Denoroth Annor'Othar

Denoroth: Memorias de un Rompehechizos (IX)

No le quedaba tinta, así que aprovechó para comprar un frasco. De paso, habló con quien había contratado sus servicios. Se disculpó y dio la entrada del oro que le entregaron como parte de su pago. El Cruzado quedó un tanto sorprendido, pero aceptó que renunciase al trabajo. Regresó de nuevo y pidió a la posadera que le subieran algo de comer en la habitación. Abrió su diario a una nueva página en blanco:

“Llevo dos días encerrado en esta habitación, apenas he podido dormir, quizás tres horas de cuarenta y ocho. Siento que mis recuerdos empiezan a menguar, tengo varias lagunas en mi cabeza. Empiezo a inquietarme. Indagar en el pasado hasta ahora me ha dado recuerdos felices, sé que ahora estoy sólo y he perdido a mi familia. Es posible que después de haber padecido amnesia durante tantos años, mi mente no esté preparada para más, o quizás sea la advertencia que me dio el Oráculo. No tengo modo de cómo agradecérselo, pero estoy en deuda con él. Seguiré escribiendo todos los recuerdos que aún conservo en mi mente, no deseo olvidar nunca más:

Seline dio a luz a nuestro primogénito, Daniel. Le pusimos ese nombre en honor al difunto padre de mi esposa.
No podía creer que las estaciones pasaran tan rápido, nuestro hijo crecía deprisa y le colmábamos de amor y cariño. También quisimos inculcarle ciertos principios, empezar desde temprana edad a enseñarle valores y a valerse por sí mismo. No le pareció apropiado a Seline que le enseñase con la espada cuando cumplió los cuatro años, pero, quería que mi hijo fuera fuerte, no quería ser como mi padre, quería ser mejor que él, enseñarle qué era ser todo un descendiente de Annor, contarle historias de las guerras que vivimos, de nuestra supervivencia, y lo más importante: quería dedicarle tiempo.

Para nuestra felicidad, Seline volvió a quedarse en estado. Fue un regalo del cielo cuando nació. Era una niña preciosa, igual que su madre, la pusimos por nombre Sarah.

Tenía mi propia familia: una mujer maravillosa y dos preciosos hijos. Mis pensamientos cambiaron a otro más significativo: Nuestra vida era un préstamo, pero en vida debes saber cómo te gustaría vivirla y no que otras personas lo decidan por ti. Siempre me han enseñado a ser un buen Annor’Othar sin aspirar a lo que uno desee, solo servir a tu patria y tener hijos para perdurar tu linaje. El amor era un papel secundario, sin importancia; algo efímero. Si hubiera seguido la tradición, quizás estaría con una mujer de mi raza que ni conocería, solo por la elección de mi padre y de una familia bien posicionada como la nuestra. En parte dí gracias porque él no estuviese, era un hombre demasiado retrógrada y estricto en la tradición familiar.

Esa felicidad lentamente se fue deteriorando. Tengo vagos recuerdos de cómo empezó:

Fue una tarde, hace varios años. Ese día libraba de hacer la guardia y me quedé en casa. Seline dormía a nuestra pequeña que apenas tenía diez meses. Yo salí afuera, me senté en una banqueta leyendo un libro, apenas se oía el canto de los pájaros, hasta que de pronto oí gritar a mi hijo aterrado dentro de la casa. Me sobresalté y corrí apresurado a ver qué pasaba. Lo encontré abrazado a su madre muy asustado y llorando. Sarah se había sobresaltado de los gritos y también lloró. Seline no sabía como serenarle y hacer que hable, me miró impotente y angustiada. Me acerqué a mi hijo arrancándole de los brazos de su madre, pataleó y alargó sus brazos para volver con ella, pero quería sacarlo fuera de ahí y que Seline pudiera encargarse de la niña. Quería ocuparme de él y tranquilizarlo conmigo. Lo tenía cargado en mis brazos y lo abracé, estrechándole, dándole consuelo, tratando de serenarlo tanto como pude:

-Daniel, ¿qué ha pasado? -le pregunté con calma- dímelo, seguro que no ha sido nada y nos reiremos de todo esto, ya verás. ¿Te acuerdas de lo que te enseñé? Para ser un buen guerrero hay que cambiar el miedo por el coraje. Ten coraje hijo, es el momento.

Le dí tiempo para que se calmase por si solo, dejó de apretarme entre mis brazos y me miró a los ojos avergonzado, con los ojos irritados arrasados en lágrimas.

-Es que… cogí tu espada, padre. Solo quería verla y jugar con ella. Pero… cuando la desenfundé y vi mi reflejo en ella, vi a más gente. Me dí la vuelta y no había nadie. Tenían los… los ojos cerrados, era como si… estuvieran muertos… o… viejos… muy viejos. Cuando abrieron los ojos, me miraron de una forma extraña, como si… como si quisieran hacerme daño. Fue entonces cuando solté la espada y salí corriendo asustado. -volvió a abrazarme con fuerza, refugiándose entre mis brazos. Yo le acariciaba la espalda desconcertado por lo que me había contado. Al principio pensé que podría ser cosa de niños.

-Seguro que lo habrás imaginado. A veces puede pasar.

-No padre, lo vi claramente como te veo a ti… -dijo entre sollozos.

Me preocupé, pero no quería que mi hijo sintiera mi preocupación, así que, traté de darle el consuelo que necesitaba y apaciguar su miedo.

-Está bien… tranquilo. Te prometo que no te va a pasar nada, sabes que te protegería de cualquier cosa, ¿verdad? -le sentí asentir despacio- No cojas la espada, aún no estás preparado para llevarla, solo cuando llegue el momento…

-¡No! ¡No quiero volver a tocarla, no la quiero! -suplicó asustado.

-Está bien, está bien. Hagamos un trato: Vuelve con tu madre y dale un beso a tu hermana. Le has dado un susto de muerte, ¿no la oíste llorar? Eres el hermano mayor, se supone que debes protegerla, ¿qué pensará de ti? Ella cree que eres valiente. -eso pareció haberle tocado un poco el orgullo, como un buen Annor’Othar. Dejó de llorar de inmediato y se secó las lágrimas con la manga.- ¿mejor? -asintió, le volví a dejar en el suelo y corrió hacia la casa al encuentro de su madre más calmado.

Fui al desván donde tenía guardado mi uniforme en un baúl. Estaba abierto y la espada desenfundada tirada en el suelo. La cogí con cierta inquietud y miré mi propio reflejo en el filo de la espada, no vi nada, excepto a Mendoreth que entraba por la puerta.

-He oído al joven Daniel gritar, ¿qué ha pasado Milord?

-Eso querría saber. -volví a enfundar la espada y le miré- Mi hijo cogió mi espada, al parecer para jugar, y afirma que en el reflejo del filo vio a gente muerta con intención de hacerle daño. Huyó aterrado, muerto de miedo, me costó conseguir calmarlo. -Mendoreth me miró muy extrañado y preocupado.- Dime… ¿conoces la historia de esta espada? Sé lo que dijo mi padre antes de morir, ese día tú presenciaste cuando heredé su espada y fuiste testigo de sus palabras, ¿hay algo más que deba saber?

-La espada de Annor es un legado, mi señor, solo un descendiente puede empuñarla, un descendiente de sangre pura.

Sus palabras me inquietaron aún más.

-Eso quiere decir…

-Que el pequeño Daniel no es un sangre pura. -completó mis conjeturas, Mendoreth.- Recuerde que la espada contiene un hechizo, milord, un hechizo ancestral. Debe ser… todo un descendiente de Annor.

-Entonces…-entrecerré los ojos con profunda decepción observando la espada.-… mi hijo no debe tocar esta espada. Todas las historias que le conté de nuestra familia, todo el orgullo que haya podido infundarle, ¿¡no ha servido para nada!?

-Yo no lo creo, Milord. -le miré ante su respuesta.- Sin embargo, permítame con libertad lo que hace años debí decirle. -asentí para darle permiso.- Engendrar un hijo con una humana y casarse con ella, fue un error. Quiero que sepa que aunque hasta ahora nos cuesta saber que ha roto completamente la tradición de esta casa, no vamos a dejar de servir tanto a usted como a su familia. -se inclinó ante mí, no supe que decirle con sus palabras, le respetaba demasiado como para encolerizarme con él, así que, dejé que se fuera.

Me quedé toda la noche pensativo, no pude dormir. Salí fuera de la casa cuando todos dormían meditando en lo sucedido y en las palabras de Mendoreth. Sentí como si hubiera fracasado, la Espada de Annor ya no tenía un descendiente digno de él, había roto los esquemas de mi linaje por mezclar mi sangre con la de una humana. No me arrepentía, pero no podía dejar de sentir una profunda decepción, incluso la punzada de haber fracasado a mi propio linaje. Empecé a comprender qué es lo que había visto mi hijo en la espada. Mis antepasados. La espada contenía las esencias de mis antecesores a ella, creí en ese instante… que lo que vio Daniel fue un rechazo, mis antepasados no le querían.

Apenas logro recordar el resto de esta historia, no… no puedo ver más allá. Vuelvo a tener la mente bloqueada, ¡quiero saber el resto!”

El elfo cerró airado el diario. Respiró muy fuerte. No había probado bocado de lo que la posadera le sirvió y no tenía hambre. Se acordó de Ethoras, recordó que no le mencionó nada acerca de su mujer ni de sus hijos cuando despertó en el campamento tras haber arrasado la plaga Quel’thalas. Apretó los puños por haberle ocultado la verdad. Recogió su bolsa y terminó de empacar sus cosas. Pagó a la posadera y se marchó de la Capilla de la Luz hacia las Tierras Fantasma. La última vez que supo noticias de él, servía en Tranquilien y ahí era donde iría.

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