haber perturbado mucho a Cyssa en particular. Se había aislado un poco del resto y no se comportaba como la elfa descarada y vivaracha de siempre. A Solanar le preocupaban las consecuencias que la crisis de locura de Galell podría tener sobre el grupo, pero por ahora hacía todo lo posible para que todo el mundo estuviera centrado en la tarea que tenían entre manos.

Bachi extendió un brazo, dio una palmadita a Solanar en el hombro y señaló hacia el lago, donde una figura encorvada remaba en una barca que surcaba esas aguas iluminadas por la luz de la luna.

Vranesh la observó detenidamente, ya que sus ojos (como los ojos de cualquier elfo de sangre) eran capaces de percibir el aura de magia arcana que envolvía a esa figura encapuchada. En cuanto llegó a la orilla, aquella enigmática silueta se puso en pie; en sus manos aferraba un pequeño cofre.

—Por la fuente, ¿lo estáis viendo? Ese cofre irradia una energía muy potente… ¡Las piedras deben estar ahí dentro!

—¡Calla! —le espetó Solanar.

La figura, que sostenía el cofre contra su pecho, abandonó el bote y, acto seguido, subió lentamente por la colina. Para alivio de Solanar, Vranesh y Bachi se mantuvieron callados. En solo unos instantes, ese misterioso individuo se adentraría en la aguja.

—Esta noche, no nos vamos a hacer solo con esas piedras, sino que es probable que también logremos capturar a un prisionero que lo sepa todo sobre las operaciones de la Plaga. Ha llegado el momento. ¡Da la señal a los demás! ¡Es hora de atacar!

Lor’themar no se lo podía creer.

Galell había sido acusado de asesinato. ¿De verdad podía haber caído tan bajo? Lor’themar no había tenido la oportunidad de visitar a su amigo, tal y como había querido, por culpa de los innumerables asuntos que habían requerido su atención, por culpa de las mil cosas que tenía que hacer, como siempre. Aunque, si hubiera logrado sacar un rato para hacerle una visita, ¿eso habría cambiado las cosas? El regente también se preguntó cómo debía de estar afrontando ese problema Liadrin. Después de todo, había sido ella quien lo había introducido en la orden, había sido ella quien…

Los pensamientos de Lor’themar se vieron interrumpidos, ya que alguien estaba llamando a la puerta de manera insistente.

—Pasa.

La puerta se abrió y, acto seguido, entró un mago que portaba una caja fuerte que parecía haber sobrevivido a una guerra. A continuación, cruzó la puerta Astalor, quien parecía tremendamente ansioso, lo cual no era normal en él.

—He ordenado que te trajeran esto en cuanto me he dado cuenta de que… ¡Oh, ojalá Rommath estuviera aquí!

—¿Qué es?

El mago colocó la caja fuerte sobre la mesa y, con el borde de esta, apartó a un lado los materiales con los que Lor’themar estaba emplumando sus flechas.

—Es una caja fuerte que han encontrado entre las ruinas hace solo unas horas, en una zona situada muy lejos de los antiguos aposentos de Belo’vir, en una zona que todavía no habíamos explorado… La explosión de la fuente debió de desplazarla hasta ahí en su día.

Astalor hizo un gesto y la tapa de la caja se abrió de inmediato. En cuanto se acercó, Lor’themar pudo percibir las poderosas emanaciones mágicas que irradiaba y pudo contemplar esas piedras aguamarinas. Los fragmentos de una tercera piedra yacían entre ambas: eran las Piedras de la Luz y el Fuego, y los restos de la Piedra de la Chispa.

—No sé cuáles son las piedras que posee el tal Thadirr, pero seguro que no son estas, lo cual me lleva a extraer dos conclusiones: que o bien se ha hecho con unas piedras similares y las ha tomado por estas, o bien ha mentido.

Lor’themar cogió uno de los fragmentos mellados de la Piedra de la Chispa y, a pesar de que no se hallaba tan en sintonía con los poderes de la fuente como otros, fue capaz de notar que unas energías arcanas lo envolvían al instante.

—Si miente… ¿por qué lo hace?

—Para atrapar a Dar’Khan, tal vez.

El regente colocó el fragmento sobre la mesa y, con premura, buscó la copia que había hecho de la carta. Si lo que sospechaba era cierto…

Lor’themar cogió una pluma que se hallaba cerca y reordenó las letras de la firma «Thadirr». Se maldijo a sí mismo por haber sido tan necio como para no haber resuelto ese simple anagrama antes y a continuación, escribió un nombre: «Drathir». Si no hubiera estado tan preocupado por las negociaciones con la Horda, quizá se habría dado cuenta mucho antes…

—Sí, está claro que es una trampa, Astalor, pero su fin no es caputar a Dar’Khan… La furia lo dominó: estaba furioso con Dar’Khan y consigo mismo. A continuación, cogió de la mesa el fragmento de la Piedra de la Chispa.

—El objetivo de esa trampa somos nosotros.

Dar’Khan se había embarcado en un plan que había ejecutado a la perfección. En cuanto su amo se había enterado de la existencia de los Caballeros de Sangre, había encomendado al mago la misión de eliminar a esa nueva amenaza y de lograr que esos caballeros engrosaran las filas de la Plaga, lo cual no era un reto baladí, precisamente. Dar’Khan había tenido que dar con la manera de atraer a la orden hasta una trampa diseñada por él. Había considerado muchos planes alternativos para lograr su meta, pero los había ido descartando uno a uno. Al final, había pedido consejo a su amo… y entonces se había acordado de las piedras.

Después de todo, Dar’Khan tenía ojos y oídos en todas partes, por lo que sabía que aún no habían recuperado esas piedras. También sabía que supondrían una tentación irresistible para Lor’themar y Liadrin. Sabía que si creían que no se enfrentaban a una gran amenaza, sino a solo una persona, bajarían la guardia. Su plan dependía del predecible comportamiento de sus antiguos amigos, lo cual agradó a su amo, quien dio el visto bueno a esa trampa, que se tendió de inmediato.

El mago sonrió al recordar la cara que habían puesto los caballeros al irrumpir justo cuando fingía que estaba depositando las piedras en aquel escondrijo. Habían parecido tan confiados en un principio… hasta que Dar’Khan se había quitado la capucha y una hueste de esbirros, que habían permanecido ocultos en las laderas, invadieron la gran sala. ¡Qué cara de sorpresa habían puesto esos necios! Sí, jamás podría olvidar ese momento.

Ahora, cerca de él, uno de esos caballeros (que, probablemente, era su líder, a juzgar por el tabardo que vestía) se estaba enfrentando a los guerreros esqueléticos que lo rodeaban. De repente, hizo ademán de atacar. Al instante, Dar’Khan hizo un gesto, susurró un encantamiento y ese fanático bellaco cayó al suelo, donde se retorció de dolor.

Si los Errantes no hubieran irrumpido entonces súbitamente, los Caballeros de Sangre ya habrían muerto. Halduron y su pelotón habían llegado justo después de que la trampa saltara. La batalla se había extendido hasta los terrenos que circundaban el edificio, donde los forestales habían luchado valientemente… pero eso solo iba a servir para retrasar lo inevitable, por supuesto.

Otro caballero, una mujer concretamente, había logrado imponerse a sus atacantes. Rápidamente, Dar’Khan había alzado las manos y separado los dedos para golpear con sus tenebrosos poderes el frágil cuerpo de la elfa, que voló por los aires hasta estamparse contra la tortuosa escalera con tanta fuerza como para que se le rompieran varios huesos. La mujer se quedó inconsciente al instante… lo cual lo enojó. ¿Qué gracia tendría matarla en ese estado? Dar’Khan quiso cerciorarse de que se hallaba plenamente lúcida cuando falleciera.

El mago había albergado la esperanza de que Liadrin se encontrara entre sus adversarios y todavía esperaba que se presentase, para tal vez intentar lanzar una última ofensiva a la desesperada antes de caer. Sí, sería glorioso poder llevar su cadáver hasta la Ciudad de la Muerte para hacer que regresara de entre los muertos como un títere al servicio del rey Exánime. Sí, su amo se sentiría muy dichoso si la propia Liadrin acabara liderando a sus caballeros no-muertos en el asedio a Lunargenta.

Justo entonces, uno de los agentes invisibles de Dar’Khan (una de sus sombras) le había proporcionado una clara imagen de lo que estaba ocurriendo fuera del edificio. ¡Un destacamento de guardianes acababa de llegar! Los había teletransportado alguien a quien Dar’Khan no había reconocido de inmediato… pero a quien acabó reconociendo rápidamente… era el perrito faldero de Kael’thas, Astalor, quien sostenía una especie de caja fuerte en las manos. Lo acompañaba alguien más, alguien que se adentró corriendo en la aguja. Se trataba del mismísimo regente…

—¡Lor’themar! —gritó Dar’Khan, al mismo tiempo que el regente irrumpía raudo y veloz en la gran estancia.

—Saludos, Thadirr —replicó Lor’themar con un tono mordaz.

Lor’themar contempló detenidamente a ese elfo al que odiaba con toda su alma. Pese a que ya no portaba su sombrero de ala ancha, el mago no-muerto seguía vistiendo de manera muy elegante, aunque esos ropajes de seda apenas escondían el cadáver macilento que se hallaba debajo, pues era poco más que un esqueleto envuelto en un montón de carne gris descompuesta. El pelo rubio de Dar’Khan se había vuelto quebradizo y había adquirido el color de un pergamino amarillento. Sus ojos se habían vuelto blanquecinos y un enjambre de insectos devoradores de carne recorría su cuerpo reanimado, deambulando torpemente y retorciéndose entre piel y músculos putrefactos.

—He venido para acabar por fin con tu miseria —afirmó Lor’themar.

En cuanto había descubierto la estratagema de Dar’Khan, el regente había reunido a su guardia privada y había ordenado a Astalor que los teletransportase hasta la aguja, aunque antes de eso había acabado con cierta tarea pendiente…

Mientras cogía una flecha, echó un vistazo rápido a la estancia. Uno de los Caballeros de Sangre, una mujer, yacía cerca de las escaleras; era incapaz de adivinar si estaba viva o muerta. El resto de la orden libraba una batalla a muerte contra los cadáveres putrefactos esqueléticos que comandaba Dar’Khan, aunque parecían arreglárselas bastante bien, lo cual permitía que Lor’themar contara con el tiempo necesario para poder centrarse en el mago no-muerto, en el traidor, en Dar’Khan.

—Por lo que parece, habéis descubierto mi engaño. Muy bien Da igual. ¿Qué esperas lograr aparte de morir? —dijo Dar’Khan estirando el brazo derecho de repente.

Al instante, unas llamas engulleron a Lor’themar. Durante un breve segundo, el regente pudo percibir el olor de su propia piel y su propio pelo al quemarse; tuvo la sensación de que la sangre que corría por sus venas iba a empezar a hervir de un momento a otro, como si lo estuvieran asando vivo.

Cerca de allí, Vranesh logró cobrar ventaja sobre los asaltantes no-muertos que lo hostigaban. Por el rabillo del ojo pudo divisar que Lor’themar se hallaba envuelto en llamas e inmediatamente ordenó a la Luz que curara al regente. Por toda la habitación, los demás Caballeros de Sangre hicieron lo mismo, arriesgando así su propia vida. Se quedaron quietos al unísono y proyectaron sus energías sanadoras sobre el forestal. Incluso Solanar, que había hecho un ímprobo esfuerzo para recuperar sus fuerzas, proyectó la Luz sobre Lor’themar. A solo unos cuantos pasos de Solanar, un no-muerto alzó una espada oxidada con intención de atacar. Sin embargo, Sangrevalor conjuró un escudo sagrado para proteger a su camarada, frustrando así el ataque del miembro de la Plaga, lo cual permitió que el caballero pudiera seguir encauzando la Luz sin ningún impedimento.

Enseguida, Lor’themar dejó de tener la sensación de que se estaba quemando vivo y solo sintió un calor resplandeciente. El poder de la Luz bañaba al regente y había apagado esas voraces llamas, que habían sido reemplazadas por una serenidad radiante. Lor’themar miró a ambos lados y comprobó que los Caballeros de Sangre más próximos estaban proyectando sus conjuros de sanación sobre él en medio de sus combates particulares.

Entonces, Astalor irrumpió en la estancia, corriendo.

A Dar’Khan se le borró la sonrisa de la cara.

Ese perrito faldero había entrado como un rayo en esa gran sala, flanqueado por dos piedras que rasgaban el aire y se asemejaban a un par de pequeñas mascotas con alas. El mago no-muerto pudo percibir al instante el poder que emanaba de esas dos reliquias, pues él mismo había utilizado esas energías en otra vida; unas energías que ahora, en su forma actual, eran algo execrable para él.

Pudo sentir cómo la magia que le suministraba fuerzas se escapaba de su marchito cuerpo. Trastabilló hacia atrás mientras Astalor se detenía y gesticulaba, y las piedras que levitaban a su izquierda y derecha lo debilitaban. Dar’Khan esbozó un gesto de terror, ya que, de repente, le habían arrebatado todo su poder.

Sus esbirros también se vieron afectados; cesaron sus ataques y cayeron como el trigo ante un segador frente a las armas de esos furiosos caballeros.

Su amo no se iba a sentir nada contento.

Lor’themar cogió la única flecha que llevaba en su carcaj. Esa era la tarea que había concluido antes de acompañar a Astalor a la aguja: como ese fragmento en particular de la Piedra de la Chispa tenía una forma similar al de la punta de una flecha, el regente la había colocado rápidamente sobre un astil que acababa de emplumar. Con sus propias manos, había imbuido de magia esa flecha, la había convertido, literalmente, en un leve destello de esperanza, en un arma que ahora podría utilizar contra Dar’Khan.

Colocó la flecha en la cuerda y la tensó. El mago no-muerto intentó lanzar un último conjuro, pero el poder de las piedras se lo impidió. Lor’themar disparó. A pesar de que la punta tenía una forma irregular, la flecha voló perfectamente y se clavó en la frente del mago traidor. Dar’Khan hincó una rodilla en el suelo y, de inmediato, empezó a desintegrarse. Elevó una mano hasta el astil que sobresalía de su cráneo y tuvo tiempo suficiente para proferir un último y lúgubre aullido antes de que su cuerpo destrozado se transformara por completo en un humo que se dispersó por el aire en solo unos segundos. La flecha, sin embargo, siguió ahí, flotando en el aire. Acto seguido, cayó estrepitosamente al suelo y se detuvo justo al lado de la alfombra.

A continuación, varios Caballeros de Sangre corrieron a sanar a su compañera inconsciente mientras Lor’themar recogía su flecha del suelo. Recorrió con la mirada esa gran sala al mismo tiempo que los Errantes irrumpían dispuestos a prestar ayuda. Ningún Caballero de Sangre había perdido la vida, de lo cual Lor’themar se alegró tremendamente. No obstante, debía reconocer que realmente había sido una cuestión de pura suerte que Halduron y varios de sus hombres se hallaran cerca restaurando una mansión en ruinas que pretendían utilizar como base para los Errantes. Además, los Caballeros de Sangre habían actuado como un grupo, a pesar de que sus propias vidas habían corrido grave peligro. Liadrin se iba a sentir muy orgullosa de ellos. En ese instante, al pensar en la matriarca, a Lor’themar lo invadió un pánico repentino. ¿Dónde estaba? ¿Acaso había caído en la batalla?

El regente agarró del hombro a uno de los caballeros más próximos.

—¿Dónde está lady Liadrin?

—Se fue, pues tenía un asunto urgente que atender por orden de Rommath —contestó el joven elfo. —¿En qué consistía esa orden? — exigió saber Lor’themar.

El caballero se limitó a encogerse de hombros a modo de respuesta.

El regente sintió un tremendo alivio al comprobar que sus peores temores no se habían hecho realidad. Mientras se dirigía hacia la salida, el regente inclinó levemente la cabeza ante Astalor, quien respondió con el mismo gesto.

Al salir al exterior, la ligera y húmeda niebla que procedía del lago Elrendar le refrescó. Respiró hondo ese aire plagado de promesas de nuevas aventuras que aún estaban por llegar. Aunque no estaba totalmente seguro de si por fin había sido testigo del final de Dar Khan, al menos pudo hallar consuelo en el hecho de que ahora su pueblo poseía esas piedras y que la derrota de ese mago traidor sería un factor que contribuiría a impulsar las negociaciones con la Horda.

Como siempre, Lor’themar se sintió muy esperanzado. En ese momento lejos de las murallas y los muros de la corte, se sintió más vivo de lo que se había sentido en mucho tiempo.

Entonces, centró sus pensamientos en Liadrin. ¿Cuál era esa misión que le había encomendado Rommath? Fuera lo que fuese, seguramente palidecería en comparación con la peligrosa amenaza a la que sus caballeros se habían enfrentado ahí.

El paso del tiempo había dejado su inconfundible marca en la guarida trol.

La puerta se había desmoronado y las telarañas cubrían el techo, invadían los recovecos más recónditos y se extendían por todas las paredes. Las máscaras de madera hacía mucho que habían sido robadas o destruidas y lo único que quedaba para recordar que una vez habían estado ahí eran unas pilas de polvo y de vísceras inidentificables, lo mismo sucedía con las lanzas y las efigies de dioses animales. Esa estancia apestaba a heces de rata, moho y podredumbre.

Galell se encontraba sentado en medio de esa oscuridad, en la oquedad circular situada sobre la parte central de la que irradiaban esas hendiduras con forma de surco manchadas de sangre muy antigua, a la que se había sumado recientemente la suya; un pequeño precio a pagar por suprimir el estrépito que el Ser de Luz desataba en su mente.

Galell cogió uno de los fragmentos de cristal de maná con una mano temblorosa, lo acercó hasta su brazo izquierdo y, lentamente, se introdujo ese trocito bajo la piel. Sin embargo, las dosis de magia cada vez le afectaban menos y pronto se iba a quedar sin más fragmentos.

Tendría que ir a ver a Orovinn para pedirle que le consiguiera más… pero espera, Orovinn estaba muerto, ¿verdad? Un recuerdo planeó fugazmente por la mente de Galell, algo que había visto con sus propios ojos, una escena repugnante en la que le desgarraba la garganta a Orovinn con sus propias manos. Aunque eso era absurdo, por supuesto. Él nunca…

Sacudido por unas convulsiones repentinas, Galell se desplomó hacia un costado, se hizo un ovillo y tuvo la sensación de que la habitación daba vueltas a su alrededor. Sí, sí, claro que había asesinado a Orovinn, tal y como ese malévolo elfo se merecía. Estaba destinado a morir… como todos.

Orovinn ya no volvería a llamar a su puerta a golpes. Galell sonrió y, al incorporarse, se echó a reír estúpidamente.

—Toc, toc. llamaba a mi puerta…  pero Orovinn ya no volverá a toc-tocarme la moral.

El ex sacerdote echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas. Esa frase era una estupidez, por supuesto, pero en ese momento le pareció la cosa más graciosa que había oído jamás. Galell dejó de reírse por un instante y se preguntó por qué le resultaba tan graciosa la muerte de otra persona, pero entonces se dio cuenta de que eso daba igual. Intentó contener la risa, pero fue inútil. —Toc, toc, llamaba a mi puerta…

—… pero Orovinn ya no volverá a toc-tocarme la moral.

Liadrin pasó por encima del montón de madera podrida que había sido antaño la puerta de esa guarida trol. A pesar de que su raza había abandonado hacía mucho el culto a la diosa luna, sus ojos élficos todavía eran capaces de ver en la penumbra. Al instante, se sintió desolada por lo que contempló; Galell estaba sentado dentro de esa fosa circular y se reía estúpidamente de un modo incontrolable. Su lanza y unos cuantos fragmentos mellados de cristal yacían desperdigados a su alrededor, pero cuando Liadrin se acercó aún más a él, se percató de que tenía muchos más clavados por todo su cuerpo. Esos trozos de cristal sobresalían de sus brazos por varios sitios y la sangre fluía libremente por esas heridas. Sus ojos ardían con tanto fulgor que parecían casi totalmente blancos. Con ese aspecto y esos ojos relucientes, le recordó espantosamente a uno de los desdichados o aún peor, a uno de esos necrófagos no-muertos que suelen acechar en las sombras.

No había estado muy segura de qué iba a encontrarse cuando llegara, ni siquiera había estado segura de si Galell se encontraría ahí… pero sin duda alguna no estaba preparada para algo así.

—¿Galell?

El ex sacerdote se mecía adelante y atrás, murmurando:

—Toc, toc, llamaba a mi puerta…

A Liadrin se le rompió el corazón. Ante sus ojos tenía a Galell, a su antiguo aprendiz, a uno de sus mejores amigos, totalmente desquiciado. Se sintió totalmente impotente. De hecho, se sintió responsable de que su amigo hubiera elegido el camino de la autodestrucción. ¿Acaso había ignorado las señales? ¿Acaso había estado demasiado centrada en la orden y en sus propios asuntos? ¿Acaso habría podido hacer mucho más para evitar que se sumiera en la locura?

Súbitamente, Galell giró la cabeza en dirección hacia Liadrin. Se le desorbitaron los ojos por un instante y su rostro adoptó un gesto horrible.

—No estábamos destinados a sobrevivir

—Galell, tienes que venir conmigo. Puedo ayudarte.

El ex sacerdote se estremeció y se rascó el brazo, provocando así que manara sangre fresca de sus heridas. Acto seguido, habló con voz ronca.

—Nuestro destino era morir, para ser castigados por los pecados del pasado. ¡Eso es lo que intenta decirme cuando ME GRITA!

En una mera atroz fracción de segundo, Galell cogió la lanza y abandonó la fosa de un salto, blandiendo su arma con una ferocidad antinatural y asombrosa.

Aunque Liadrin alzó su corcesca y consiguió bloquear varios de sus feroces ataques, Galell logró rozar su armadura en dos ocasiones. La matriarca se tambaleó mientras intentaba contraatacar sin lanzar ningún golpe letal. Se tuvo que agachar para evitar un arco mortífero que trazó esa lanza y, al mismo tiempo, atacó a su amigo, abriéndole una enorme herida en el muslo izquierdo.

Galell lanzó un hechizo de sanación y la Luz brotó de él, pero esa luminiscencia parecía… muy tenue y cetrina. El ex sacerdote se llevó la mano libre a la cabeza y chilló mientras soltaba la lanza y trastabillaba hacia atrás, lo que provocó que cayera al foso.

Por un momento, sus facciones se relajaron y el fulgor de sus ojos se atenuó. En ese instante, Liadrin pudo ver fugazmente al Galell de siempre, pero eso solo era un mero espejismo que mostraba al elfo que había sido.

Liadrin le imploró:

—Esto no tiene por qué acabar así. Es lo último que querría. Siempre fuiste muy fuerte mentalmente. Puedes derrotar a la locura. Su amigo replicó, y esta vez, su voz sonó como la del antiguo Galell.

—Cuando me habla, es como si un cristal se hiciera añicos. —Las lágrimas recorrieron sus mejillas—. Me siento como si una parte de mí, esa parte a la que quiero aferrarme, se separara del resto de mi ser y fuera a la deriva como un barco perdido entre… —Entonces, se calló, se incorporó hincando una rodilla en el suelo y extendió lo brazos, mientras susurraba unas palabras a alguien o algo que no estaba ahí. Liadrin a duras penas logró entender lo que decía—. Debes hacer todo lo posible por ser fuerte y paciente y, sobre todo, no… —De repente, profirió un grito plagado de angustia y agitó los puños en el aire. Después, golpeó con ellos ese suelo de piedra—. An’dorvel, lo siento. Siento tanto haberte fallado.

—¿Quién es An’dorvel? ¿Galell? Galell, ¿quién es An’dorvel? —preguntó Liadrin mientras se acercaba.

Galell sacudió violentamente la cabeza de lado a lado, cogió la lanza y retrocedió. Liadrin permaneció inmóvil, con un brazo estirado.

Galell aferró la lanza con más fuerza si cabe. Encauzó la Luz hacia su arma, que refulgió de manera ominosa, mientras se agarraba la cabeza con la otra mano.

—A veces, es como si unos niños gritaran. Como si cientos de críos chillaran.

Al ex sacerdote se le desorbitaron los ojos, que volvieron a relucir con gran intensidad.

—O todos o ninguno, Liadrin. No estábamos destinados a sobrevivir.

Galell adoptó un gesto espantoso y el semblante de su viejo amigo desapareció para dar paso al rostro de la aberración en que se había convertido. Al instante, blandiendo su arma de un modo demencial, arremetió contra Liadrin, a la que obligó a retroceder y a la que atacó como una bestia salvaje.

La matriarca bloqueó sus golpes y se defendió como pudo, canalizando la Luz hacia su propia corcesca. El resplandor de ambas armas iluminó la penumbrosa cámara, las cuales centellearon con más intensidad si cabe al chocar. Varios de los ataques de Galell lograron sortear los bloqueos defensivos de su rival, a la que había empujado hacia la pared opuesta. Liadrin logró esquivar por muy poco un lanzazo que la habría decapitado y, en cuanto lanzó su contraataque, se percató de que Galell había abierto la guardia al haber arremetido de esa manera contra ella, de que no seria capaz de reaccionar a tiempo para bloquear o esquivar su golpe, de que ese iba a ser su fin. Lloró cuando la hoja de la corcesca atravesó la cabeza de Galell brillando intensamente. Fue un ataque preciso que le arrancó limpiamente la parte superior del cráneo.

El ex sacerdote cayó a plomo, como un peso muerto, mientras el resto de su sangre salpicaba la mampostería.

El fulgor de la lanza de Galell menguó. Liadrin dejó de encauzar la Luz hacia su arma y, una vez más, la oscuridad envolvió esa guarida.

Liadrin se sentó, sin prestar por el momento ninguna atención a sus heridas, de las que manaba sangre. Atrajo a Galell hacía sí y le acarició la armadura, al mismo tiempo que daba rienda suelta a sus lágrimas.

—O todos o ninguno, Galell; o todos o ninguno.

Siguió así hasta que se quedó sin más lágrimas que llorar y el cadáver de Galell se enfrió.

He hecho lo que había que hacer, se repitió a sí misma una y otra vez. Me he limitado a defenderme. No obstante, el aterrador recuerdo de ese día permanecería de manera persistente en su mente, pues sería imposible desterrarlo de su memoria, ya que sería una cicatriz permanente en su alma.

Horas después, mientras contemplaba cómo las llamas engullían a Galell en un claro cercano a las ruinas, Liadrin ordenó a la Luz que le curara esas heridas. Hizo todo lo posible por hacer caso omiso a las notas discordantes que se clavaban en su mente cual dagas punzantes, e intentó no dejarse arrastrar por la inquietud cuando esa cacofonía pareció prolongarse mucho más de lo habitual.

De improviso, una voz reconfortante y serena atravesó ese ruido informe.

—Has hecho lo que tenías que hacer.

Liadrin se volvió y vio a Lor’themar, quien estaba abandonando el cobijo de los árboles. El regente se aproximó, titubeó y, por último, avanzó hasta la ex suma sacerdotisa a la que abrazó con fuerza. En ese instante, el tremendo dolor que había invadido la mente de Liadrin por fin se calmó. —¿Qué nos ha pasado, Lor’themar? ¿Qué le ha pasado a nuestro grupo de amigos?

Lor’themar respondió con suma gravedad.

—Los tiempos cambian.

—La gente cambia —replicó Liadrin.

Mientras ambos permanecían unidos en ese abrazo, lady Liadrin se preguntó fugazmente si estaba equivocada, si tal vez no estaba honrando la memoria de Vandellor como debía, si tal vez su mentor, así como los sacerdotes y los paladines de este mundo, habían estado siempre en lo cierto…

… si tal vez el destino de la Luz era permanecer inalcanzable para siempre.

(Sangre de los Altonato. Fin del Cap.4 pag: 500– 556)

FIN DEL RELATO

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