Idril Susurra Alba

Idril: El Susurro del Ocaso.

Hace 12 años

-¡Eothan! -desgarró su garganta viendo a lo lejos cómo el templo de An’daroth caía, apagándose la luz arcana que proyectaba hacia el escudo. El Ban’dinoriel se estaba debilitando. El enemigo dedujo -a simple vista- cómo romper la barrera mágica. Idril sabía que su hermano, uno de los guardianes élites del templo, había caído a merced de la plaga defendiendo la piedra legendaria del templo junto a los otros guardianes. Los no-muertos invadían todo el bosque Negro y amenazaban su llegada hacia Corona del Sol. Debían huir, pero la joven elfa, destrozada por el dolor de perder a su hemano mayor, la impulsaba a ir hacia a él. De pronto, un fuerte brazo derecho la cercó y la atrajo apresándola para que no escape hacia su perdición.

-¡Idril, es inútil! ¡tenemos que ir a la ciudad! -apresuró a decir su padre.

Todos huían. El pánico se apoderó de todo elfo. El templo de An’telas cayó pocos minutos más tarde, estaban rodeados. Los Errantes y parte de la guardia ponían civiles a salvo.

-¡Corred! ¡Todo mago dispuesto, ayudad! ¡Mientras el Ban’dinoriel resista, su magia oscura no podrán usarla! -Bramó el Capitán.plaga1

Desde el sur se oían gritos para alertar a todo el que pueda ponerse a salvo, “¡Shindu fallah na!”  (¡Ya están aquí!) . Almandur, al escuchar la petición del Capitán, estando junto a su hija y esposa, se detuvo.

-Poneos a salvo -dijo a su esposa.

Idril viendo las intenciones que tenía su padre de ayudar junto a los demás elfos que contenían a la plaga, se alarmó, abrazando a su padre.

-¡NO! No por favor… Ann’da, no te vayas… -suplicó entre lágrimas.

Almandur cogió de los brazos de su hija y la separó de él, mirándola a los ojos.

-Iré en cuanto pueda, lo prometo. Ve con tu madre. -tras decir eso, la dio un beso en la frente y a su esposa, una caricia en la mejilla- No miréis atrás. Id a la ciudad.

Dalia asintió mirando a su esposo. Contenía las emociones por su hija, mientras la abrazaba. Corrieron, dejando atrás a Almandur. Debían ponerse a salvo, poner a salvo a su hija. Corrían tan rápido como las piernas podían, casi arrastrando a Idril.

-No te separes de mí, hija. -su voz se quebraba mientras aferraba su mano.

Se oían gritos de terror. Lucha constante. Civiles buscando refugio en la ciudad. La plaga ganaba terreno y a pesar de que los Rompehechizos y los mago les intentaban hacer un muro de contención, junto al resto de paladines, caían bajo la espada de los campeones de Arthas.

-¡Dalía! ¡Aquí! -una voz conocida la llamaba. La elfa miró por todas partes hasta encontrar a su vecino. – ¡Pronto! ¡Os trasladaré a Lunargenta!

-¡Oh, Gracias!

El elfo tocó los hombros de madre e hija y directamente desaparecieron del campo de batalla en un destello arcano. Aparecieron en el Intercambio Real, donde cientos de civiles se mantenían a salvo.

——————

Stitched Panorama

Quel’danas

El cuerpo del Rey Anasterian cayó desplomado al suelo bajo la Agonía de Escarcha empuñada por Arthas. Felo’melorn, la espada del Rey, fue quebrada. Durante unos segundos, a los pies de la Fuente del Sol, todos los elfos que protegían con sus vidas las estancias sagradas, quedaron paralizados y sus esperanzas iban muriendo junto a su monarca. De pronto, un grito plagado de angustia rasgó el aire. Arthas miró satisfecho por última vez el cadáver del Rey muerto y fijó su atención en la Fuente del Sol.

Almandur miró a su mujer e hija. Especialmente a ella.  Dalía vio lo que en esos momentos su esposo estaba pensando, fue entonces cuando se cruzaron las miradas y leyó lo que pretendía hacer. Asintió. Debían poner a salvo a Idril, luchar hasta el último aliento por retener a los no-muertos tanto como les sea posible junto al resto. Ahora debían ganar tiempo y que escape todo el que pueda.

Buscaron a Rarthein, quien trasladó a Dalía e Idril hacia el Intercambio Real, donde parecía que otros magos que dominaban la traslación reunían pequeños grupos para llevarlos a salvo.

-¡Almandur! -Rarthein consiguió avistarlos, dispuesto a trasladar a toda la familia Susurra Alba.- No hay tiempo.

-No, amigo mío. Nos quedamos. Los retendremos tanto como podamos. No son muchos para contenerlos. Por favor, salvad a los que podáis. -miró a Idril y la entregó a Rarthein y a su esposa Jovia, que quedó junto a él.- Llevaos a nuestra hija, por favor.

Idril se compungió en lágrimas negando, abrazando a su padre con fuerza.

-No, Ann’da, no… por favor… quiero quedarme.

Almandur separó esos brazos que tan fuerte le apretaban, viendo a su hija. Posó las manos en sus mejillas y enjugó sus lágrimas.

-Ve con ellos. Debes vivir y… seguir con tus estudios.-su voz se quebraba de saber que sería la última vez que vería a su hija. Se quitó el medallón del cuello, el símbolo Susurra Alba y se lo entregó a su hija.- Haz que estemos orgullosos de ti, Idril. -dijo al colgárselo al cuello.

Miró a Rarthein, pues conocía a su hija y en ese estado, sabía que volvería a abrazarlo y no podría soportar la despedida por más tiempo. Antes de que su hija reaccionase, la mano del mago tocó el hombro de Idril y en el proceso de la traslación se oyó un grito desgarrador. “¡¡ANN’DA!!”.

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