Denoroth Annor'Othar

Denoroth: Memorias de un Rompehechizos (VII)

El Rey Anasterian declaró que ya no pertenecíamos a la Alianza, aunque no eramos enemigos de ella. Prometí a Seline que nos volveríamos a ver y encontrar el modo para que sea lo más pronto posible. Pedí el traslado a mi superior de formar parte de la guardia del Templo de An’Owyn para estar más cerca de la frontera. Eso supuso que debía relegar mi cargo. No me importaba, no por ello me degradaron, aunque hubieran preferido que siguiera en la ciudad, aceptaron después de tantos años de fiel servicio.

Esperaba con ansias el momento de encontrarme con ella. La escribí, informándola de mi plan y el momento de mi traslado. Ella también solicitó el traslado a Stratholme, era el lugar que más cerca podría encontrarse, y con regocijo, en apenas dos meses después, pude volver a verla. Volver a tenerla entre mis brazos era mi único consuelo. Cada vez que relevaba de la guardia, me escapaba a hurtadillas, aunque eso era menos frecuente de lo que hubiese querido. Mis compañeros, especialmente quienes me conocían, no eran idiotas. Esas escapadas nocturnas hacia la frontera les hacía levantar sospechas; hasta que un día, Ethoras, un forestal, amigo de la infancia, me siguió sin darme cuenta y supo el motivo al verme en la distancia junto a una humana de Lordaeron.

Al amanecer cuando me preparaba para regresar a mi puesto de guardia, lo encontré salir de entre los árboles del sendero Thalassiano y llamó mi atención. No esperaba que apareciese sin más, y eso me extrañó.

 

-¿Te ha tocado vigilar la frontera, hermano?

-¿En qué demonios te estás metiendo, Denoroth? -me abordó muy serio.

Me quedé perplejo al principio, pero me indigné. No era difícil intuir de qué estaba hablando.

-Esto es asunto mío ¿de acuerdo? Ni tú ni nadie tenéis potestad para inmiscuiros.

-Es posible que no, pero tu linaje se verá afectado. Si tu padre levantara la cabeza…

-Del que ahora mismo, descansa en paz. -le corté secamente.

Nuestras miradas estaban llenas de indignación y decepciones mutuas. Me dio la espalda dispuesto a marcharse y dijo:

-Tan solo me preocupas. 

-Deja que me ocupe yo de mis asuntos. No estoy infringiendo ninguna ley. Así que, deja de preocuparte. -le dije con amenaza. Le detuve ante la intención de irse– Ethoras. -Me miró girando un poco el rostro.-Ni una palabra de lo que has visto. 

-Sigo siendo tu amigo. Sólo ten cuidado. -Y tras decir eso, regresó al frondoso bosque, donde le perdí de vista y no volvimos a vernos en largo tiempo.

 

Meses después de cumplir íntegramente con mi guardia, pedí permiso unos días. Días en que podía estar junto a Seline. Pasé los mejores días de mi vida. Amarla sin la restricción del tiempo. Pude conocerla mejor, era maravillosa. Su risa, su forma de expresarse, su mirada. Cómo me gustaba escucharla. Entre nuestras conversaciones, hablábamos de la Luz y aprendí más acerca de ella; la hice muchas preguntas. El sentimiento que la inducía hablar de la Luz era hermoso y admirable, hasta hacerme creer que de verdad esa fuerza sagrada era una bendición.

Despertar a su lado esos días y ver los rayos del sol acariciar sus cabellos era el mejor regalo que podían darme jamás. Saboreaba cada instante con ella, ya que en pocos días, debía regresar de nuevo y sabía que la iba a extrañar.

Volví descansado y con fuerzas renovadas, con una sonrisa imborrable. Era capaz de enfrentarme a una horda de trols. Pero cinco días después, me llegó una misiva urgente de Seline al Templo. Estaba en la casa de sanación de Stratholme. Me pedía que fuese cuanto antes y que me necesitaba. Por cómo redactó, estaba asustada. Me alarmé y pedí el relevo con urgencia. Tal y como me vieron no se opusieron y me dejaron marchar. Cabalgué hacia Stratholme pensando en lo peor: una enfermedad, o cualquier cosa maldita que acortara la vida de mi amada. Llegué a la Casa de Sanación y pregunté por ella. Me contaron que se había desmayado al hacer la ronda en la ciudad, que la habían visto muy pálida, pero que ahora estaba en buenas manos. Me pidieron que aguardase, que aún debían reconocerla. Eso no me había tranquilizado demasiado, pero al menos era algo. Los minutos parecían horas, paseaba nervioso por el pasillo. Ni siquiera me fije en la gente que me observaba. Vi al sanador que se acercaba a mí con la intención de decirme cómo estaba, fui hacia a él y pregunté angustiado.

-Por lo más sagrado, ¿qué le pasa? ¿¡Qué tiene!?

El sanador levantó la mano pidiendo calma y respondió:

-Seline está embarazada. 

Me paralicé, quedé estupefacto. Jamás hubiera esperado tal noticia ¿embarazada?  Tuve por unos momentos la sensación de terror, pero no era el momento de dejarme cundir por el pánico, sólo me importaba la salud de mi amada.

-¿Cómo está ella?

-Ahora mismo muy tensa y afectada. -contestó el curandero.

-Tengo que verla. -reaccioné al momento, pero me detuvo.

-Espere, necesita descansar, está muy alterada.

-No lo entiende. Yo soy el padre del hijo que espera. -Ante lo que dije, se sorprendió mucho.- Déjeme verla, por favor. -le supliqué.

El sanador vio oportuno dejarme entrar y quizás, conseguir que pueda calmar a Seline. Entre en la gran sala llena de camillas, separadas por unas cortinas blancas. En ese instante, no importaba lo que sintiera yo, me importaba ella y su bienestar. Nada más verme aparecer y sentarme al borde de la camilla, se incorporó y me abrazó con fuerza, llorando.

-Eh… cálmate, mi vida, shh…-traté de ser sosegado, acariciar su espalda y darle todo cuanto podía para que dejara de llorar. No soportaba verla así, era capaz de cualquier cosa, lo que fuese. Y en ese instante, ser fuerte por ella.

-No puedo calmarme, no sé… no sé qué voy a hacer. -me dijo entre sollozos.

-¿Voy? -la dije interrogativo, la incorporé para enjuagar sus lágrimas posando las manos en sus mejillas- Vamos. -la corregí.

-No lo entiendes, ¿qué vida vamos a darle? No es algo que hayamos querido los dos.

-No, tal vez no es lo que hayamos querido, pero tampoco es una desgracia. -la sonreí para tratar de animarla- Seline, esto es el fruto de nuestro amor ¿no es más fácil verlo así?

-No, no es más fácil. Puede que lo sea, pero no arregla nada. Esto solo complica las cosas. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de nosotros? -su desconsuelo albergaba aún más lágrimas amargas. 

-Seline, no pienso abandonarte. -respondí con decisión y firmeza- Se que no va a ser fácil, pero no vas a enfrentarte tú sola a esto, ¿crees que lo haría? Ven, mírame. -La cogí del rostro nuevamente y la sequé sus lágrimas.- Esto solo nos une más, porque voy a estar junto a la mujer que amo, y sólo si ella me acepta.

Me miró sorprendida, con los ojos llorosos.

-¿Lo dices en serio?
Acaricié su mejilla, mirando esos ojos  que me tenían cautivado desde que la vi. Estaba muy seguro de lo que quería. Sin pensarlo, me incorporé e hinqué una rodilla en el suelo, cogiendo su mano.

-Seline O’conell, ¿me concederías el honor de casarte conmigo?

La sonrisa que brotaba lentamente de sus labios, iluminaba la sala.

-Sí, ¡sí, quiero! -respondió radiante de felicidad.

La abracé y la besé como nunca antes la hubiese besado. Iba a ser mía oficialmente sin importarme las consecuencias que eso supondría. Fue una locura, pero quería esa locura, la quería a ella. Fuimos ante un sacerdote sin apenas esperar por más tiempo. Debía ser ese momento, aprovechando que estaba en la ciudad humana. Comenzó una nueva etapa para ambos, un giro inesperado a nuestras vidas. Mi hogar se encontraba a las afueras de la Aldea Brisa Pura, una casa bien posicionada donde los sirvientes trabajaban en ella a la espera de mi regreso. No lo dudé ni un instante. Ella era mi mujer, y ocuparía su lugar en mi casa. En la casa Annor’Othar.

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El cansancio se apoderó del elfo, era de madrugada. Dejó el diario cerca de su cama, solo necesitaba cerrar los ojos y descansar unas horas con la esperanza de seguir relatando sus recuerdos. O con la esperanza de ver a Seline en sus sueños.

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