Denoroth Annor'Othar

Denoroth: Memorias de un Rompehechizos (VIII)

Hacía al menos seis años que no pisaba la casa Annor desde que falleció el único familiar que me quedaba, mi padre. En vida fue un general de la guardia real. Le diagnosticaron una enfermedad incurable que poco a poco iba consumando su vida durante cuatro largos años. Antes de morir, en su lecho de muerte, me ordenó llamar. Su espada estaba a su lado. Recuerdo claramente sus palabras agónicas antes de exhalar su último aliento:

-He aquí la espada de nuestros primeros padres. La han empuñado más de siete generaciones. Cuando se forjó en Zin’Ashari, la hechizaron con magia ancestral. Todas las esencias de tus antepasados están impregnadas en esta espada legendaria. Ellos lucharon con valor y honor por nuestro pueblo desde el exílio hasta la fundación del Reino. La espada de Annor ahora es tuya. Protege al Rey Anasterian y al príncipe, honra a tu linaje, haz que perdure nuestro nombre, hijo mío.

Volvía a casa de mis padres con otros ojos, pues no volvía con las manos vacías. Los sirvientes que aguardaban la casa me vieron llegar a lo lejos para su sorpresa. Una familia humilde que por generaciones sirvieron a la casa Annor, los Dobrah’rien, un matrimonio mayor a los que siempre tuvieron tanto mi afecto como el de mi familia. Vinieron a nuestro encuentro con la mayor de las alegrías, cuando nos apeamos de los caballos, la ama de llaves miró intrigada a Seline. Llevaba una capucha pero podía ver su rostro.

-Y, ¿quién es esta joven tan encantadora, Milord?

Sonreí ante la pregunta.

-Ylorae, Mendoreth, esta es mi esposa Seline. -anuncié mientras la abrazaba.

Ambos quedaron atónitos.

-¿Su esposa? -preguntó Mendoreth sin salir de su asombro- ¿Cuando? No… no fuimos informados.

Iba quitando las alforjas de la silla de montar cuando contesté:

-Me casé esta mañana, no había tiempo que contar, lo lamento.

-¡Milord! -exclamó de repente- Podríamos hacer una recepción si gusta, aunque precipitada, podríamos invitar a los allegados de la familia, quizás podría…

-No, Mendoreth -le interrumpí ante sus intenciones- nada de recepciones, ni postines, ni reuniones con la aristocracia. Tengo mucho que contaros y un par de noticias que daros, del cual espero discreción.

-Nos tiene intrigados, Mi señor Denoroth -dijo Ylorae expectante.

La timidez de Seline era arrebatadora, se mantenía callada y huidiza. No se despojaba de la capucha, así que, me acerqué a ella, la dí un beso y la aparté la capucha con una mirada tranquilizadora de que no debía temer ni avergonzarse por nada. Pero los Dobrah’rien no se esperaban lo que veían, ni pestañearon, y supongo que su asombro o perplejidad les inducía cuando me oían en el pasado decir comentarios despectivos de los humanos, así que el impacto era mayor.

-´Bien… venida, querida… -dijo aún atónita y circunstancial la ama de llaves.

-Gracias -musitó tímida Seline.

Entramos a casa y después de acomodarnos, les expliqué todo cuanto necesitaban oír, tampoco era un hombre de dar demasiados detalles, apenas les dije el inesperado embarazo, mi decisión de seguir junto a ella y nuestro reciente enlace. Sus caras, a parte de asimilar la información, parecían preocupadas, sin embargo, en un extraño asentir, y con tal desazón, aceptaron a mi esposa como parte de la familia.

Después de cenar y amarnos en el lecho conyugal, estábamos despiertos. Sabía que Seline se sentiría incómoda de alguna forma. Dejé que se recostara en mi pecho y la rodeé entre mis brazos.
-No les he caído bien, lo vi en sus ojos, hubieran preferido que fuera elfa, no les culpo. -murmuró.

-Seline, es normal, pero ya se acostumbrarán, dales tiempo. Jamás les hablé de ti por carta, y apenas les escribí. Andan un poco confusos, pero en cuanto te conozcan como yo, te adorarán. -la di un tierno beso en la frente apretándola un poco contra mí.

-¿Tu crees? -preguntó dudosa y preocupada.

-Bueno… -empecé a bromear y arrancarla alguna sonrisa- he tenido que librarme de todas mis novias que hacían cola para decidirme por ti, que sepas que les he dejado con un profundo vacío. Les he roto el corazón por tu culpa.

Conseguí a cambio su risa, cosa que me hizo sonreír, y me pellizcó el pecho.

-Eres un fanfarrón.

-Lo sé. -la miré con intensidad y aparté con suavidad hacia atrás su pelo.- Pero al menos ha servido para escuchar tu risa y verte sonreír una vez más. Había desaparecido tu sonrisa desde que llegamos aquí. Sé que ha sido todo muy repentino -la miré con incertidumbre.- ¿Te arrepientes?

-No -me susurró sin dudarlo ni un instante, negando con la cabeza.- no me arrepiento. Puede que todo sea nuevo para mi y me cueste adaptarme, pero, ya no tengo que esconderme de nadie.

Me llenaron sus palabras bañadas en esa mirada de amor y ternura. No pude contener decirle que la amaba y demostrárselo una vez más. Sí… jamás nos faltó la pasión en nuestro matrimonio, nunca perdí el deseo por ella.

————————————–

Las semanas iban transcurriendo deprisa y Seline se sentía como pez fuera del agua. La observaba que a pesar de ser feliz a mi lado, sentía nostalgia. Fue entonces cuando me acordé de la primera vez que la vi en el patio de armas: enseñaba a algunos principiantes a manejar la Luz con su arma y comprendí que ahora podría ser el mejor momento para que yo fuera su alumno, aprender y conocer mejor esa Luz que por entonces la codiciaba. No estábamos en Lordaeron, pero al menos, haría algo que en parte echaba de menos: entrenar y enseñar. Lo que no me esperaba era lo disciplinada que era respecto a la enseñanza, era implacable pero a la vez comprendía mis propias limitaciones. No podíamos abusar de ciertos ejercicios por su estado, aún así, empezaba a sentir que podría tener su lugar en casa.

Cada mañana aprendía una nueva lección junto a ella, no solo a desarrollar esa luz que decía que todos de algún modo u otro, estaba latente en nuestro interior, si no a conocerla mejor cada día más. Comprendí que a pesar de la diferencia de años que ambos teníamos, a su lado aprendía otras cosas que pasé por alto; cosas que no valoré antes. Creí acertado que era el momento que debía recordar siempre, unas palabras que Seline me dijo nada más hablar de la Luz y que creí apropiadas grabarlas:

“La Luz guía a los de corazón humilde y espíritu apacible”

Espada Annor

El elfo levantó la mirada de su diario al darse cuenta de lo que acabó de escribir. Buscó apresurado su espada enfundada que estaba apoyada en la pared, la desenfundó. Vio el grabado que había en la espada. Sonrió conteniendo un nudo en la garganta, siempre había estado ahí y jamás supo qué significaban hasta ahora.

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