Denoroth Annor'Othar

Denoroth: Memorias de un Rompehechizos (I)

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Hace 6 años

En la vigilia de la noche, el elfo se sentó en un monte elevado de Los Baldíos, afectado. Viendo la tierra herida por la mitad. Escuchaba los clamores y el llanto de los habitantes del cruce a un par de millas. Era tal la desolación, que el viento solo arrastraba susurros de augurios sombríos. Sacó de su zurrón una especie de libro con tapas de cuero con las hojas gastadas, amarillentas, y un frasco de tinta negra. Era costumbre para él verter en esas hojas vacías sus pensamientos. Mojó la punta de la pluma en la tinta y comenzó a escribir:

“¿Qué aciagado destino me espera? después de todo, ¿acaso nuestras vidas significan algo? He visto la desolación y vuelvo a verla. Esta vez no es la plaga, pero se asemeja a la que mi tierra, Quel’thalas, tan hermosa como fue, terminó siendo devorada por el azote del Exánime y su -por entonces- esbirro, Arthas.

Toda mi vida que logro recordar hasta el momento ha sido un pasado incierto, desde que desperté del campamento tras la caída de nuestra ciudad. Desde entonces, he sido un Sin’dorei errante, desterrándome a mí mismo de mi propia tierra.

Había aprendido el arte de forjar las armas y armaduras élficas. Para mi asombro, no olvidé mis reflejos como antiguo miembro de la guardia real. O al menos, así me reconocían. Un Capitán, Capitán Denoroth Annor’Othar. El rango sonaba bien, pero, ¿soy esa persona? Había olvidado todo cuanto había sido. Mi memoria solo alcanza a recordar lo que he vivido pocos meses después del asedio de la plaga, apenas acordándome cual era mi nombre, sin reconocer ningún rostro de quienes me observaban después de despertar. Había recibido un fuerte golpe en la cabeza. Sólo me contaron que luché tanto como mis fuerzas me permitían, dirigiendo parte de la guardia hasta mi último aliento. Pero… ¿eso era lo que querían que creyese? ¿realmente luché?

Sabía que Quel’thalas era mi pueblo, sabía donde pertenecía y conocí la sed de magia, y aún así, en ese periodo donde se nos privó de la Fuente del Sol y nos abastecimos de aquellos cristales malditos, sentía un poderoso vacío que cada día iba creciendo a pasos agigantados. No tenía memoria, por lo tanto no tenía conciencia. Pero algo en mí sentía que no era el momento de sentir paz. Podía no ser visto, arrebatar la vida a mi víctima sin que esta emita ni un gemido de dolor y tener una muerte limpia y sin sufrimiento. He usado mis habilidades de guerrero como un sicario, que afortunadamente, he sido bien remunerado por cada encargo que he realizado con éxito. Dejé atrás esas palabras que tanto alardeaban mis desconocidos camaradas de la guardia: Honor.

Me ha insensibilizado tanto la sangre, que decidí desaparecer del todo. Ese capitán que un día dicen que fui, murió, y su pasado, murió con él.

No he renunciado a los placeres de la vida: atravesar a mi enemigo con mi fiel espada, gozar de un buen yantar, una buena jarra de bourbon y terminar el día perdiéndome entre los muslos de una hermosa mujer, mi debilidad y mi perdición. Criaturas que con sus artes, son capaces de embriagar tus sentidos y traicionarte. Aprendí a saber jugar y no apostar por el amor.

Solo en mi espada confío y la muerte no temo. La he visto de cerca tantas veces, que la saludo con la mano mientras paso de largo. Pero mi camino se tercia después de ver lo que ven mis ojos, de ver que no siempre puedes burlar a la muerte y sonreírla, después… de ver tantas muertes, de escuchar tanto clamor y dolor resurgido de las mismas entrañas de la tierra con sus siniestras alas.

He conocido a alguien, una bella mujer con atavíos blancos como el nácar y un extraño tabardo parecido al Kirin’tor. Sus cabellos plateados, su piel pálida y delicada. Con esa mirada dulce y misteriosa me reveló un destino inesperado, un futuro igual de incierto que mi pasado. Consiguió despertar mi intriga y decidí seguirla. Dice que algún día mi mente conocerá lo que no consigue ver la luz, ¿qué soy? ¿por qué estoy aquí? Espero saberlo. 

Esto, es solo el comienzo…”

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